Tercer encuentro digital con Paula Alonso, responsable del Programa de formación de Fundación Carolina

El martes 3 de febrero Fundación Carolina organizó un segundo encuentro digital con la responsable del Programa de Formación, Paula Alonso. Los participantes tuvieron ocasión de realizar sus consultas relacionadas con la convocatoria de becas para el periodo 2015-2016. A continuación reproducimos la conversación mantenida.

Segundo encuentro digital con Paula Alonso, responsable del Programa de formación de Fundación Carolina

El martes 27 de enero Fundación Carolina organizó un segundo encuentro digital con la responsable del Programa de Formación, Paula Alonso. Los participantes tuvieron ocasión de realizar sus consultas relacionadas con la convocatoria de becas para el periodo 2015-2016. A continuación reproducimos la conversación mantenida.

Encuentro digital con Paula Alonso, responsable del Programa de formación de Fundación Carolina

El martes 20 de enero Fundación Carolina organizó un encuentro digital con la responsable del Programa de Formación, Paula Alonso. Los participantes tuvieron ocasión de realizar sus consultas relacionadas con la convocatoria de becas para el periodo 2015-2016. A continuación reproducimos la conversación mantenida.

Foto EuropaPress/UCLM

Movilidad académica en Iberoamérica

La movilidad académica global está en auge y 4 millones de universitarios se encuentran cursando estudios fuera de su país de origen, el doble que hace diez años. De ellos, casi 400.000 son iberoamericanos, una cifra aún modesta, pero que no hace sino crecer y que es preciso poner en relación con su número total de universitarios, que se aproxima a los 20 millones, un 40% más que hace una década. Esta pujanza está vinculada a la emergencia de las clases medias en el subcontinente, al afán de ascender socialmente y al apogeo de la economía del conocimiento, lo que no significa abandonar otros sectores, pero es bien sabido que la viabilidad financiera de Iberoamérica depende del éxito de su diversificación productiva, tanto más en un momento en el que la innovación constituye el factor determinante del crecimiento. Que esta nueva era en la que las empresas tecnológicas ocupan los primeros puestos del mercado coincida con el salto cualitativo de su sistema de educación superior, abre una oportunidad de futuro excepcional para la juventud iberoamericana.

Las bases están establecidas: recordemos que la región ya contaba con universidades en el siglo XVI y que en la actualidad las instituciones académicas de México, Brasil, Chile, etc., cada año escalan puestos en los rankings de calidad internacionales. La asignatura pendiente, sin embargo, radica en la falta de un programa transnacional de referencia, que no solo estimule a los estudiantes a ganar en experiencia internacional. El reto, largamente debatido, consiste en articular un gran espacio de conocimiento en el que los títulos estén homologados, en el que al profesorado se le recompense por investigar y ejercer la docencia en otros países y en el que se consoliden criterios de indexación y excelencia propios. Un espacio que además contribuya -al igual de lo que sucede en Europa con el programa Erasmus- a la toma de conciencia de una identidad común, al tiempo que se incentiva la movilidad empresarial y laboral.

Es cierto que ya existen iniciativas orientadas hacia tales propósitos. En este sentido, la OEI activó hace tres años el programa de postgrado “Pablo Neruda” y recientemente acaba de inaugurar el proyecto “Paulo Freire”. A su vez, la Alianza del Pacífico puso en marcha en 2013 la Plataforma de movilidad académica, que involucra a sus países miembros. Las propias naciones iberoamericanas están creando programas de internacionalización académica, como el Pronabec peruano o las becas Prometeo de Ecuador. E incluso a escala hemisférica, el Gobierno estadounidense impulsó hace un par de años el programa educativo “100,000 Strong”, cuyo objetivo es lograr que cada año crezca en 100.000 el número de universitarios iberoamericanos en Estados Unidos y el de norteamericanos en Iberoamérica. Rebasando el nivel continental, destaca el programa más maduro de todos, el de formación de la Fundación Carolina, que en sus 15 años de historia lleva asignadas más de 14.800 becas de postgrado y doctorado.

Pues bien, de lo que se trataría es de saber rentabilizar con eficacia todos estos instrumentos, articulando un espacio de coordinación en beneficio de todos los países e instituciones: obviamente, a mayor provecho del capital humano de Iberoamérica y, por ende, de su desarrollo y prosperidad. Tal es, en suma, el objetivo que se perfiló en la última Cumbre Iberoamericana de Veracruz y que, incluso más allá de directrices gubernamentales, deberían apoyar con decisión empresas, filántropos y la sociedad civil. No podemos olvidar que en la carta de la formación se juega nuestro destino compartido.

