Crisis políticas y protestas sociales en América Latina

En un ciclo relativamente corto, y en algunos casos, ante la sorpresa de muchos, varios países de América Latina —Ecuador, Chile y Bolivia— se han visto sacudidos por crisis políticas y amplias protestas sociales. Perú también ha vivido una crisis política que es una derivada más de los casos de corrupción asociados a las prácticas de Odebrecht. En México, los graves acontecimientos de Culiacán son una muestra de los riegos del desborde de la violencia asociada al narcotráfico y la debilidad estatal. A ello se suma la crisis de Venezuela, la más grave y de largo alcance, que ha generado un éxodo poblacional masivo que afecta al conjunto de la región. En Argentina, con el telón de fondo de una profunda recesión económica y una grave crisis social, las elecciones presidenciales han llevado a un cambio de gobierno y de orientación de la política exterior y de desarrollo que es la expresión de un amplio descontento social. En Centroamérica, Nicaragua, Guatemala y Honduras, por distintos motivos, presentan un escenario problemático en términos de estabilidad y gobernabilidad democrática. La elección de Bolsonaro en Brasil es también la expresión de un país polarizado social y políticamente y sin un rumbo claro.

En suma, el panorama de relativa estabilidad que ofrecía América Latina hace apenas un año, de la mano de un ciclo de gobiernos liberal-conservadores, ha desaparecido en pocos meses, en algunos casos, como Chile, de manera relativamente sorpresiva, y las políticas de gobierno de esa etapa parecen estar ahora ampliamente cuestionadas.

Tanto desde el punto de vista del análisis de sus causas y dinámicas, como de la respuesta política, ese escenario plantea interrogantes de gran calado: ¿Se trata de crisis de alcance eminentemente local, con causas y agentes ubicados en cada país, aunque coincidentes en el tiempo, o responden a dinámicas regionales y/o globales? Si es así, ¿Son causas estructurales, o dependen de la iniciativa de determinados actores políticos y sociales? Se ha llegado a afirmar que detrás de esas protestas sociales se encontrarían actores externos que estarían conspirando contra la estabilidad política y la prosperidad que habría alcanzado la región al dejar atrás el ciclo de gobiernos progresistas anteriores.

Un análisis riguroso parece indicar que sí hay causas estructurales que son comunes al conjunto de la región: en primer lugar, el ascenso de clases medias y aparición de una amplia franja de población vulnerable ante la recesión económica, que ya está presente, y que suponen una difícil combinación de expectativas en ascenso, y de frustración y descontento al comprobarse que no se pueden materializar. En segundo lugar, un generalizado “malestar en la democracia” que se concreta en una amplia crisis de representación política, de desafección ciudadana y de desconfianza en las instituciones y en las elites, que se ha manifestado ya en el “súper ciclo” electoral de 2017-2019. Ese “malestar” está claramente reflejado en las encuestas de opinión, como el Latinobarómetro, que en su edición 2018 registró los peores indicadores de satisfacción con el funcionamiento de la democracia en la región de los últimos 25 años. Estos factores causales serían también la particular expresión latinoamericana de una dinámica global de desafección y crisis de la democracia, de rechazo a las elites, y de contestación o cuestionamiento de la democracia y el orden liberal internacional que se observa también en otras latitudes.

Ahora bien, esos factores se manifiestan de distinta manera en cada país, y se suman a factores de estructura y de agencia que son propios de cada escenario nacional. Esos factores diferenciadores son clave: explican las importantes variaciones que existen en la región: que haya o no revueltas populares, y sus dinámicas particulares (Ecuador, Chile); o que el descontento se canalice por mecanismos electorales (Argentina); que el motivo de la protesta se relacione más con la desigualdad o la precariedad socio-económica (Argentina, Chile, Ecuador), o con factores políticos o electorales, como el fraude electoral (Bolivia) o la corrupción (Perú).

A la vista de esos factores, la afirmación de algunos líderes políticos de que las protestas hayan sido manejadas desde el exterior es, a todas luces, sencillamente ridícula. Y el recurso a las fuerzas armadas y la apelación al mantenimiento del orden como garantes del poder constituido difícilmente puede ser la solución a problemas sociales y políticos que requieren de ejercicios de diálogo y concertación de amplia base. Refleja, más bien, la incapacidad o rechazo de las elites tradicionales a reconocer demandas sociales legítimas en sociedades aún segmentadas y con una profunda brecha de desigualdad. Ese amplio “malestar en la democracia”, y las protestas a las que ha dado origen, apelan a la reconstrucción del contrato social con mecanismos que aseguren sociedades más inclusivas: Supone una ampliación de la agenda democrática y la exigencia de políticas públicas más amplias, inclusivas, y de mayor calidad, de transparencia y rendición de cuentas de elites e instituciones, un nuevo “pacto fiscal”, y sociedades más abiertas, que permitan el ascenso social y la renovación de las elites.

Una convocatoria que promueve la Agenda 2030 de desarrollo sostenible

José Antonio Sanahuja

La convocatoria de becas 2019-2020 de la Fundación Carolina pretende contribuir, desde la cooperación en educación superior a lograr los objetivos de desarrollo sostenible (ODS) y la Agenda 2030. Es también una muestra de la renovada relación que España quiere tener con América Latina y, en particular, de los nuevos enfoques que debe tener la cooperación española al desarrollo con esa región, y la que se lleva a cabo en el seno de la Comunidad Iberoamericana.

En los últimos años, el progreso económico y social que ha conocido América Latina y el Caribe ha supuesto cambios importantes en las agendas del desarrollo y la cooperación. La región tiene los recursos y la voluntad política para abordar por sí sola los retos aún pendientes de erradicación de la pobreza y la desigualdad, y a través de innovadoras herramientas de Cooperación Sur-Sur y triangular, participa ya de las nuevas formas de asociación que demanda la Agenda 2030. Para España, como para la Unión Europea, también es necesaria una renovación de la política de desarrollo: ha de ser más horizontal y debe contar con enfoques y programas más avanzados, en particular aquellos que impulsan el aprendizaje conjunto, el intercambio de experiencias y prácticas institucionales y políticas, y la generación y transferencia de conocimiento.

La cooperación en educación superior, ciencia, tecnología e innovación es por todo ello uno de los ámbitos prioritarios. El conocimiento científico y tecnológico es un motor central del desarrollo sostenible, y contribuye, de manera transversal, a lograr la implementación de la Agenda 2030 en sus cinco “P”: el cuidado del planeta; el desarrollo de las personas; una prosperidad que no deje a nadie atrás; la paz, la justicia y las instituciones sólidas y que rindan cuentas; y las asociaciones y partenariados entre todos los actores. La oferta de becas contemplada en esta convocatoria permitirá formar especialistas para implementar sistemas de producción y consumo sostenibles; para descarbonizar el mix energético, hacer frente al cambio climático y preservar la biosfera; para mejorar la actividad empresarial y afirmar la agenda de productividad en la que ha de descansar el empleo decente y el progreso material de la sociedad; y en los campos social y político, para impulsar el cambio institucional y la innovación social, la igualdad entre mujeres y hombres y en el conjunto de la sociedad, y con todo lo anterior, para promover sociedades más pacíficas y seguras, revitalizar la democracia y el Estado de derecho y su legitimidad ante una ciudadanía más exigente y que ya no acepta ser gobernada como antes. Son, además, un importante mecanismo de ascenso social basado en el mérito, que contribuye a romper las barreras sociales, de etnia o género que perpetúan la desigualdad en las sociedades latinoamericanas y contribuyen así a generar sociedades más abiertas y con mayor igualdad de oportunidades.

En fechas recientes, la III Reunión de ministros y ministras y altas autoridades de Ciencia, Tecnología e Innovación de la Comunidad Iberoamericana se reunía en La Antigua (Guatemala) y comprometía a los países firmantes a fortalecer el intercambio y movilidad de investigadores iberoamericanos para la formación de jóvenes científicos. También instaba a los firmantes a adoptar medidas institucionales para fomentar y garantizar el acceso e igualdad de oportunidades para las mujeres en la carrera científica, tecnológica y académica, así como para promover el progreso en la misma.

