Givenchy en el Thyssen: el arte de la banalización

El debate sobre los límites del arte, al igual que el del significado de la belleza, se remonta a los albores de la civilización. Ya Aristóteles definía el arte en función de su carácter modélico, por su capacidad para inspirar ejemplaridad. Esto es lo que lo distinguía de la artesanía. Desde entonces, los paradigmas del gusto se han modificado y diversificado mucho, incorporando conceptos como “lo sublime” o “lo interesante”, e incluso desterrando la figuración en beneficio de la abstracción. Sin embargo, pese a la convulsión que supusieron las vanguardias, la referencia a unos ideales de sentido y belleza, incluso de revolución, y su plasmación a través de las artes plásticas, se han mantenido como bases de la actividad estética.

Desde su aparición, la museología ha corrido en paralelo a esta evolución histórica, de tal modo que la estructura de las pinacotecas responde a un sistema de salones encadenados desde los que se ordena, por épocas, una exposición. Desbordando el formato del “museo-enciclopedia”, la concepción del MoMA se planteó sobre un único periodo de la historia del arte: el que cubre el desplazamiento del centro artístico de París a Nueva York. Este modelo no solventó totalmente el problema de integrar en los museos obras de creadores vivos. Frente a esta cuestión, el recurso más común ha estribado en la organización de exposiciones temporales que complementan el fondo del museo y tienen la capacidad de generar más público. Ahora bien, procurando evitar siempre el riesgo de no confundir la democratización del arte con su vulgarización, sobre todo si hay dinero público de por medio. No obstante, la irrupción de un nuevo modelo de museo, el “museo-espectáculo”, ha franqueado todos los límites, desarrollando funciones -comerciales y turísticas- más propias de instituciones privadas de entretenimiento.

A la luz de estas reflexiones quizá pueda explicarse la osada decisión que ha tomado el museo Thyssen-Bornemisza de presentar una retrospectiva de Hubert de Givenchy, inaugurada el pasado 22 de octubre, siguiendo la estela de la exposición que el Guggenheim dedicó a Armani. Vaya por delante mi reconocimiento al esfuerzo y talento como modisto de Givenchy, discípulo distinguido de nuestro Balenciaga. Sin embargo, no acabo de entender la capitulación en la que están cayendo museos que se pretenden de prestigio, entregándose -como ya hiciera el mismo Thyssen con la exposición de Cartier- a la mezcla del arte con la artesanía. Máxime cuando recurren al burdo subterfugio de “poner en diálogo” lienzos que han revolucionado nuestro juicio sensitivo con una selección de simples vestidos y tejidos, por muy espectaculares que sean.

La introducción de cuadros de Miró, Rothko, Ernst, Fontana y Zurbarán detrás de maniquíes recubiertos de trajes -parte de cuyo atractivo es fatuo, al radicar en que lo portaron actrices y duquesas- resulta, en el caso que nos ocupa, afrentoso. Dejando de lado la considerable cuestión de que este “diálogo” probablemente no hubiese sido querido por los citados creadores, ¿tan indigno hubiese sido reservar esta exposición a nuestro museo del Traje, al de Artes Decorativas -en el que actualmente se exhibe la obra de Kima Guitart- o a una institución privada? Valga como ejemplo la muestra que la Fundación Mapfre dedicó en 2012 a Jean Paul Gautier a la que nada se puede objetar.

Forma parte de la responsabilidad de los gestores y profesionales del arte mantener la función ilustrada y genuina de los museos al servicio del conocimiento, de la pedagogía y de la reflexión artística y simbólica. No deberíamos rebajar deliberadamente los parámetros de exigencia estética, ni confundirlos con cuestiones que, sin menoscabo de su sofisticación, pertenecen a otro dominio, sobre todo cuando existen espacios habilitados para este tipo de creaciones espectaculares. Es la única forma de garantizar la transmisión de la belleza heredada a las próximas generaciones.
Artículo publicado en el Huffington Post el 24 de noviembre de 2014
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Movilidad y conocimiento: ejes de la innovación iberoamericana

