En la presentación, además de la autora, participaron Rosa Conde, directora de la Fundación Carolina, Inés Alberdi, catedrática de Sociología de la UCM y ex secretaria ejecutiva de UNIFEM, e Inma Turbau, directora de Casa de América.
Torrea abrió su intervención recordando la responsabilidad social de los periodistas: “si no contamos lo que está pasando, nos hacemos cómplices de los crímenes de esta guerra contra el narcotráfico”. Como lo ha venido haciendo desde varios años a través de su blog, su voz se alza como un valiente testigo.
Esta ciudad, que ha sido el escenario de la pacificación de México, con la firma en 1911 de los combates de la Revolución Mexicana, se encuentra actualmente en un estado de conflicto permanente. Sus espacios públicos están vacíos, mientras sus cementerios se han convertido en lugares de reunión.
Torrea denunció la ineficacia de las comisiones gubernamentales, cuyo trabajo consiste en callar a las familias de las víctimas y a los periodistas, así como una impunidad prácticamente absoluta de los crímenes perpetrados diariamente en esta ciudad que ostenta el triste honor de ser la ciudad más peligrosa del mundo, y que es custodiada por las que ella misma llama las “fuerzas de inseguridad”.
La autora hizo un llamamiento para una mayor corresponsabilidad internacional frente a este conflicto que el narcotráfico está generando en los países productores o de tránsito de la droga. Es evidente que al pasar la frontera que separa los Estados Unidos de América de México, la droga se vuelve pacífica, y por ello se interpela las conciencias preguntando:
“¿Cuántos muertos juarenses son necesarios para que un neoyorquino consuma un gramo de cocaína en paz?”.
Judith Torrea nos invita a abrir los ojos ante las causas verdaderas de este problema: las desigualdades sociales, la falta de oportunidades vitales y la codicia combinada de los “empresarios de la droga”, de los funcionarios y políticos corruptos, así como de los banqueros que administran los narco dólares. No obstante, Ciudad Juárez y sus habitantes se rehúsan a morir. Torrea ha rendido homenaje al amor a la vida de los juarenses.
Si bien la música norteña ya no habla de alegría, sino de los muertos, los mexicanos no están dispuestos a rendirse. Porque esta no es una lucha contra el narco, porque los que matan no tienen armas. Como lo reafirmó Rosa Conde, la esperanza descansa en esta inagotable fuerza y dignidad de la sociedad civil. En esta declaración de amor por Ciudad Juárez, Judith Torrea concluye con un llamamiento para “acabar con este teatro mortal”.