Jesús Andreu

Artículo publicado en Notimérica el 17 de enero de 2015
Foto: Europa Press/UCLM

Iberoamérica ‘intra-histórica’

Hoy más que nunca hacer prospectiva parece inútil. La volatilidad de los mercados y la posibilidad no tan remota de que el mundo se desquicie aún más -por un colapso chino o la ruptura de Europa- invitan a la cautela a la hora de pensar en el porvenir. No obstante, estos ejercicios son consustanciales no solo a la alta política, sino a los proyectos de vida, a los sueños y ambiciones que cada persona traza para sí. Hay una palabra que expresa esta alerta de futuro, tanto en el plano individual como en el colectivo: sostenibilidad. En este sentido, el escenario institucional más sostenible que cabe idear -de acuerdo con PwC y EsadeGeo- es el de una gobernanza global en la que las naciones regulen coordinadamente los conflictos económicos, sociales o de cualquier orden. Es también el escenario más optimista.

Sin necesidad de contraponer a esta opción una alternativa apocalíptica, a medio plazo lo más realista es imaginar la conformación de grandes bloques regionales, muy integrados internamente, aun rivalizando entre sí por los recursos energéticos. De hecho, esta es la clave desde la que mejor se entiende la construcción de unos Estados Unidos de Europa, en la que estamos inmersos. Pero también la existencia de la Liga Árabe, de la Asociación del sudeste asiático (Asean) o del Nafta, en el Norte de América. Obviamente, la reconfiguración mundial está por definir, pero ya se esbozan incluso coaliciones inter-regionales: el libre comercio avanza hacia Europa, existe un foro Sur-Sur desde hace años y en mayo de 2014 Rusia y China firmaron un acuerdo energético en el marco de la Conferencia sobre Interacción y Desarrollo de la Confianza en Asia.

 

En este tablero dinámico llama la atención la ausencia de un bloque iberoamericano consolidado, que en cambio aparece fragmentado -como ya reflejé en este blog– en diversos y hasta contrapuestos programas de integración (Alba, Mercosur, Alianza del Pacífico, etc.). Una fragmentación que se deja notar en cada Cumbre Iberoamericanahasta el punto de que hay países decididos a finiquitarlas. Bajo una óptica diametralmente opuesta, la Segib -a través de su nueva secretaria, Rebeca Grynspan- parece dispuesta a relanzar el sistema iberoamericano recurriendo con audacia a los factores que en la actualidad están marcando la diferencia: la innovación y la atracción de talento.

 

Es lo que se desprende de la Declaración de Veracruz que, además de sentar las bases para la implantación del “Erasmus latinoamericano”, hace hincapié en el impulso a la movilidad empresarial, al tiempo que habla del establecimiento de una Agenda Digital, soporte de la economía del conocimiento. No por casualidad se trata de los mismos puntos -focalizados en la movilidad laboral y la inversión en I+D- que definen los propósitos de la recién estrenada Comisión Juncker. Por descontado, al contrario que en Europa, las dificultades en el subcontinente empiezan en el terreno de la voluntad política, toda vez que resulta preciso contar con la aquiescencia de los países desafectos y recuperar la confianza de Brasil.

 

Y sin embargo -lo que es paradójico- Iberoamérica es una realidad supranacional de facto por encima de gobiernos e instituciones, un verdadero bloque regional, más compacto en lo geográfico, afectivo y cultural que cualquier otro. Más “intra-histórico”, como diría Unamuno. En la fuerza de este legado descansa la credibilidad que despierta Iberoamérica, no solo como proyecto político de futuro sino como enclave comercial y de inversión económica de este mismo presente. Precisamente por ello el liderazgo institucional de la Segib -todavía sostenido en su mayor parte por España- no puede desfallecer ya que está condenado al éxito.

Artículo publicado en el Huffington Post el 7 de enero de 2015

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El triunfo del pragmatismo

El fin de un año internacional bastante agitado nos ha dejado la noticia esperanzadora del restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre Cuba y Estados Unidos. Una decisión tanto más positiva por cuanto, sumidos en un periodo de reconfiguración global, no resulta nada sencillo consolidar escenarios de estabilidad. 2014 será recordado como el año en que China superó a EEUU como primera potencia económica, el grupo terrorista Estado Islámico se hizo sanguinariamente famoso a través de YouTube, Rusia intentó sacar provecho de la debilidad defensiva de Europa (con fatales consecuencias económicas) y la UE inauguró una nueva Comisión, confiando en apuntalar su recuperación y profundizar en su integración financiera.