Esta convocatoria de la Fundación Carolina se ha diseñado teniendo en cuenta todos estos compromisos y metas. Además de la habitual convocatoria de becas de posgrado, estancias de investigación, y doctorado, incluye algunas novedades importantes respecto a convocatorias anteriores. Entre ellas se encuentra el programa de estancias de investigación que se lleva a cabo con la Secretaría General Iberoamericana (SEGIB). Este programa, por primera vez, permite la movilidad académica en ambas direcciones, pues también está abierto a investigadores/as españoles que quieran desarrollar estancias en una institución académica de un país latinoamericano y caribeño que sea parte de la Comunidad Iberoamericana de Naciones. Por otro lado, estas becas pretenden afrontar las conocidas brechas de género que aún existen en materias como ciencias experimentales, tecnología, ingeniería y matemáticas (áreas STEM, por sus siglas en inglés), en las que la presencia de mujeres es menor. Por ello, en este programa se han establecido de manera expresa mecanismos que aseguren una mayor presencia de mujeres en esas disciplinas. Queremos reconocer expresamente el papel de liderazgo que ha tenido la Secretaria General Iberoamericana, Rebeca Grynspan, a la hora de promover estas novedades. También cabe destacar la continuidad y ampliación de las llamadas becas institucionales, orientadas al fortalecimiento de las administraciones públicas iberoamericanas, así como a la consolidación del programa de doctorado, que, en esta convocatoria, amplía y refuerza su cobertura con el lanzamiento de un programa dirigido a la Alianza del Pacífico, así como un programa diferenciado de becas STEM para la formación de universitarias latinoamericanas.

Cabe destacar, por último, que esta convocatoria es también muestra de la renovación de la Fundación Carolina como actor del sistema de acción exterior y de la cooperación al desarrollo de España, y como uno de los mecanismos que tratan de contribuir, de manera simultánea, a la conformación del espacio iberoamericano del conocimiento y la educación superior, al fortalecimiento de la Comunidad Iberoamericana de Naciones, y a la implementación de la Agenda 2030 haciendo de la educación, la ciencia, la tecnología y la innovación, la sostenibilidad, y la igualdad entre mujeres y hombres vectores centrales de la cooperación al desarrollo avanzada que dicha Agenda exige.

Finalmente, queremos expresar también nuestro agradecimiento al conjunto de las instituciones, empresas y universidades que hacen posible que esta convocatoria de becas sea una realidad: tanto a aquellas que nos respaldan desde el patronato de la Fundación, como a todas aquellas que a ambos lados del Atlántico nos prestan su inestimable apoyo y colaboración.

José Antonio Sanahuja
Director

Enero de 2019

Saludo del director

José Antonio Sanahuja

Envío este mensaje de saludo a la ya muy nutrida comunidad académica y profesional que se ha gestado en torno a la Fundación Carolina desde sus orígenes: las universidades y centros de estudio que se han asociado a la Fundación y acogen y forman a sus becarios; los anteriores becarios, que ya están revirtiendo a la sociedad la formación recibida y con los que seguimos en contacto; el gobierno de España, su Ministerio de Asuntos Exteriores, Unión Europa y Cooperación, y las entidades públicas y empresas que nos respaldan desde el Patronato de la Fundación, prestando un entusiasta apoyo institucional y financiero; la Casa de S. M. el Rey y, como no, el equipo profesional de la Fundación en su sede en Madrid, y la Fundación Carolina Colombia y las asociaciones de exbecarios que actúan desde países de Iberoamérica.

A todas y todos, un afectuoso saludo.

Como nuevo director —y puedo hablar también en nombre del nuevo Secretario General y Gerente, Hugo Camacho— es un gran honor y un privilegio poder asumir la dirección de la Fundación Carolina, por el importante acervo y el prestigio acumulado por esta institución.

Ese prestigio se ha ganado a través de una actuación efectiva en el marco de la acción exterior y la diplomacia pública de España. Pero donde la Fundación se ha convertido en una referencia inexcusable es en su actuación como instrumento de la cooperación científica y universitaria y en su contribución a la construcción del Espacio Iberoamericano del Conocimiento y la Educación Superior. Para ello, la Fundación Carolina se ha configurado como experiencia singular de alianza público-privada que contribuye a aunar esfuerzos de universidades y centros de estudios, de las empresas y de las instituciones del Estado.

De su relevancia y prestigio da fe, por ejemplo, el alto número de solicitudes y el alto nivel académico que caracteriza al programa de becas, así como sus buenos resultados, la aceptación del programa internacional de visitantes o de líderes iberoamericanos, o la vibrante actividad de la Red Carolina a través de las redes sociales.

Quiero expresar por ello mi reconocimiento a la labor desarrollada por el personal de la Fundación y las personas que me han precedido en la dirección: Daniel Sada (2000-2003), José María Lassalle (2003-2004), Rosa Conde (2004-2012), y Jesús Andreu (2012-2018).

Mi compromiso como director es, en primer lugar, preservar y ampliar ese importante acervo. Y ello exige, en primer lugar, evitar cualquier atisbo de autocomplacencia. Es necesario un renovado esfuerzo de actualización y puesta al día para que la Fundación Carolina siga siendo relevante para las sociedades iberoamericanas, en particular en lo referido a las demandas para la educación superior, el mundo del trabajo, o los nuevos retos ha de encarar la ciudadanía, las empresas y las políticas públicas, todo ello en el marco de la acción exterior y de la cooperación al desarrollo española.

Dos aspectos, en particular, reclaman nuestra atención. En primer lugar, tanto América Latina y el Caribe como España y la Unión Europea se enfrentan a cambios sociales y económicos profundos, ante un mundo en transformación y una globalización en crisis o sometida a tensiones. El mundo no es el que solía ser. Al ascenso de nuevas fuerzas y actores políticos, que ponen en cuestión el orden internacional y suponen nuevos riesgos geopolíticos, se suma una acelerada revolución tecnológica que comporta tanto riesgos como oportunidades para la cohesión social y, y exige una actualización del contrato social en el que se sustentan las sociedades iberoamericanas. Ello nos exige reflexión y análisis, un mejor conocimiento mutuo, y una renovación de nuestros vínculos y formas de asociación. La Fundación Carolina, en esta etapa, ha de sumar esfuerzos con las universidades y centros de pensamiento que están aportando conocimiento relevante para afrontar esos cambios.

El segundo aspecto a destacar se refiere a nuestra respuesta ante ese escenario de cambios. Tenemos ya una guía para la acción, que es la Agenda 2030 de Desarrollo Sostenible. Esta Agenda no nos es ajena, e interpela de manera directa al mandato de la Fundación Carolina. Se trata de una verdadera narrativa de progreso global, y aporta una visión universalista y a la vez respetuosa de la diversidad, que nos permite renovar nuestro compromiso con el ser humano y el bien común frente a discursos particularistas y excluyentes, movilizando la acción colectiva a través de sus metas, agrupadas como las cinco “P”: personas, planeta, prosperidad, paz y políticas responsables, y partenariados. Tanto las administraciones como las empresas que están presentes en nuestro Patronato están haciendo esfuerzos por incorporar esa Agenda, y la Fundación Carolina también ha de reajustar su actuación para sumarse a ese propósito desde su mandato y singularidad.

No quiero terminar sin agradecer, en nombre propio y en el del nuevo Secretario General, Hugo Camacho, el apoyo y la confianza depositadas en estos nombramientos por parte del Presidente del Patronato de la Fundación Carolina y Presidente del Gobierno de España, Pedro Sánchez; del Ministro de Asuntos Exteriores, Unión Europea y Cooperación, Josep Borrell; del Secretario de Estado para la Cooperación Internacional y para Iberoamérica y el caribe, Juan Pablo de Laiglesia; así como de todas las personalidades que integran el Patronato. Estoy también convencido de que en esta nueva etapa seguiremos contando con el trabajo entusiasta del personal de la Fundación, y que encontraremos la colaboración y el respaldo que hasta ahora hemos tenido por parte de todas las instituciones y entidades que nos apoyan.