La próxima Cumbre de Veracruz constituye indudablemente una cita de gran trascendencia, quizá mayor que las anteriores, y ello debido al proceso de renovación que está experimentando el sistema de cooperación iberoamericano. Estamos en un momento que viene determinado por la emergencia económica de gran parte de sus países, la consolidación democrática, el notable descenso de la pobreza y el surgimiento de unas clases medias que aspiran a mejorar –o al menos a mantener– su estatus. Dichos factores han redefinido la percepción geoestratégica de Iberoamérica, cada vez más atractiva para los mercados asiáticos, y han generado la apertura de nuevos circuitos financieros, culturales, migratorios y tecnológicos.
En este escenario, el principio según el cual la riqueza de un país radica en la inversión en capital humano, ligado a las demandas formativas de las clases medias, hacen especialmente oportunas las cuestiones –de cariz educativo y cultural– que se abordarán en la Cumbre de Veracruz. El concepto de innovación introducido dota al encuentro de un acento emprendedor que desborda los tradicionales planteamientos pedagógicos y cognitivos, obviamente imprescindibles. Y es que en las economías del siglo XXI la innovación se ha convertido en el principal motor del crecimiento y en el puntal de la competitividad. Ello explica el empeño sostenido de China, EE.UU. y la UE, pese a las limitaciones de la crisis, volcado sobre la I+D y sobre todo, la rotunda apuesta del sector privado por invertir en conocimiento y tecnología como fuente de valor agregado y garantía de retorno económico. Más allá del debate que enfrenta a los “keynesianos de la innovación” frente a quienes reclaman mayores incentivos para las empresas, la potencialidad del asunto anida en la internacionalización del comercio: es a través de él como se encauza la transferencia de conocimientos, se multiplica la difusión tecnológica y se maximizan los beneficios, no sólo en clave económica, sino también en términos creativos, sociales y de bienestar. Baste pensar en las ventajas sanitarias que comporta la biotecnología aplicada o calibrar el impacto en la industria cultural de la revolución de las telecomunicaciones. Por supuesto, la rentabilidad de la innovación ha propiciado que ciertos gobiernos desarrollen prácticas fraudulentas (infringiendo derechos de propiedad intelectual) o intervencionistas (imponiendo condiciones proteccionistas a empresas extranjeras) encaminadas a lograr réditos a corto plazo, a costa de saltarse el paso más arduo y decisivo: alcanzar la generación propia de conocimiento.

En este punto es donde se aprecia la importancia de los promotores de la ciencia: las universidades y los centros de investigación. En el denominado triángulo del conocimiento, donde confluyen los esfuerzos de los gobiernos, las empresas y las instituciones académicas, a estas últimas les corresponde la labor crucial de producir y validar los avances científicos que conducen a la introducción de nuevos dispositivos o aplicaciones en el mercado: un proceso que a menudo conlleva el “efecto multiplicador” que los usuarios les otorgan, democratizando la innovación. Al igual que en el terreno empresarial, la financiación pública de la I+D es objeto de un debate al que se superpone el de la presencia de las corporaciones privadas en la construcción del conocimiento. No obstante, sin restarle relevancia al mismo, el foco de la cuestión ha sido desplazado por el de las oportunidades que, de nuevo, abre la internacionalización.

No parece casual que las mejores universidades iberoamericanas, de acuerdo con el último ranking QS, se encuentren en los países que mayor inversión extranjera reciben: Argentina, Brasil, Chile, Colombia, México y Perú. Tampoco parece serlo el hincapié que, en paralelo, están poniendo sus gobiernos en programas de intercambio exterior, entre los que destacan los activados por Brasil y Ecuador, o la Plataforma de Movilidad Académica de la Alianza del Pacífico, una especie de Erasmus intra-regional: precisamente la implantación de un Erasmus ampliado a toda Iberoamérica constituye uno de los puntos fuertes de la agenda de Veracruz. Cabe subrayar que este modelo no solo sirvió en Europa para fortalecer la conciencia de ciudadanía, también favoreció la articulación de un espacio científico compartido e, igualmente importante, impulsó la circulación laboral comunitaria. Así, la movilidad universitaria –en la que por cierto es habitual que los agentes públicos y privados sumen fuerzas– es al ámbito académico-científico lo que la transferencia tecnológica al ámbito empresarial, un vector que repercute en positivo sobre la innovación, la prosperidad y los niveles de empleabilidad en nuestras sociedades de conocimiento.