Ante este panorama de tensiones, siempre incierto y más condicionado que nunca por conflictos geoenergéticos, es de celebrar que el continente americano cierre el año con un acuerdo -que coincide con el esperado anuncio de las FARC de un alto el fuego indefinido- que no puede sino tener efectos beneficiosos. Y no solo para los países concernidos, sino para todas las naciones de su entorno, incluida España.

¿Cómo ha sido posible el acuerdo y qué podemos esperar a partir de ahora? Más allá de la explicación oficial, que recuerda la falta de resultados de una situación que venía prolongándose medio siglo, los expertos apuntan a diversos motivos: la mediación del Papa, el cambio generacional -y de mentalidades- en la isla y el uso de la técnica delfracking, lo que no solo posibilita el autoabastecimiento de crudo por parte de EEUU sino que ha determinado la caída de su precio. Ello, qué duda cabe, ha alterado las relaciones de Cuba con Venezuela, un régimen que les suministra petróleo desde hace lustros pero que, al no haber diversificado su economía, se encuentra ahora al borde del colapso.

En paralelo a estas causas materiales, se encuentran los factores intangibles, representados en primer lugar por el Papa Francisco, quien ha asumido un papel diplomático de primer orden y cuyo gesto en esta ocasión -como nos ha recordado Jon Juaristi- coindice con los cien años de la tregua navideña auspiciada por Benedicto XV. En consecuencia, cabe suponer que el acuerdo impulsará el desarrollo de una agenda en favor de los Derechos Humanos y las libertades, además de una deseable apertura económica. Como la experiencia histórica demuestra, antes o después, democracia y economía de mercado acaban ensamblándose. En este sentido, el papel que juegue la sociedad civil como promotora del emprendimiento, las relaciones comerciales y la comunicación -ante todo, vía internet- será decisivo.

No obstante no conviene anticiparse imprudentemente al porvenir. De momento, aplaudamos este paso -fruto de la tolerancia y el respeto recíproco-, que ojalá sea el primer punto de un diálogo que conduzca al entendimiento pleno y al deseable fin del embargo. Un camino en cuyo horizonte se vislumbra el sueño de la integración de las Américas (“Todos somos americanos”, afirmó Obama en español) y que España no puede permitirse el lujo de presenciar sin más. Y no tanto por sus intereses económico,s sino sobre todo, por ser ejemplo moderno de cómo reformarse en profundidad sin necesidad de rupturas y, por supuesto, por nuestra naturaleza congénita y vocacional de nación americana.

Artículo publicado en el Huffington Post el 24 de diciembre de 2014
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Givenchy en el Thyssen: el arte de la banalización

El debate sobre los límites del arte, al igual que el del significado de la belleza, se remonta a los albores de la civilización. Ya Aristóteles definía el arte en función de su carácter modélico, por su capacidad para inspirar ejemplaridad. Esto es lo que lo distinguía de la artesanía. Desde entonces, los paradigmas del gusto se han modificado y diversificado mucho, incorporando conceptos como “lo sublime” o “lo interesante”, e incluso desterrando la figuración en beneficio de la abstracción. Sin embargo, pese a la convulsión que supusieron las vanguardias, la referencia a unos ideales de sentido y belleza, incluso de revolución, y su plasmación a través de las artes plásticas, se han mantenido como bases de la actividad estética.

Desde su aparición, la museología ha corrido en paralelo a esta evolución histórica, de tal modo que la estructura de las pinacotecas responde a un sistema de salones encadenados desde los que se ordena, por épocas, una exposición. Desbordando el formato del “museo-enciclopedia”, la concepción del MoMA se planteó sobre un único periodo de la historia del arte: el que cubre el desplazamiento del centro artístico de París a Nueva York. Este modelo no solventó totalmente el problema de integrar en los museos obras de creadores vivos. Frente a esta cuestión, el recurso más común ha estribado en la organización de exposiciones temporales que complementan el fondo del museo y tienen la capacidad de generar más público. Ahora bien, procurando evitar siempre el riesgo de no confundir la democratización del arte con su vulgarización, sobre todo si hay dinero público de por medio. No obstante, la irrupción de un nuevo modelo de museo, el “museo-espectáculo”, ha franqueado todos los límites, desarrollando funciones -comerciales y turísticas- más propias de instituciones privadas de entretenimiento.