De nuevo, muchas gracias a todas y todos, y nos tienen a su disposición.

José Antonio Sanahuja
Director

El español global o la lengua múltiple

Foto:José Francisco Estévez, presidente de la fundación Enrique Ochoa, la semana pasada en el Instituto Cervantes de Nueva York.KENA BETANCUR. EFE

En un contexto de creciente competitividad cultural, resultaría inexplicable que no se impulsase más el potencial que atesora nuestro idioma

El pasado mes de marzo el presidente de Francia, Emmanuel Macron, expuso en la sede de la Academia Francesa un conjunto de medidas destinadas a hacer de su lengua un gran idioma mundial, por encima del español. Este anuncio no deja de parecer en exceso voluntarista, en tanto que la cifra de francófonos, unos 270 millones de personas, no supone hoy por hoy ni la mitad de la de los hispanohablantes, y tan solo 75 millones tienen al francés como lengua materna.

No obstante, la demografía indica que mientras que la población iberoamericana se ha estabilizado, el África francófona va a triplicarse en los próximos 50 años, pero resulta difícil admitir que, como afirmaba Macron, sus hablantes (no nativos, a diferencia de los hispanoamericanos) lleguen a los 700 millones a mediados de siglo. A ello se añade la ambición de sus propuestas: atracción de más universitarios extranjeros, expansión de sedes de la Alliance Française, enseñanza gratuita a refugiados, etc., sin olvidar la presencia del francés en los organismos internacionales y el prestigio histórico y cultural que conserva. Pero lo más relevante radica en constatar la vocación invariable de todo gobierno galo por promocionar su lengua. Esto es: su inequívoca toma en consideración de lo lingüístico como política de Estado.

Paradójicamente, este espíritu se ha ido asentando de forma muy tímida en España, según ilustra la tardía, aunque fructífera, creación del Instituto Cervantes, así como la suspicacia que, por defecto, despierta toda estrategia gubernamental encaminada a ensanchar la influencia de nuestra lengua común. En este sentido, es conveniente distinguir entre tales políticas oficiales (que nunca sobran, como refleja el ejemplo francés) y el inexcusable acento iberoamericano que implica su gestión y puesta en práctica. Y es que a nadie se le pasa por la cabeza que el trabajo de la RAE no prolongue su fecunda colaboración con la Asociación de Academias creada en México en 1951, tanto en la producción de Diccionarios y Gramáticas panhispánicos como en la organización de los Congresos Internacionales de la Lengua; o que la Fundación Carolina marche en la primera línea de la consolidación del espacio iberoamericano del conocimiento.

De hecho, la iberoamericanización del español, más que el resultado de una serie de iniciativas particulares y concretas, es el fruto natural de cinco siglos de historia, en cuyo curso cumple destacar el decisivo trance de las independencias, cuando las nuevas repúblicas deciden adoptar el español como el idioma sobre el que fundamentar el edificio de sus respectivos Estados. Es más, en lugar de “iberoamericanización”, lo correcto es hablar de “americanización”, puesto que en todo el continente hay más de 450 millones de hispanohablantes, frente a los 300 millones que hablan inglés y la segunda comunidad hispana más numerosa del mundo se halla precisamente en EEUU. De ahí que en la VI Convención de Líderes Hispanos que organiza en San Antonio la Fundación Carolina, coincidiendo con el tercer centenario de la ciudad, se resalte el papel del español como lengua para los negocios, la comunicación y el intercambio cultural entre nuestras naciones.

Así, la titularidad del español, lejos de corresponder en exclusiva a España —en términos demográficos, por detrás de México, Colombia y EEUU—, se distribuye policéntricamente, y se plasma en su prolífica riqueza léxica, la diversidad de sus acentos y la plasticidad sintáctica. Ciertamente, nuestro idioma posee una naturaleza extraordinariamente versátil, en constante apertura a la multiplicidad de matices y músicas diversas sin perder por ello su molde gramatical estable y común, y una recia ortografía compartida.

Conviene recordar que, sin duda, nuestros mejores lingüistas en el XIX, Andrés Bello y Rufino José Cuervo, fueron hispanoamericanos. De ahí que el español que se maneja en lugares separados por más de 10.000 kilómetros sea, normativamente, más parecido que el que se habla en cualquiera de las demás lenguas francas, y que su empleo no quede reservado a ningún estrato social. De ahí, igualmente, que el español sea el soporte lingüístico de una comunidad de valores inclusivos y solidarios, que en medio de todas las tormentas y vendavales históricos ha servido y sirve para proclamar las ansias de democracia y libertad.

Esta realidad de lengua policéntrica y “múltiple”, según la caracterizó nuestro último Cervantes, el nicaragüense Sergio Ramírez, se manifiesta día a día de manera espontánea e inconsciente y, sin embargo, no tiene por qué colisionar con todo ejercicio de voluntad política dirigido a favorecer la propagación del español, también en clave económica, científica y, por supuesto, tecnológica. Recordemos que nuestra lengua es la segunda más utilizada en Facebook y Twitter, y que su uso en internet avanza exponencialmente según se va cerrando la brecha digital en nuestros países, a lo que se añade su progresivo empuje en el terreno de la innovación creativa (videojuegos, arte y animación digital, etc.).

En consecuencia, en un contexto internacional de creciente competitividad cultural, donde cada nación puja por proyectar sus atractivos artísticos, académicos o patrimoniales, resultaría inexplicable que desde España no se impulsase más el potencial que atesora nuestro idioma común. Algo que, por otra parte, no está reñido con una suma de esfuerzos que incluya las voces imprescindibles de nuestros hermanos de lengua americanos, sino que exige perentoriamente la cooperación, hombro con hombro, de todos nosotros.

Darío Villanueva es director de la Real Academia Española y Jesús Andreu es director de la Fundación Carolina.

 

Publicado en Tribuna del diario El País el 19 de junio de 2018

 

Opiniones «fake»

Sin ser tan espectaculares como las encuestas de intención de voto, los barómetros que el CIS publica sobre las preocupaciones de los españoles son igualmente interesantes para observar nuestras tendencias sociales. Entre ellas, es una constante histórica ver que el paro aparece como el principal problema -en una propensión, eso sí, decreciente- o que la calidad de la sanidad y la educación siempre nos inquieta como resulta lógico en todo Estado de bienestar. Tampoco suele cambiar mucho la buena percepción sobre la seguridad ciudadana, lo que se corresponde con la realidad al ser España el sexto país más seguro del mundo y el tercero con menos homicidios de Europa, solo por detrás de Austria y Países Bajos.

Más oscilación presentan otros indicadores que circunstancialmente ganan audiencia hasta que pasado el tiempo vuelven a niveles reducidos. Tal es el caso del problema catalán, cuyo interés ha caído en más de 20 puntos porcentuales desde el pasado octubre, o el de la violencia machista, que irrumpió con fuerza hace un par de meses y que está regresando a sus porcentajes habituales. Sin minusvalorar la gravedad del tema, ello resulta congruente con nuestras cifras, muy por debajo de la media europea: porcentualmente, se da menos de la mitad de violencia que en Suecia, Francia, Reino Unido o Dinamarca. Otro tanto cabe pensar que ocurrirá con las pensiones, cuestión que hace solo cuatro meses se percibía como un problema por el 3% de la población y que hoy llega al 15%. La manifiesta sostenibilidad del sistema, garantizado al menos a 30 años vista, hará sin duda que la preocupación decaiga.