23 años después de la inauguración del sistema de Cumbres, en el que España jugó un papel nodal en el contexto de expansión de su acción exterior, nuestro país tiene la obligación de contribuir a su actualización en un mundo transformado, aportando ideas frescas –orientadas a intensificar la redes transatlánticas de talentos y premiar la creatividad y el emprendimiento–, así como su experiencia mediadora de nación europea. Retomando el horizonte de Veracruz, una de las tareas ineludibles pasa desde luego por aprovechar nuestro gran valor económico –el español– para afianzarlo ya no como activo cultural (fuera de duda) sino como vehículo de comunicación científico-técnica y, por ende, del comercio internacional. Es nuestra innovación pendiente.[/testimonial]

Jesús Andreu
Artículo publicado en Revista Uno (Llorente y Cuenca) el 21 de noviembre de 2014
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“En educación no hay gasto sino inversión”. Entrevista a Jesús Andreu en El Espectador, realizada por la becaria colombiana Katherin Moreno

Katherin Moreno, que actualmente se encuentra realizando el Master Oficial en Periodismo de El Correo con una beca de la Fundación Carolina, es redactora  del diario El Espectador.  Recientemente tuvo ocasión de entrevistar a Jesús Andreu durante su última visita a Colombia, entrevista que publica hoy este diario y que reproducimos en nuestra web.

TEXTO: EL ESPECTADOR. FOTO: LUIS ÁNGEL/EL ESPECTADOR

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El director de la Fundación Carolina, Jesús Andreu

‘En educación no hay gasto sino inversión’

El abogado español está a cargo de la organización que desde hace 15 años otorga becas a latinoamericanos para cursar estudios superiores en España. Piensa que la formación académica mejora la calidad de vida de un país.

¿Por qué España, a pesar de estar afrontando una crisis financiera, le sigue apostando a la educación de la población latinoamericana?

Buscamos formar capital humano, no para quedárnoslo sino para que los jóvenes vuelvan a su país y contribuyan a mejorarlo.

¿Cómo se ve representada esa premisa en Colombia?

Los becarios han ayudado a construir una Colombia más próspera y prometedora. Hay varios millares de jóvenes a quienes la beca les ha cambiado la vida. Tenemos cineastas muy premiados, cantantes, creadores artísticos, empresarios, políticos, médicos, científicos y líderes de opinión destacados. Tratamos de contar con profesionales de todas las áreas.

¿Cómo percibe el programa del presidente Santos de otorgar 10.000 becas para educación superior a los jóvenes más pilos y con menos posibilidades?

No conozco en profundidad el proyecto del presidente Santos, pero lo que sí sé es que los países tienen que hacer un gran esfuerzo en materia educativa. Se dice frecuentemente, y yo estoy de acuerdo, que lo que se gasta en educación no es un gasto sino una inversión. Las poblaciones preparadas, las que han invertido en educación, no sólo tienen una mayor competitividad y preparación sino una mayor cohesión social y un mayor nivel de desarrollo humano.

¿Cómo es la percepción de los becarios colombianos en España?

Colombia mantiene con España una relación excelente. La percepción es maravillosa. Se sabe que el nivel educativo es muy bueno; los jóvenes llegan muy preparados. Hay que decir que el 25% de los becados de la Fundación Carolina son colombianos.

¿Cómo logran integrar a estudiantes de sectores apartados del país?

No sólo queremos tener personas de Bogotá y Medellín. El trabajo de difusión es fundamental para tener personas de todos los rincones de Colombia. En cierta medida lo hemos logrado. Sin embargo, hay que decir que no favorecemos a zonas específicas. En este caso también es fundamental el papel de los exbecarios. Tratamos de convencer a los jóvenes de que nuestras becas son fantásticas, pero no hay convencimiento más eficaz que la de un estudiante que cuente su experiencia.

¿Cuáles son los criterios que se tienen en cuenta para seleccionar a un joven?

Buscamos el mejor currículum. El estudiante elige, por prioridad, una serie de programas. Esas peticiones las filtran los propios directores de los programas, personal de la fundación y expertos independientes. Después del proceso de preselección, un comité elige los mejores entre los mejores.

Además de cursar un posgrado, los becarios reciben programas complementarios… ¿En qué consiste esto?

Consentimos y mimamos a los becarios, además de exigirles muchísimo. Para ello contamos con el programa Vivir en España. En Europa, ser becario carolino es casi un estatus. Organizamos planes que dan acceso a actividades que, a veces, no tienen ni los propios españoles.