A la luz de estas reflexiones quizá pueda explicarse la osada decisión que ha tomado el museo Thyssen-Bornemisza de presentar una retrospectiva de Hubert de Givenchy, inaugurada el pasado 22 de octubre, siguiendo la estela de la exposición que el Guggenheim dedicó a Armani. Vaya por delante mi reconocimiento al esfuerzo y talento como modisto de Givenchy, discípulo distinguido de nuestro Balenciaga. Sin embargo, no acabo de entender la capitulación en la que están cayendo museos que se pretenden de prestigio, entregándose -como ya hiciera el mismo Thyssen con la exposición de Cartier- a la mezcla del arte con la artesanía. Máxime cuando recurren al burdo subterfugio de “poner en diálogo” lienzos que han revolucionado nuestro juicio sensitivo con una selección de simples vestidos y tejidos, por muy espectaculares que sean.

La introducción de cuadros de Miró, Rothko, Ernst, Fontana y Zurbarán detrás de maniquíes recubiertos de trajes -parte de cuyo atractivo es fatuo, al radicar en que lo portaron actrices y duquesas- resulta, en el caso que nos ocupa, afrentoso. Dejando de lado la considerable cuestión de que este “diálogo” probablemente no hubiese sido querido por los citados creadores, ¿tan indigno hubiese sido reservar esta exposición a nuestro museo del Traje, al de Artes Decorativas -en el que actualmente se exhibe la obra de Kima Guitart- o a una institución privada? Valga como ejemplo la muestra que la Fundación Mapfre dedicó en 2012 a Jean Paul Gautier a la que nada se puede objetar.

Forma parte de la responsabilidad de los gestores y profesionales del arte mantener la función ilustrada y genuina de los museos al servicio del conocimiento, de la pedagogía y de la reflexión artística y simbólica. No deberíamos rebajar deliberadamente los parámetros de exigencia estética, ni confundirlos con cuestiones que, sin menoscabo de su sofisticación, pertenecen a otro dominio, sobre todo cuando existen espacios habilitados para este tipo de creaciones espectaculares. Es la única forma de garantizar la transmisión de la belleza heredada a las próximas generaciones.
Artículo publicado en el Huffington Post el 24 de noviembre de 2014
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Movilidad y conocimiento: ejes de la innovación iberoamericana

La próxima Cumbre de Veracruz constituye indudablemente una cita de gran trascendencia, quizá mayor que las anteriores, y ello debido al proceso de renovación que está experimentando el sistema de cooperación iberoamericano. Estamos en un momento que viene determinado por la emergencia económica de gran parte de sus países, la consolidación democrática, el notable descenso de la pobreza y el surgimiento de unas clases medias que aspiran a mejorar –o al menos a mantener– su estatus. Dichos factores han redefinido la percepción geoestratégica de Iberoamérica, cada vez más atractiva para los mercados asiáticos, y han generado la apertura de nuevos circuitos financieros, culturales, migratorios y tecnológicos.
En este escenario, el principio según el cual la riqueza de un país radica en la inversión en capital humano, ligado a las demandas formativas de las clases medias, hacen especialmente oportunas las cuestiones –de cariz educativo y cultural– que se abordarán en la Cumbre de Veracruz. El concepto de innovación introducido dota al encuentro de un acento emprendedor que desborda los tradicionales planteamientos pedagógicos y cognitivos, obviamente imprescindibles. Y es que en las economías del siglo XXI la innovación se ha convertido en el principal motor del crecimiento y en el puntal de la competitividad. Ello explica el empeño sostenido de China, EE.UU. y la UE, pese a las limitaciones de la crisis, volcado sobre la I+D y sobre todo, la rotunda apuesta del sector privado por invertir en conocimiento y tecnología como fuente de valor agregado y garantía de retorno económico. Más allá del debate que enfrenta a los “keynesianos de la innovación” frente a quienes reclaman mayores incentivos para las empresas, la potencialidad del asunto anida en la internacionalización del comercio: es a través de él como se encauza la transferencia de conocimientos, se multiplica la difusión tecnológica y se maximizan los beneficios, no sólo en clave económica, sino también en términos creativos, sociales y de bienestar. Baste pensar en las ventajas sanitarias que comporta la biotecnología aplicada o calibrar el impacto en la industria cultural de la revolución de las telecomunicaciones. Por supuesto, la rentabilidad de la innovación ha propiciado que ciertos gobiernos desarrollen prácticas fraudulentas (infringiendo derechos de propiedad intelectual) o intervencionistas (imponiendo condiciones proteccionistas a empresas extranjeras) encaminadas a lograr réditos a corto plazo, a costa de saltarse el paso más arduo y decisivo: alcanzar la generación propia de conocimiento.