El peso de una agenda mediática tornadiza resulta en estos casos patente; no obstante, donde más se nota su influencia es en dos indicadores casi inalterados desde hace prácticamente una década: la política y la economía. Ciertamente, la evolución aquí no deja de ser anómala y no porque tengamos que pensar que las cosas son maravillosas sino porque la realidad es tozuda. Por eso, llama mucho la atención que, tras encadenar cuatro años consecutivos de incremento del PIB -los tres últimos superando el 3%, más que ningún otro gran país europeo-, adelantar a Italia por primera vez en la historia y vislumbrar un crecimiento similar para 2018, todavía un 60% de los españoles considere que nuestra economía va mal o muy mal. A su vez, opinar como lo hace el 75% que la situación política es mala o muy mala parece cuando menos exagerado.

A la luz de estas respuestas, es paradójico que España conserve una imagen de alegría y optimismo, proyectada por la misma sociedad que -en el propio barómetro- se considera en un 75% muy feliz, lo que contrasta con la negra opinión sociopolítica que aprecian. Ya he sugerido que podemos encontrar un factor explicativo en una prensa crónicamente obsesionada con la idea de crisis, toda vez que cree y así lo reconoce, que vender el apocalipsis es la mejor forma de salvarse de su colapso particular. Para ello, por cierto, no ha dejado de contar con el respaldo de una clase intelectual entregada al catastrofismo, que desprestigia el optimismo tachándolo de frívolo. Y ello, pese a la verdad factual de que, como acredita Steven Pinker, la humanidad no para de progresar.

Con todo, también puede suceder que los encuestados mientan u oculten deliberadamente sus opiniones políticamente incorrectas o que sencillamente no están de moda. Porque ¿desde cuándo no aciertan las encuestas…? Estaríamos entonces ante una especie de eclosión de opiniones fake, correlativas al auge de las noticias fake. Pero la falsedad, como bien sabemos en estos tiempos, puede acabar calando, consolidándose como una “verdad alternativa”, denigrando así el debate público y poniendo en riesgo, finalmente, el funcionamiento de las democracias.

Ante esta amenaza les invito a que miren más allá de nuestras fronteras, comparen nuestra situación política y económica con la del entorno internacional y saquen sus propias conclusiones. Quizá la frivolidad radique en el pesimismo a la moda.

Publicado en Tribuna del diario El País el 30 de abril de 2018

 

El español en Estados Unidos

Foto: Clase en español en un colegio de Los Ángeles (California). ROBYN BECK AFP/ GETTY IMGES

Hace 10 años, el Instituto Cervantes publicó su Enciclopedia del español en Estados Unidos, un volumen de más de 1.000 páginas en el que se presentaba la buena salud de nuestro idioma, en virtud de la extraordinaria cifra de hispanos en el país y su situación en términos de enseñanza, expansión territorial, difusión mediática, industrias culturales, etcétera. Motivado por este potencial, el Cervantes puso en marcha hace cinco años el Observatorio de la Lengua Española en Harvard. A su vez, en 1998, justo hace 20 años, el Gobierno español activó el programa de Líderes Hispanos de EE UU, a cargo de la Fundación Carolina, destinado a estrechar nuestras relaciones económicas y culturales.

Igualmente, hace 45 años se creó en Nueva York la Academia Norteamericana de la Lengua Española, plenamente integrada en la Asociación de Academias, que se compone en este momento de 23 miembros: todas las academias americanas, la filipina, creada en 1924, y la ecuatoguineana, constituida en 2016. Las 23 academias trabajan codo con codo en todas las obras de referencia para el español: diccionarios, gramáticas, ortografías y obras literarias del canon establecido para nuestra lengua común. Cada año, en España o en América, hay reuniones de comisiones interacadémicas y el pleno de ellas se reúne de forma periódica cada tres años. En 2016 fue en Ciudad de México, y allí se acordó que la siguiente asamblea plenaria tuviera lugar en España en el año 2019, en el que se conmemora el centenario del inicio de la primera circunnavegación del mundo, al mando de Magallanes y Elcano.

Este aparato institucional, al que se agrega el trabajo de la Hispanic Society of America o la labor de los departamentos universitarios de hispanismo, refleja el interés hacia la evolución del español que, de hecho, ha superado todas las previsiones. Vale la pena recordar los 58 millones de hispanos que registra el censo estadounidense y que aportan más del 15% al PIB nacional (si fueran un país autónomo, serían la séptima potencia mundial). De ellos, 42 millones dominan el español como lengua nativa, aparte de los 8 millones de estadounidenses que lo aprenden en todos los niveles de enseñanza. Además, circulan en el país más de 800 periódicos en español, el mercado editorial en nuestra lengua asciende a los 1.200 millones de dólares anuales (965 millones de euros) y un 80% de hispanos dispone de móviles inteligentes. La eclosión ha sido tan potente que ha desbordado todo esfuerzo institucional acometido desde España, por más que el Instituto Cervantes haya impulsado alianzas con entidades como la UNAM para llegar más lejos.

Ahora bien, actualmente, menos del 50% de los hispanos de tercera generación conserva el dominio de la lengua y un 70% no la considera una característica prioritaria, lo que, unido al aminoramiento migratorio y a la estabilización de su natalidad, nos sitúa ante un horizonte con claroscuros. Tampoco puede olvidarse el efecto Trump, que ha impulsado un discurso identitario que obstaculiza la pujanza hispanohablante. Con todo, el dinamismo de la sociedad estadounidense, habituada a la diversidad, y el prestigio de la formación bilingüe constituyen razones para ser optimistas. Cabe subrayar, además, que el número de hispanos matriculados en universidades llega a los 3,6 millones (el 18% del total, en constante crecimiento) y cómo ha brotado un sentimiento de autoestima, que se expresa en la prensa y en las redes e incita a los latinos a reivindicar su legado en la cultura de EE UU.

Desde España no podemos conformarnos con atestiguar pasivamente la suerte que vaya a correr nuestro idioma. Movidos por el respeto a sus Gobiernos y el reconocimiento de los hispanos como ciudadanos estadounidenses, conviene desarrollar políticas que mejoren la percepción del español y secunden la defensa del bilingüismo. Acompañar estos gestos con un conjunto de iniciativas consistentes (apertura de más Cervantes en EE UU, incremento de programas de movilidad, aumento de nuestra presencia en conmemoraciones latinas, etcétera), lejos de ser una ocurrencia caprichosa, reforzaría nuestra influencia internacional, extendiendo también su provecho en clave económica. Y es que, a la larga, pocos sectores aportan más que la inversión en cultura, más aún si se trata de la cultura global del español.

El prestigio de lo hispano

Articulo de Jesús Andreu publicado en El País el 15 de enero de 2018

Este podría ser un artículo más elogiando el impacto global de la lengua española y apelando, como argumento decisivo, a la pujanza de las comunidades hispanas en EE UU. Razones no faltan y año tras año nos sorprenden las cifras extraordinarias que nos aportan los Anuarios del Cervantes (cuya última edición se publicó hace pocas semanas) y los que suministra el censo de EE UU, concernientes a su demografía poblacional. Así, a los consabidos hechos que corroboran que nuestra lengua es la segunda más hablada del mundo y el idioma más estudiado en EE UU en todos los niveles de enseñanza, se agregan nuevos datos que dan cuenta de su prometedor porvenir, toda vez que el español es la tercera lengua más utilizada en Internet y que su uso en este ámbito se ha incrementado un 1.424% entre 2000 y 2016. Por si fuese poco, muy recientemente el British Council lanzó un informe dedicado a las lenguas del futuro, en el que recomendaba como prioridad a sus nacionales el estudio de nuestro idioma como primera opción para abrirse al mundo post-Brexit.