La empresa privada de Suramérica ha empezado a financiar a la Fundación Carolina. ¿Cómo ha sido este proceso?

La financiación proviene 35% del Estado y 65% de la empresa española privada con presencia en Iberoamérica. Sin embargo, hace dos años, siguiendo un mandato del rey don Juan Carlos, quisimos que se abriera la fundación a Iberoamérica en el tema de financiación. No tenemos un programa en el que participen españoles —a veces somos criticados por eso—, pero con la subida que ha tenido Iberoamérica se quiso abrir la puerta a la financiación. Se trata de ejercicios nuevos, experiencias nuevas. Tenemos ahora el caso de Ecopetrol, compañía que le ha querido apostar a la educación.

¿Cómo podrían organizaciones como la Fundación Carolina contribuir al proceso de paz que enfrenta Colombia?

Soy un gran creyente de la educación. Al igual que la cultura contribuye al diálogo, al entendimiento, a la resolución de los conflictos a través de la palabra y no de la violencia.

¿Qué decirles a los jóvenes que se han postulado y no han sido escogidos?

A los que no se han postulado los animo a que se atrevan. A los que no han sido seleccionados los animo a que perseveren. En la vida casi nada se consigue sin perseverancia. Los grandes logros generalmente nunca se obtienen a la primera.

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En defensa de la gastronomía de autor

Pese a la inveterada propensión patria a desdeñar lo propio -el célebre “si habla mal de España, es español”- de la que se deriva que seamos uno de los países del mundo con peor autopercepción, hay una categoría de la actividad humana en la que siempre hemos creído estar entre los mejores: la cocina, cuna y madre de todo chovinismo. Ciertamente, hasta hace poco, se ha tratado de un ámbito asociado a la cultura, el ocio y las tradiciones, esto es, a un lugar subalterno a la hora de pulsar la influencia de una nación. Sin embargo, en las últimas décadas ha ido adquiriendo un prestigio creciente hasta el punto de darle casi la razón a Julio Camba, cuando hace más de 80 años vinculaba, en La casa de Lúculo, el rango internacional de cada país a su cocina. Hoy la cocina está de moda en todo el planeta y el arrojo, la creatividad y la calidad de la nuestra la ha convertido, con el deporte, en la gran Marca España.

Sin menoscabar las facultades clásicas que debe cultivar un chef -emprendimiento, liderazgo, pericia, temple y donaire, además de creatividad-, la experimentación científica, lo que se conoce como gastronomía de vanguardia, de la que surgen esferificaciones, gelatinas calientes o helados de nitrógeno, ha tenido mucho que ver en este salto a la fama. Más allá de los grandes nombres que la practican (Pierre GagnaireHeston Blumenthal, nuestros Ferrán Adriá y Andoni Aduriz), ha propiciado tal imbricación entre la I+D y la gastronomía que ha desembocado en la apertura, totalmente justificada, de centros de formación e investigación centrados en la materia. De ahí, por ejemplo, la aparición en 2009 del Basque Culinary Center o la reconversión de El Bulli en fundación promotora de la creatividad. De ahí también el lanzamiento del International Journal of Gastronomy and Food Science, la primera revista científica de cocina, impulsada por Juan Carlos Arboleya y orientada, no solo a difundir el conocimiento y la innovación gastronómica, sino a defender la autoría intelectual.

Es este un terreno espacialmente resbaladizo en la historia de la cocina, toda vez que a nadie se le ocurriría ponerle copyright a las recetas que Simone Ortega, rastreando en un manuscrito de su abuela borgoñona, regaló a la pujante clase media española de los años setenta. Pero, ¿a quién no le ha sucedido recibir en un restaurante un plato único, presentado como original, cuando se trata claramente de una vulgar copia? Recientemente, con ocasión de una cena de una importante marca de lujo francesa, muy celosa de las imitaciones que padecen sus históricos bolsos, se ofreció una de las más aplaudidas recetas de Paco Roncero, uno de los grandes. Cuál fue la sorpresa cuando, preguntado el encargado si esa cena era servida por aquel, respondió que no pero que, efectivamente, Roncero “también preparaba ese plato”. Lejos de manifestar un mínimo de vergüenza torera -que los dueños de la Gastroteca cumplieron a rajatabla, aun de forma poco ortodoxa, cuando en los ochenta empezaron a remunerar sin previo aviso a los chefs franceses que copiaban-, nuestro catering se arrogaba una coautoría sin posibilidad alguna de defensa por parte del creador, que no tardó en mostrar su lógico enfado en las redes sociales.