Acotando el enfoque a EE UU, los números dan pie igualmente al optimismo y se observa una tendencia de crecimiento continuado que nos revela esa realidad actual de los 58 millones de hispanos, cuando hace 15 años eran 28 millones y que, en virtud de su juventud, llegará a los 120 millones en 40 años. Gradualmente, aunque todavía a paso lento, la riqueza de estas comunidades prosigue su senda alcista, hasta el punto de que ya se registran cuatro millones de empresas latinas en EE UU, cuando en 1990 apenas superaban el medio millón. De ahí por cierto que su poder de compra sea mayor al PIB de México, otro dato excepcional. En este terreno socioeconómico, llama además la atención la última tasa de paro registrada de los hispanos, que ha arrojado su cifra más baja de la historia, un 4,7%. En paralelo y en lo que seguramente resultaba menos previsible, contemplamos su expansión por todo el territorio del país, de modo que cada vez hay más hispanos en los Estados del norte como Illinois y su capital, Chicago, o en Dakota del Norte.

No obstante y pese a todo, no resulta prudente lanzar las campanas al vuelo con respecto a la fuerza de lo hispano ni en cuanto al futuro global del español. Y es que según los índices de prospectiva más actualizados, el pico de presencia porcentual de nuestra lengua en el mundo lo estamos viviendo justo ahora, con un volumen de casi el 7%, cifra que se contraerá en 30 años por debajo del 6%, debido a la estabilización de la natalidad iberoamericana y al empuje demográfico de África (y, consecuentemente, de la francofonía…). Téngase además en cuenta la relativa pérdida del idioma en segundas y terceras generaciones de hispanos de EE UU, sumado a que más del 70% de ellos piensa posible conservar su identidad sin necesidad de hablar español.

Por supuesto, esta cautela en el análisis no debe hacernos caer en el derrotismo, como si todo fuese blanco o negro. En primer lugar, es poco probable que al español —por evidentes razones geográficas— le ocurra lo que sucedió con el idioma de alemanes, asiáticos o italianos que llegaron en el pasado a EE UU. Pero es que, además, la última generación de hispanos constata que se mueve en un ambiente mucho menos adverso que en el de hace dos décadas. Así, su inquietud por integrarse rápidamente en el país está derivando hacia un prestigio creciente, que enlaza con las oportunidades que abre la condición de ser bilingüe.

La resistencia ibero-democrática

Artículo escrito por Jesús Andreu y publicado en El HuffPost el 18 de julio de 2017

No es exagerado afirmar que los datos políticos, económicos y culturales que presenta Iberoamérica en la última década nos colocan ante la región del mundo más prometedora. Al menos, si contextualizamos este enunciado en clave democrática. El continente ha multiplicado en los últimos 10 años su riqueza, su población llegará pronto a los 700 millones de habitantes y ha duplicado tanto el volumen de su clase media como el de sus universitarios. En paralelo, ha logrado sacar de la pobreza a 90 millones de personas. Las noticias son asimismo alentadoras en términos de igualdad de género: el 53% de su fuerza laboral es femenina e, igualmente, la contribución de las mujeres a los ingresos del hogar ha aumentado de un 30 a más de un 40%, mientras que se ha triplicado el número de diputadas en los diferentes parlamentos nacionales.

Con todo, quizá los datos más espectaculares radiquen en el aspecto digital. El porcentaje de usuarios de internet alcanza prácticamente el 60%, 20 puntos más que hace 6 años y con una tendencia imparable, aunque algo desigual: supera el 70% en naciones como Argentina, Chile o Uruguay, mientras no alcanza el 50% en gran parte de Centroamérica. Y es que seguramente la desigualdad sea todavía la asignatura pendiente de la región, tanto más en un momento de relativo estancamiento fruto de la recaída de las exportaciones de las materas primas. Ello ha provocado que la presencia global de Iberoamérica, según los indicadores del Instituto Elcano, se haya reducido levemente. No obstante, este mismo ranking señala un auge iberoamericano en la esfera del poder blando, lo que no solo significa un mayor impacto internacional de sus culturas, sino un ensanchamiento de los valores latinos, que son los mismos que los europeos, por el mundo.

En este sentido, pese al escenario de incertidumbre post-crisis que aún perdura, unido a un nuevo ciclo de elecciones en países clave (Brasil, Chile, México o Venezuela), cabe ser optimista. Ahora bien, hay que serlo de una forma proactiva y no esperando a que el maná caiga del cielo. Al igual que sucede en Europa, donde si algo ha significado el «efecto Trump»—más allá de conspiraciones por demostrar— ha sido tomar conciencia de que nuestro destino está en nuestras manos, Iberoamérica ha de embridar su porvenir. Por supuesto, es importante que Argentina y Brasil estén remontado su situación económica. Sin embargo, más relevante aún es que el continente auto-afirme su confianza y se percate de la posición líder que a corto plazo puede ocupar, a poco que pise el acelerador en materia digital y fusione, como podría ser el caso, el potencial conjunto de la Alianza del Pacífico y Mercosur.

Tal conjunción de factores es la que puede impulsar internacionalmente a Iberoamérica, en tanto su personalidad democrática está cada vez más fuera de dudas. He aquí de hecho el secreto de su éxito, el de un patrimonio cívico y virtuoso que resiste frente al ciego declive del pluralismo y la tolerancia en otros lugares del mundo. Pero insisto, para aquilatar la prosperidad del futuro, hay que creérselo. Esa, afortunadamente, es la convicción que sin duda vienen expresando las distintas promociones de líderes iberoamericanos que respalda la Fundación Carolina desde hace tres lustros. Hemos tenido ocasión de ratificarlo hace muy poco.

Los “hechos alternativos” nacen de nuestros prejuicios

Artículo escrito por Jesús Andreu y publicado en El País el 14 de febrero de 2017

Coincidiendo con la elección y el recién inaugurado mandato de Trump se ha puesto de moda criticar la aparición de noticias falsas, lo que muchos llaman “post-verdad”, como si las mentiras de toda la vida fuesen una novedad inédita. Una novedad, además, que hubiesen impulsado desde la sombra un contubernio de oligarcas, por supuesto neoconservadores. No obstante, a poco que nos detengamos a pensar en la cantidad de mantras de todo signo que se publican a diario, acaso los analistas más críticos deberían de reflexionar si ellos mismos no están contribuyendo a alimentar la emergencia de “hechos alternativos”.

A propósito de Trump, precisamente, a menos de 48 horas del inicio de su presidencia circuló como una verdad contrastada que su Administración había eliminado la página web en español de la Casa Blanca. Ningún medio escrito ni ningún tertuliano tuvo la paciencia de esperar a que el nuevo portavoz del Gobierno estadounidense explicase que, lejos de ser una decisión política, se trataba de un ajuste técnico, pero el daño ya estaba hecho y poco importó que poco después comenzaran los tuits en español. Casi lo mismo cabría decir sobre la medida de suspender el TTP, sin aludir a las remotas posibilidades de que el tratado superase la ratificación por parte del Congreso de EEUU o mencionar que la candidata demócrata también había sugerido la posibilidad de paralizarlo. Cierto que la actitud hostil y agresiva de Trump no ayuda, pero realmente toda la información que rodea al nuevo presidente está tan repleta de infundios que se hace imposible distinguir el grano de la paja.

Pero basta con asomarse a España para ver reproducida esa “post-verdad” en los sitios, aparentemente, más insospechados. Ahí está por ejemplo, tras el proyecto de peatonalizar la Gran Vía de Madrid, la nueva consigna de que en todas las capitales del mundo el centro está cerrado al tráfico, cuando cualquiera que haya visitado París, Londres, Nueva York, Estocolmo o Ámsterdam sabe que el acceso en coche al casco urbano es perfectamente viable y como mucho, desincentivado por ciertas tasas. Otro “hecho” incuestionable, repetido hasta la saciedad por quienes presumen de “espíritu crítico”, lo encontramos en la precarización del trabajo, cuando resulta que en la actualidad hay un porcentaje de contratos indefinidos de más del 73%, mientras que en 2007, antes de la crisis, era de un 69%.

A ello se añaden los machacones augurios apocalípticos sobre el riesgo de pobreza, tomados de indicadores que dicen que “carencia material severa” es padecer una de estas situaciones: no poder irse de vacaciones, tener retraso en el pago del alquiler o la hipoteca, no tener coche, lavadora o televisión y no poder comer carne o pescado cada dos días. Lo que nos hace pensar si nuestros padres estuvieron en situación de “emergencia social” o, más aún, si los que sufren alguna de estas carencias se consideran a sí mismos en “riesgo de exclusión”. Podría seguir enumerando ejemplos de titulares que se lanzan día sí día también, y que por más “políticamente correctos” que sean, no son más verdad que las promesas que muchos políticos ofrecen en campaña.

Así las cosas, quizá los expertos y “líderes de opinión”, en vez de echarle la culpa de sus pronósticos fallidos (Brexit, victoria de Trump, referéndum de Colombia…) a una nueva post-verdad maquinada por un complot de magnates, habrían de preguntarse si no han sido sus prejuicios los que han contribuido a que ya nadie dé crédito a los análisis rigurosos. Ahora bien, no se trata de acusar a un bando frente a otro de acuerdo con impulsos reactivos y criterios sectarios. En los debates que se producen en el espacio público, ante todo en los medios de comunicación, todos somos responsables de actuar con buena fe, ecuanimidad y respeto al que piensa diferente, más allá de nuestras legítimas opiniones personales. Al haber a menudo desatendido esta deontología básica, no es inverosímil sospechar que el propio establishment haya sembrado la semilla del populismo.

Liderazgo en tiempos de crisis

Artículo escrito por Jesús Andreu y publicado en El Huffington Post el 14 de octubre de 2016

Año tras año, por motivos profesionales, me veo en la necesidad de volver a reflexionar acerca de la naturaleza del liderazgo, sobre su alcance, relevancia y futuro. Realmente, pese a la vorágine cotidiana en la que vivimos, un fenómeno como este no modifica sus rasgos en tan poco tiempo e incluso cabe afirmar que hace un siglo el sociólogo Max Weber apuntaló la teoría definitiva del liderazgo. Desde entonces sabemos que hay tres clases de líderes, los tradicionales, los carismáticos y los racionales, y que en nuestra modernidad «desencantada» los mandatos solo se justifican en virtud de la razón.

Ciertamente, esta visión rebajaba la óptica épica bajo la que en el siglo XIX el escocés Thomas Carlyle observaba a los líderes, asegurando que la Historia no es más que el estudio de la biografía de los grandes hombres. En todo caso, Weber no anulaba la importancia de los individuos, como hizo el marxismo, subordinándolo todo a las condiciones socio-económicas, una idea que resume bien la célebre cita de Engels: «si no hubiera existido Napoleón, otro habría ocupado su lugar». Más adelante, la antropología demostró la necesidad del liderazgo desde la aparición de los Estados prístinos y ya en las últimas décadas se han perfilado nuevas concepciones, que se adaptan a los cambios económicos, científicos y tecnológicos que estamos experimentando.

Así, por ejemplo los avances en neurología permitieron al politólogo Joseph Nye hablar de un liderazgo transformacional, ligado a la inteligencia emocional y contextual, del que ya hablé en un artículo anterior. Otra de las últimas referencias nos la ha proporcionado el historiador John Keegan, al hablarnos de un futuro liderazgo post-heroico, orientado a anticiparse a los problemas, para evitarlos antes que para resolverlos, pero que en última instancia debe someterse al cálculo. Algo, en definitiva, parecido a lo que decía que Weber.

Ahora bien, más allá de las teorías, este año me propuse analizar la cuestión comparando el presente con el 2002, año en el que la Fundación Carolina puso en marcha sus programas de liderazgo. Y la verdad es que el contraste es mayor todavía al que me esperaba encontrar. Fíjense: en 2002, Goldman Sachs todavía no había definido a los BRICS. No había ninguna corporación china en el top 10 del ranking de empresas mundiales, ni tampoco estaban Google o Apple. Facebook y Twitter no existían. Tampoco los smartphones. Iberoamérica estaba iniciando su década de crecimiento y faltaban seis años para que eclosionase la crisis financiera. En definitiva, el mundo era, si no más estable, algo más predecible. Y el liderazgo se atenía, con ligeros matices, al mismo significado que tras la II Guerra Mundial.

Fijándonos ahora en el mundo actual vemos que tres de las 10 mayores empresas internacionales son chinas. Ya no se habla de los BRICS sino de los eagles o de los Next Eleven, señalando a países como Bangladés, Corea del Sur, Indonesia o Nigeria. En Iberoamérica hay 300 millones de smartphones, cifra que se habrá multiplicado por cuatro en 2020. Cada minuto se publican 350.000 tuits, tres veces más que hace tres años. Más de la mitad de los empleos que se generarán en la próxima década no se han inventado. Y el 78% de los 1.300 directivos entrevistados por KPMG para su informe de 2016 cree que los próximos tres años van a ser más decisivos que los 50 anteriores. La incertidumbre, en suma, es la principal característica del presente.

Nos encontramos, pues, en una fase de profunda transformación, en la que nadie se atreve a predecir qué va a pasar. Aunque sí sabemos una cosa: continuaremos necesitando líderes: líderes racionales, emocionales, flexibles, atentos al contexto y con una enorme capacidad de adaptación al cambio. Pero sobre todo -y esta es mi principal conclusión- líderes con una predisposición científica e intercultural mayor que nunca. Personas capaces de desenvolverse a la vez en el mundo de los negocios y el de la tecnología bajo el soporte humanístico del conocimiento de la historia y tradiciones de distintas partes del mundo. Entiéndaseme bien, no hablo de superhéroes sino de dirigentes con la cintura y el olfato suficiente para interpretar con diligencia y acierto el liderazgo que su entorno geográfico y temporal requiere, puesto que ya no hay un solo modelo de liderazgo, sino múltiples paradigmas. Y tales son las habilidades que un buen programa de liderazgo debe ofrecer. En eso estamos.

La educación superior, un proyecto en curso en Iberoamérica

Artículo escrito por Jesús Andreu y publicado en Notimérica el 23 de marzo de 2016

Pese a los momentos de indudable incertidumbre que vivimos, no solo en España, por razones políticas, sino en toda Iberoamérica (ralentización brasileña, descenso de las commodities, etc.), conviene quizá ahora más que nunca subrayar cómo la mayoría de la últimas tendencias socioeconómicas positivas de esta esfera cultural llegaron para quedarse. Desde una perspectiva macro -de “longue dureé” como decía el historiador Braudel- debemos recordar que la secuencia del desarrollo humano obedece a un patrón muy similar en todas las sociedades, de acuerdo con el cual la modernización económica lleva aparejada cambios culturales que nos inclinan hacia la autonomía individual, la igualdad de género y la democracia.

Esta hipótesis ha sido minuciosamente estudiada por los sociólogos Ronald Inglehart y Christian Welzel, quienes durante más de dos décadas trabajaron con material empírico a escala global. Y la conclusión a la que llegaron fue clara: el deseo de lograr mayores márgenes de libertad civil, participación política y autoexpresión profesional, lejos de encubrir una especie de “americanización global”, constituye una propensión universal cuando las poblaciones alcanzan un estatus básico de recursos materiales. De hecho es lo que sucedió en España a partir de los años sesenta y es lo que viene sucediendo en la mayor parte de Latinoamérica desde los ochenta. Por descontado, referirse en general al subcontinente siempre es simplificador, puesto que para ser exactos hay que concretar país por país, cosa que se constata fácilmente al vaticinar el futuro de la región: las naciones de la Alianza del Pacífico son las que apuntan mejores maneras, seguidas de esos nodos financieros y comerciales en los que se están convirtiendo Panamá o Costa Rica.

No obstante -y a ello iba- incluso en aquellos casos más críticos, cuando se supera determinado umbral sociocultural las mentalidades no retroceden y la voluntad individual por conquistar vocaciones propias, en tanto síntoma plenamente moderno, no desaparece. En función de la correlación entre desarrollo y capital humano, esto se refleja en los índices de acceso a la educación superior, los cuales -tras experimentar un boom paralelo al crecimiento económico- no suelen recaer en disminuciones ulteriores, dotando en adelante y a futuro de un nivel científico sostenido a cada país. Sobre este hecho, históricamente acreditado, se levanta la promesa del Espacio Iberoamericano del Conocimiento, un proyecto que redimensiona internacionalmente -actualizándola- la lógica de la prosperidad y del que no solo toca hablar con ocasión de cumbres y convenios.