Ante esta situación, inadmisible y denunciable en el dominio musical o literario, quizá sería conveniente que -en espera de contrastar la eficacia de las patentes científico-gastronómicas y a falta de un epígrafe sobre la cuestión en la Ley de Propiedad Intelectual- se elaborase una especie de Libro Blanco de buenas prácticas. Más que ocultar la esencia de los nuevos descubrimientos -“España está donde está en porque no ha habido secretos y vamos todos a una”, piensa acertadamente Ramón Freixa-, se trataría de reconocer a sus padres legítimos y regular los usos compartidos, acaso recuperando la vieja expresión de a la manière de…, pero en español. La solución, al igual que lo que ocurre con la programación informática, podría consistir en defender una especie de gastronomía de software libre o código abierto, pero respetuosa con el creador. Que nuestro país se situase a la vanguardia en la reglamentación internacional de estas cuestiones se correspondería lógicamente con nuestra posición líder en restauración, hostelería y turismo cultural. Todos, comensales, propietarios, chefs o turistas, saldríamos ganando, empezando por la Marca España.

Jesús Andreu Ardura es director de la Fundación Carolina. Su Twitter es @Jesús Andreu_FC.
Artículo publicado en el Huffington Post el 27 de octubre de 2014.

El valor de las industrias culturales

Hasta hace pocos lustros las llamadas industrias culturales no gozaban de buena fama, sobre todo entre los mandarines de la crítica y el arte. A mediados del siglo XX los miembros de la Escuela de Frankfurt, pioneros en el análisis del impacto del cine, la radio y las revistas en la sociedad no veían en ellas más que distracciones para mantener la hegemonía del “capitalismo represor”. Dejando de lado sus desatinadas nociones económicas, la verdad es que la rígida distinción que establecieron entre alta cultura y cultura popular se mantuvo hasta los albores del nuevo milenio. Se impuso así la superstición de que todo libro, película o lienzo que superase determinadas cotas de éxito, por brillante que fuese, quedaba mancillado por su sumisión al mercado y al aplauso de las masas, hasta el punto de poner bajo sospecha las obras de David Hockney o Mario Vargas Llosa. Ciertamente, este purismo -cuya crítica, huelga añadir, no legítima la elevación de cualquier ocurrencia al plano del arte, como a menudo sucede- estuvo más extendido en la Europa continental que en el mundo anglosajón e incluso que en España, donde la llegada de la democracia contribuyó a difuminar tales prejuicios.

Al margen del debate, hay que subrayar cómo todos los gobiernos se apresuraron a abrir ministerios y a desarrollar legislaciones encaminadas a proteger e incentivar la producción creativa autóctona. El acuerdo Blum-Byrnes de 1946, que fijaba en Francia una cuota a la emisión de filmes estadounidenses constituye un precedente de este interés nacional, cuyo lamentable acento proteccionista llega hasta hoy: de nuevo Francia, bajo amenaza de veto, ha logrado excluir al sector audiovisual de las negociaciones del TTIP. Por detrás de esta cuestión se libra un combate de imágenes, percepciones y audiencias que refleja el poderoso componente simbólico de la cultura. Aunque, como siempre, el núcleo de la controversia es económico: la liberalización del ámbito editorial europeo, sin riesgo de quedar fagocitado por EEUU, no ha suscitado contestaciones.

En todo caso, las antiguas suspicacias que levantaban las industrias culturales han quedado sepultadas por su valor comercial y su encaje natural en las dinámicas que genera la economía del conocimiento, además de por la emergencia de nuevos enclaves creativos -desde Seúl a Johannesburgo, pasando por Delhi o Sao Paulo- que pugnan por atraer la atención global. No obstante, el reconocimiento (tardío) del relieve de las industrias culturales ha coincidido en Occidente con el estallido de una doble convulsión que las afecta de lleno: la crisis financiera y la que ha propiciado la irrupción digital, trastocando los tradicionales modelos de negocio.