Así, el trabajo tenaz y regular de las instituciones dedicadas a fortalecerlo constituye la mejor garantía de su consecución, siempre que su pulso no decaiga. En este sentido, si se me permite la referencia, los datos que ha registrado la última convocatoria de becas de la Fundación Carolina son alentadores: 170 mil solicitudes y 56 mil solicitantes se han postulado para perfeccionar su formación en España, 8 mil más que el año pasado y 22 mil más que hace dos años. Se trata de cifras-récord que nos dicen que si hace cinco años se contabilizaban 40 candidatos por beca ahora lo hacen 90 por beca, lo que asimismo nos habla de la extraordinaria capacidad de atracción de las universidades españolas y, en particular, de las facultades de Medicina, Derecho, Económicas o Ingeniería, donde se cursan los programas más demandados.

De este modo, el enorme caudal de talento procedente de Iberoamérica se conjuga con la capacidad para generar conocimiento de calidad, en una suerte de círculo virtuoso “en español”, que la Carolina, como otras instituciones, contribuye a galvanizar en una labor incesante, aun silenciosa, de “work in progress” o, mejor dicho, de proyecto en curso.

Educación superior y excelencia

Artículo de Jesús Andreu publicado en El Huffington Post el 1 de agosto de 2015

Entre las pocas noticias positivas que nos suministra la educación superior española, hace pocas semanas se hizo pública la buena posición en la que se situaban algunas de nuestras universidades por áreas de conocimiento, computando hasta un total de nueve centros en el top 50 del ránking QS.

Así, por ejemplo, la facultad de Arquitectura de la Politécnica de Barcelona o la de Veterinaria de la UAB se ubicaban incluso entre las 25 mejores a nivel global, y la facultad de Economía de la Universidad Carlos III de Madrid aparecía en trigésimo octavo lugar.

Sin pretensión de minusvalorar esta noticia, es indudable que a la universidad española aún le queda un largo trecho para ponerse a la altura que debería ocupar, en virtud de la riqueza y peso internacional del país. Cabría esbozar una mínima genealogía para identificar las razones de esta situación, al menos desde la Ley de Reforma Universitaria de 1983 (LRU) hasta la modificación, en 2007, de la Ley de 2001, que sirvió para acomodar el sistema al Espacio Europeo de Educación Superior; un extenso intervalo que parece no haber bastado para modernizar la academia.

Ciertamente, la tasa formativa ha venido experimentando un crecimiento sostenido, hasta estabilizarse en un 30% de graduados; un porcentaje que nos asimila al de las naciones de la OCDE pero que resulta lógico, debido a la progresiva prosperidad social alcanzada. Sin embargo, a juzgar por los indicadores internacionales, los déficits aparecen a la hora de medir los niveles de rendimiento y excelencia.

Cabe intuir que la buena voluntad de los agentes involucrados queda diluida por unas estructuras académicas burocratizadas que no ofrecen incentivos institucionales ni económicos, lo que ahuyenta a los mejores. Podría pensarse asimismo que la proliferación de universidades al amparo de las CCAA ha contribuido a generar una red sobredimensionada y, por ende, ineficaz y poco competitiva.

No obstante, en rigor, el problema no está en el número: téngase en cuenta que, mientras España cuenta con 50 universidades públicas, Reino Unido tiene 124, Alemania 88, Francia 80 e Italia 61. La disfuncionalidad se encuentra en otro aspecto, más operativo que cuantitativo: en un modelo de contratación que, desde la citada LRU, ha favorecido la endogamia, hasta el punto de que, en la actualidad, el 73% de nuestros profesores universitarios ejercen en los centros en los que estudiaron, propiciando el apoltronamiento de perfiles docentes que no han abandonado el terruño donde se formaron. Se trata de una tendencia que ni siquiera la creación de la ANECA ha podido corregir, y hay incluso quienes insinúan que la ha acentuado.

Con todo, resultaría inmerecido no valorar los esfuerzos de innumerables profesionales y departamentos que todavía logran que la producción científica española sea la décima del mundo (así como, por cierto, no demandar en este punto al sector privado un esfuerzo mayor de inversión en I+D). A su vez, sería también injusto ignorar las medidas gubernamentales emprendidas para mejorar la calidad de la educación superior.

En este sentido, pese a las protestas que ha suscitado, resultaba más que oportuno reducir los grados a ciclos de tres años y aproximarnos a los itinerarios más flexibles que rigen en la UE. Es sabido que, en paralelo, se están tramitando reformas en los procesos de acreditación de la ANECA para garantizar criterios de mayor neutralidad y transparencia.

Y finalmente, hay que destacar el impulso dado a la apertura exterior -reflejado en elServicio Español para la Internacionalización de la Educación– como clave indispensable para escalar en los ránkings de prestigio. Nada mejor para el conocimiento que fomentar la movilidad académica, facilitar estancias en el extranjero y atraer talento. Aparte de que, como decía Pio Baroja, el nacionalismo (léase, la endogamia) «se cura viajando».

 

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La mejor juventud

Artículo de Jesús Andreu publicado en El Huffington Post el 8 de julio de 2015

Una de las claves más certeras para calibrar el progreso y porvenir de Iberoamérica consiste en mirar a su juventud, ese volumen de la población que -según los estándares oficiales- cubre el intervalo de los quince a los veintinueve años. A primera vista, el dato más espectacular consiste en los ciento cincuenta millones de jóvenes que habitan el continente, alrededor de un 25% de la población total. No obstante, las cifras realmente sorprendentes se encuentran desgranando las características que los definen. Y es que se trata de una juventud cada vez menos pobre (aún con niveles todavía inadmisibles), más urbana y más formada, con un porcentaje creciente de personas que han concluido la educación secundaria (superando en algunos países el setenta por ciento) y un número de matriculados universitarios próximo a los veinte millones.

Aunque quizá el dato más chocante -sobre todo a ojos españoles- estribe en la tasa de desempleo juvenil, del diez por ciento. Ciertamente, en algunos países menos avanzados, este indicador también revela una falta de oportunidades y alternativas, cuando apenas salidos de la adolescencia muchos jóvenes se ven abocados a entrar en el mercado laboral. Con todo, un repaso rápido por las tendencias de la juventud iberoamericana sugiere un futuro prometedor, más aún teniendo en cuenta las tasas de fecundidad, bastante altas (de 3,5 niños por mujer), pero con una suave propensión a declinar, conforme sus naciones prosperan.

Seguramente, la mejor forma de interpretar el alcance de estos datos pase por cotejarlos con lo que tenemos cerca y conocemos mejor, Europa. Y quizá, de nuevo, sorprenda percatarse del grado de similitudes que -excepto en algunos índices- se da. Así, Europa igualmente refleja un porcentaje poblacional de jóvenes de en torno al 20% (unos cien millones), asimismo urbanos y formados, hasta el punto de que la cifra de estudiantes europeos en universidades también ronda los veinte millones. Incluso en términos de desempleo, la comparación no es improcedente, por cuanto cabe esperar que el número de jóvenes parados europeos (un 20%) descienda tras la superación de la crisis, mientras que suba ligeramente el de Iberoamérica, con la incorporación de más personas al ciclo de estudios superiores.

En tiempos de turbulencias y auge de economías emergentes, no resulta extraño que se produzcan rumbos convergentes en los que se reequilibran las relaciones de peso internacional. Ahora bien, persisten dos realidades que vienen a trastocar este horizonte de confluencia, muy relacionadas con la juventud. Por un lado, la fragilidad demográfica que presenta Europa, con un ritmo que apenas supera el 1,4 de natalidad, muy lejos del 2,1 que se requiere para mantener la cota de habitantes y todavía más, de ese 3,5 iberoamericano. Por otro lado, la débil innovación de la que adolece Iberoamérica, fruto de carencias en materia de infraestructuras, propiedad intelectual y capacitación del capital humano a nivel de postgrado y doctorado (por supuesto, de modo desigual según países y regiones).

Pues bien, para afrontar tales circunstancias es preciso volcarse más en la movilidad transatlántica de talentos, así como en la transferencia científica, en aras a compensar lagunas susceptibles de convertirse en amenazas sociales. No hay más que pensar en la caja de las pensiones cuando aumenta el envejecimiento, o en la pérdida de competitividad cuando se pierde el tren tecnológico. Las ventajas comunicativas que ofrece un mundo digital y globalizado, unidas a la frescura y osadía de la juventud -siempre innovadora- y a los principios democráticos que unen a europeos y americanos, nos permiten ser optimistas. Pero no vale con sentarse a esperar: apoyar a los jóvenes es afirmar el futuro.

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Iberoamérica ‘intra-histórica’

Hoy más que nunca hacer prospectiva parece inútil. La volatilidad de los mercados y la posibilidad no tan remota de que el mundo se desquicie aún más -por un colapso chino o la ruptura de Europa- invitan a la cautela a la hora de pensar en el porvenir. No obstante, estos ejercicios son consustanciales no solo a la alta política, sino a los proyectos de vida, a los sueños y ambiciones que cada persona traza para sí. Hay una palabra que expresa esta alerta de futuro, tanto en el plano individual como en el colectivo: sostenibilidad. En este sentido, el escenario institucional más sostenible que cabe idear -de acuerdo con PwC y EsadeGeo- es el de una gobernanza global en la que las naciones regulen coordinadamente los conflictos económicos, sociales o de cualquier orden. Es también el escenario más optimista.

Sin necesidad de contraponer a esta opción una alternativa apocalíptica, a medio plazo lo más realista es imaginar la conformación de grandes bloques regionales, muy integrados internamente, aun rivalizando entre sí por los recursos energéticos. De hecho, esta es la clave desde la que mejor se entiende la construcción de unos Estados Unidos de Europa, en la que estamos inmersos. Pero también la existencia de la Liga Árabe, de la Asociación del sudeste asiático (Asean) o del Nafta, en el Norte de América. Obviamente, la reconfiguración mundial está por definir, pero ya se esbozan incluso coaliciones inter-regionales: el libre comercio avanza hacia Europa, existe un foro Sur-Sur desde hace años y en mayo de 2014 Rusia y China firmaron un acuerdo energético en el marco de la Conferencia sobre Interacción y Desarrollo de la Confianza en Asia.

 

En este tablero dinámico llama la atención la ausencia de un bloque iberoamericano consolidado, que en cambio aparece fragmentado -como ya reflejé en este blog– en diversos y hasta contrapuestos programas de integración (Alba, Mercosur, Alianza del Pacífico, etc.). Una fragmentación que se deja notar en cada Cumbre Iberoamericanahasta el punto de que hay países decididos a finiquitarlas. Bajo una óptica diametralmente opuesta, la Segib -a través de su nueva secretaria, Rebeca Grynspan- parece dispuesta a relanzar el sistema iberoamericano recurriendo con audacia a los factores que en la actualidad están marcando la diferencia: la innovación y la atracción de talento.

 

Es lo que se desprende de la Declaración de Veracruz que, además de sentar las bases para la implantación del «Erasmus latinoamericano», hace hincapié en el impulso a la movilidad empresarial, al tiempo que habla del establecimiento de una Agenda Digital, soporte de la economía del conocimiento. No por casualidad se trata de los mismos puntos -focalizados en la movilidad laboral y la inversión en I+D- que definen los propósitos de la recién estrenada Comisión Juncker. Por descontado, al contrario que en Europa, las dificultades en el subcontinente empiezan en el terreno de la voluntad política, toda vez que resulta preciso contar con la aquiescencia de los países desafectos y recuperar la confianza de Brasil.

 

Y sin embargo -lo que es paradójico- Iberoamérica es una realidad supranacional de facto por encima de gobiernos e instituciones, un verdadero bloque regional, más compacto en lo geográfico, afectivo y cultural que cualquier otro. Más «intra-histórico», como diría Unamuno. En la fuerza de este legado descansa la credibilidad que despierta Iberoamérica, no solo como proyecto político de futuro sino como enclave comercial y de inversión económica de este mismo presente. Precisamente por ello el liderazgo institucional de la Segib -todavía sostenido en su mayor parte por España- no puede desfallecer ya que está condenado al éxito.

Artículo publicado en el Huffington Post el 7 de enero de 2015

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El triunfo del pragmatismo

El fin de un año internacional bastante agitado nos ha dejado la noticia esperanzadora del restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre Cuba y Estados Unidos. Una decisión tanto más positiva por cuanto, sumidos en un periodo de reconfiguración global, no resulta nada sencillo consolidar escenarios de estabilidad. 2014 será recordado como el año en que China superó a EEUU como primera potencia económica, el grupo terrorista Estado Islámico se hizo sanguinariamente famoso a través de YouTube, Rusia intentó sacar provecho de la debilidad defensiva de Europa (con fatales consecuencias económicas) y la UE inauguró una nueva Comisión, confiando en apuntalar su recuperación y profundizar en su integración financiera.

Ante este panorama de tensiones, siempre incierto y más condicionado que nunca por conflictos geoenergéticos, es de celebrar que el continente americano cierre el año con un acuerdo -que coincide con el esperado anuncio de las FARC de un alto el fuego indefinido- que no puede sino tener efectos beneficiosos. Y no solo para los países concernidos, sino para todas las naciones de su entorno, incluida España.

¿Cómo ha sido posible el acuerdo y qué podemos esperar a partir de ahora? Más allá de la explicación oficial, que recuerda la falta de resultados de una situación que venía prolongándose medio siglo, los expertos apuntan a diversos motivos: la mediación del Papa, el cambio generacional -y de mentalidades- en la isla y el uso de la técnica delfracking, lo que no solo posibilita el autoabastecimiento de crudo por parte de EEUU sino que ha determinado la caída de su precio. Ello, qué duda cabe, ha alterado las relaciones de Cuba con Venezuela, un régimen que les suministra petróleo desde hace lustros pero que, al no haber diversificado su economía, se encuentra ahora al borde del colapso.

En paralelo a estas causas materiales, se encuentran los factores intangibles, representados en primer lugar por el Papa Francisco, quien ha asumido un papel diplomático de primer orden y cuyo gesto en esta ocasión -como nos ha recordado Jon Juaristi- coindice con los cien años de la tregua navideña auspiciada por Benedicto XV. En consecuencia, cabe suponer que el acuerdo impulsará el desarrollo de una agenda en favor de los Derechos Humanos y las libertades, además de una deseable apertura económica. Como la experiencia histórica demuestra, antes o después, democracia y economía de mercado acaban ensamblándose. En este sentido, el papel que juegue la sociedad civil como promotora del emprendimiento, las relaciones comerciales y la comunicación -ante todo, vía internet- será decisivo.

No obstante no conviene anticiparse imprudentemente al porvenir. De momento, aplaudamos este paso -fruto de la tolerancia y el respeto recíproco-, que ojalá sea el primer punto de un diálogo que conduzca al entendimiento pleno y al deseable fin del embargo. Un camino en cuyo horizonte se vislumbra el sueño de la integración de las Américas («Todos somos americanos», afirmó Obama en español) y que España no puede permitirse el lujo de presenciar sin más. Y no tanto por sus intereses económico,s sino sobre todo, por ser ejemplo moderno de cómo reformarse en profundidad sin necesidad de rupturas y, por supuesto, por nuestra naturaleza congénita y vocacional de nación americana.

Artículo publicado en el Huffington Post el 24 de diciembre de 2014
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