En España, la crisis conllevó un descenso del consumo interno y un aumento de las cargas fiscales que, afortunadamente, se está revirtiendo. A su vez, el énfasis puesto en la internacionalización, sumado al gran talento de nuestros creadores (con una nueva generación de cineastas que está fascinando al público) y de nuestros técnicos (incluidos publicistas y programadores de videojuegos) constituyen factores esperanzadores, habida cuenta de la ventaja competitiva que implica contar con un mercado de 500 millones de hispanohablantes.

Sin embargo, es preciso avanzar más en fórmulas de homologación normativa, servicios online, defensa de la propiedad intelectual y acuerdos de cofinanciación (iberoamericana y europea), en un medio -el audiovisual- seriamente damnificado por la piratería. Por lo demás, justo es recordarlo, la rebaja del IVA cultural en la adquisición de obras de arte, acometida a principios de año, supuso un acicate para intentar situar al coleccionismo patrio al nivel que nuestra excelencia pictórica merece.

Como no cesan de advertirnos grandes economistas y expertos, el emprendimiento y la innovación están delineando el cauce del crecimiento futuro. En este escenario, pese a lo prolongado del temporal, editores, productores, escenógrafos, compositores, etc., forman un ecosistema con claras opciones de verse beneficiados por las nuevas lógicas de intercambio y consumo cultural. Finalmente quizá, en vez que reclamar mayor capacidad de inventiva –sobrada, en este terreno– haga falta concienciar a toda la sociedad sobre el coste y valor tangible de las “obras del espíritu”. Más allá de las subvenciones, he aquí una verdadera responsabilidad de carácter público.

Jesús Andreu Ardura es director de la Fundación Carolina. Su Twitter es @Jesús Andreu_FC.
Artículo publicado en el Huffington Post el 16 de octubre de 2014.

Mecenazgo empresarial

El fallecimiento de Emilio Botín ha concitado una multitud de elogios, motivados por su capacidad negociadora y habilidad financiera. El logro de tomar hace casi tres décadas las riendas de la entonces séptima banca española y situarla a la cabeza de la zona euro y en el top 10 mundial bien lo merece. La apuesta que convirtió al Santander en una de las entidades pioneras de la internacionalización de España -expandiéndose a Iberoamérica y Estados Unidos- es buena prueba de su visión innovadora y nervio empresarial. No obstante, hay un aspecto que se ha subrayado menos: su enorme sensibilidad cultural, reflejada en el legado transmitido en el plano social y académico. Una vocación que ilustran las actividades creativas y científicas impulsadas por la Fundación Botín, o dentro del proyecto Universia, el portal al servicio de la comunidad universitaria iberoamericana que aglutina a más de 1.200 instituciones académicas. Lejos de abandonar a la inercia estos intereses, el mismo Botín presentó el pasado julio -junto con Cesar Alierta- la plataforma onlineMiríadaX, convertida ya en la segunda Mooc del mundo y primera en español. La propia Fundación Carolina, centrada en la formación de excelencia en postgrado, se ha visto asimismo respaldada desde su creación por el permanente patrocinio del Santander.

Ahora bien, más allá de la proliferación de ejemplos, quisiera hacer hincapié en la relevancia recuperada que -gracias a la perseverancia de figuras como la suya- se ha dado a la vía del mecenazgo privado. Obviamente, es preciso referirse a la tradición anglosajona para explicar la tímida pero firme penetración de tal espíritu en España y, en general, en el continente europeo. Sin embargo, sería históricamente inexacto identificarlo como una tendencia inédita y hostil, encaminada a privatizar la cultura. En rigor, lo realmente nuevo consistió en la nacionalización de la cultura que, tras la revolución francesa, cristalizó en la aparición de los museos (en 1793 se inaugura el Museo de la República, futuro Louvre) y en la instauración de un funcionariado a cargo de la gestión del patrimonio. Ello no debería hacernos olvidar la existencia previa de coleccionistas privados y de anticuarios dedicados al estudio de las obras de arte. Ni tampoco la aparición de los llamados Wunderkammer, gabinetes demaravillas en los que nobles y clérigos reunían objetos artísticos y naturales (como Athanasius Kircher o Rodolfo II de Habsburgo), pero también lo hacía una burguesía incipiente que se iba abriendo paso en las naciones que abrazaban el libre comercio. No extraña así que ya en 1585 se crease en Inglaterra la Society of Antiquaries of London. La Guerra de la Independencia y la otra revolución del XVIII (la estadounidense) dieron paso al surgimiento de una sociedad civil que -enlazando con la tradición anglosajona- desarrolló un civismo filantrópico con voluntad de hacerse responsable de la herencia cultural y del futuro formativo de la nación, de forma paralela, y no opuesta, a la labor del Estado. Aquí se encuentra el germen del impulso altruista que animó a industriales como Andrew CarnegieRockefeller o Ford, sustanciado al cabo en forma de fundaciones.

Mientras tanto, en Europa se fraguaba una mentalidad burocrática que hacía equivaler el interés general con el interés estatal, minusvalorando hasta hace poco lasolidaridad privada en la construcción del conocimiento o la ayuda al desarrollo. Afortunadamente, aunque no sin convulsiones, la Historia ha demostrado el desacierto que supone delegar exclusivamente tales funciones a un Estado providencia, tanto como ha reflejado la fructífera contribución que las empresas aportan al avance de la ciencia o la conservación museológica. Es más, la colaboración público-privada se revela hoy como una fórmula afortunada para gestionar un ámbito -el cultural- que en España define mejor que ningún otro nuestra imagen exterior. En este sentido, creo que la próxima Ley de Mecenazgo podría constituir un estupendo homenaje a todos aquellos filántropos que, como Botín, tanto han hecho y seguirán haciendo por las artes, la I+D+I y las humanidades.



Jesús Andreu Ardura es director de la Fundación Carolina. Su Twitter es @Jesús Andreu_FC.
Artículo publicado en el Huffington Post el 20 de septiembre de 2014.

Un espacio para el latir humano

Por: Camila Ríos Armas
A veces se nos olvida lo humano. La solidaridad y empatía se cuelan por las ranuras de la acera que día a día recorremos en nuestra cotidianidad ciegasordomuda. Creemos muchas veces, metidos en nuestras mascaras, que el otro no nos ve, o que nuestro esfuerzo es vago y solitario. Vivimos sumergidos en nuestra realidad inmediata y viendo de reojo el mundo que está allá fuera. Lo nombramos en tercera persona como si no fuera, también, nuestro mundo. Son estos algunos de los motivos que hacen de la iniciativa Jóvenes Líderes Iberoamericanos, realizada por la Fundación Carolina con auspicio del Banco Santander y Fundación Rafael Del Pino, una loable labor.

Este año se llevo a cabo la décimo segunda edición de un programa que busca fomentar la integración iberoamericana y la sumersión de sus integrantes en la realidad político, social y económica de España y Europa. Bajo un riguroso proceso de selección formaron un grupo de 6 españoles, un portugués, y 43 latinoamericanos; lo llamaron un grupo de 50 iberoamericanos. Así se me presentó cuando me anunciaron ser una de las seleccionadas. Lo veía complicado, extenso y hasta algo etéreo, pero al llegar a Madrid y verme al lado de los otros 49 seleccionados todo pasó de lo inasible a lo material. Entendí en menos de 24 horas que la experiencia tenía que ver con nuestro lado humano. Entraría en contacto con los países a través de sus rostros, y si nos vamos a la etimología de la palabra persona, hasta podría decir que entraría en contacto a través de sus máscaras. Cada uno, como en la antigua Grecia, llevaba ante sí no la máscara de un rol específico en una obra de teatro, sino la máscara de su país, de sus orgullos y sus vergüenzas, sus logros y fracasos.

Nos convertimos en viajeros y como todo viajero, en receptáculos de lo nuevo, de lo inédito, gracias a una densa agenda que incluía viajes a Bruselas, Brujas, Gante, Toledo, Santiago de Compostela, Coruña y Madrid, y visitas a lugares emblemáticos como el Parlamento Europeo, la Catedral de Santiago, la sede de la Real Academia de la Lengua Española y el Palacio de la Moncloa, por nombrar algunos, o lugares excéntricos como la Ciudad Financiera del Banco Santander, en donde entre olivos de más de mil años nos adentramos en el modelo de esta entidad bancaria. Para algunos, ciudades ya conocidas, incluso ciudadanos de esas ciudades y para otros, primera vez en el continente viejo.

Las ponencias, conversatorios, paseos, fueron el espacio perfecto para aprender. Para buscar respuestas pero, sobre todo, para generar más preguntas. Tuvimos el privilegio de ser recibidos siempre por altos funcionarios de las entidades que visitábamos, haciendo del programa no solo una experiencia vital en el aspecto personal sino también en el profesional. De la mano de los ponentes, pudimos tener un conocimiento y compresión mayor de la identidad iberoamericana (Bruno, Brasil) y, sobre todo, de la realidad española y europea.

Hubo muchas historias personales que, como dice Tania (España) se contagiaban, haciendo de la travesía una experiencia de libertad y felicidad (Javier, Honduras), en el que la solidaridad entre pares es posible (Santiago, Argentina) y la conciencia del otro y de cuánto puedes llegar a conocerlo se hace real (Luis, Perú). Fue una experiencia que nos hizo comprobar que sí bien existen fronteras entre nuestros países, nos une a todos una misma raíz (Carla, México). Una raíz que contribuye a la conformación de un sentimiento identitario (Silvia Elena, Nicaragua), un sentimiento de gran familia (Patricia, España). Y no es poca cosa que un programa logre exacerbar ese sabernos hermanos aun en la diversidad de culturas que nos separan (Indira, Cuba), o que nos coloque en el rol de ser personas adultas fuera de nuestros países (Juliana, Colombia), personas ávidas de conocimientos y llenos de dudas.

Y es para mí, justamente, esto lo que más me asombró de todo lo vivido: lograr sentirnos más personas. Lograr sentir la fascinación por la vida, como lo hacen los niños (Sofía, El Salvador) y sentir la formación de nuevos lazos amistosos, amigos que se quieren visitar en sus casas (Fernando, Bolivia). Un grupo muy especial en el que cada uno fue la pieza de un puzzle (Elizabeth, Uruguay) conformando ese espacio iberoamericano que para algunos, era ajeno. Para los propios españoles, vivir su realidad bajo otros lentes, como outsiders, fue algo que estoy segura marcó sus vidas. Para Borja (España), el programa le permitió abrir los ojos ante un mundo completamente diferente lleno de amor, sensibilidad, cariño y gente trabajadora. Y para Ivo (Portugal), más que llamarse europeo prefiere llamarse iberoamericano, nombre que arropa a cada una de las personas que para él dejaron un sentido de espacio común para todos.

Gracias a la Fundación Carolina, de la mano de sus representantes, vivimos una experiencia maravillosa en la que 50 personas con talentos muy diversos, que aún seguimos descubriendo (Eugenia, Venezuela), pudimos conocer aspectos variados como qué discuten en la Real Academia, cuál es el modelo de INDITEX, cómo Repsol llegó a ser la empresa que es, de qué manera el Banco Santander se ha convertido en una de los cinco bancos más importantes del mundo, cómo está organizado el Parlamento Europeo, cómo es que los molinos no son sólo invención de Cervantes sino también energía verde y cómo la fe tiene casa en una catedral como la de Santiago de Compostela. Haciendo eco de las palabras de William (Panamá), mis 49 compañeros me hacen creen en ese futuro prometedor y me inspiran a seguir adelante, o de las palabras de Esteban (Ecuador) “esas dos semanas fueron una inyección de vitamina para alimentar los sueños y compartirlos con más gente, genuinamente interesada en conocer más”. Y es esa saudade de compartir, como la llama Luis (México), lo que nos hará buscarnos, seguirnos e ir más allá de esas dos semanas para llegar de nuevo a ese lugar que nos permitió descubrir que “la vida no espera por nadie y que ella está ahí. Que se mueve sin parar golpeando nuestros corazones y jugando con nuestras mentes. Pero que también fluye internamente por nuestros sentimientos y pensamientos y que nos vuelve cada día más humanos” (José Luis, Argentina).

Queda en nuestras manos la inmensa tarea de hacer resonar todo lo aprehendido. Que ese lugar se vuelva espacio real con proyectos concretos en nuestras ciudades de origen. Y que lo que fue una experiencia personal la transformemos en una experiencia colectiva, llena de desafíos, de impacto y cambio. Luego de haber participado en la XII edición del Programa Jóvenes Líderes Iberoamericanos, cada uno, desde su área de estudio o trabajo, recordará que hay algo más allá y que justamente esa conexión con lo que está más allá viene de nuestro interior, viene del sentir, del latir humano que nos caracteriza y que hoy estoy segura, nos llevó a encontrarnos.