En este punto es donde se aprecia la importancia de los promotores de la ciencia: las universidades y los centros de investigación. En el denominado triángulo del conocimiento, donde confluyen los esfuerzos de los gobiernos, las empresas y las instituciones académicas, a estas últimas les corresponde la labor crucial de producir y validar los avances científicos que conducen a la introducción de nuevos dispositivos o aplicaciones en el mercado: un proceso que a menudo conlleva el “efecto multiplicador” que los usuarios les otorgan, democratizando la innovación. Al igual que en el terreno empresarial, la financiación pública de la I+D es objeto de un debate al que se superpone el de la presencia de las corporaciones privadas en la construcción del conocimiento. No obstante, sin restarle relevancia al mismo, el foco de la cuestión ha sido desplazado por el de las oportunidades que, de nuevo, abre la internacionalización.

No parece casual que las mejores universidades iberoamericanas, de acuerdo con el último ranking QS, se encuentren en los países que mayor inversión extranjera reciben: Argentina, Brasil, Chile, Colombia, México y Perú. Tampoco parece serlo el hincapié que, en paralelo, están poniendo sus gobiernos en programas de intercambio exterior, entre los que destacan los activados por Brasil y Ecuador, o la Plataforma de Movilidad Académica de la Alianza del Pacífico, una especie de Erasmus intra-regional: precisamente la implantación de un Erasmus ampliado a toda Iberoamérica constituye uno de los puntos fuertes de la agenda de Veracruz. Cabe subrayar que este modelo no solo sirvió en Europa para fortalecer la conciencia de ciudadanía, también favoreció la articulación de un espacio científico compartido e, igualmente importante, impulsó la circulación laboral comunitaria. Así, la movilidad universitaria –en la que por cierto es habitual que los agentes públicos y privados sumen fuerzas– es al ámbito académico-científico lo que la transferencia tecnológica al ámbito empresarial, un vector que repercute en positivo sobre la innovación, la prosperidad y los niveles de empleabilidad en nuestras sociedades de conocimiento.

23 años después de la inauguración del sistema de Cumbres, en el que España jugó un papel nodal en el contexto de expansión de su acción exterior, nuestro país tiene la obligación de contribuir a su actualización en un mundo transformado, aportando ideas frescas –orientadas a intensificar la redes transatlánticas de talentos y premiar la creatividad y el emprendimiento–, así como su experiencia mediadora de nación europea. Retomando el horizonte de Veracruz, una de las tareas ineludibles pasa desde luego por aprovechar nuestro gran valor económico –el español– para afianzarlo ya no como activo cultural (fuera de duda) sino como vehículo de comunicación científico-técnica y, por ende, del comercio internacional. Es nuestra innovación pendiente.[/testimonial]

Jesús Andreu
Artículo publicado en Revista Uno (Llorente y Cuenca) el 21 de noviembre de 2014
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En defensa de la gastronomía de autor

Pese a la inveterada propensión patria a desdeñar lo propio -el célebre “si habla mal de España, es español”- de la que se deriva que seamos uno de los países del mundo con peor autopercepción, hay una categoría de la actividad humana en la que siempre hemos creído estar entre los mejores: la cocina, cuna y madre de todo chovinismo. Ciertamente, hasta hace poco, se ha tratado de un ámbito asociado a la cultura, el ocio y las tradiciones, esto es, a un lugar subalterno a la hora de pulsar la influencia de una nación. Sin embargo, en las últimas décadas ha ido adquiriendo un prestigio creciente hasta el punto de darle casi la razón a Julio Camba, cuando hace más de 80 años vinculaba, en La casa de Lúculo, el rango internacional de cada país a su cocina. Hoy la cocina está de moda en todo el planeta y el arrojo, la creatividad y la calidad de la nuestra la ha convertido, con el deporte, en la gran Marca España.

Sin menoscabar las facultades clásicas que debe cultivar un chef -emprendimiento, liderazgo, pericia, temple y donaire, además de creatividad-, la experimentación científica, lo que se conoce como gastronomía de vanguardia, de la que surgen esferificaciones, gelatinas calientes o helados de nitrógeno, ha tenido mucho que ver en este salto a la fama. Más allá de los grandes nombres que la practican (Pierre GagnaireHeston Blumenthal, nuestros Ferrán Adriá y Andoni Aduriz), ha propiciado tal imbricación entre la I+D y la gastronomía que ha desembocado en la apertura, totalmente justificada, de centros de formación e investigación centrados en la materia. De ahí, por ejemplo, la aparición en 2009 del Basque Culinary Center o la reconversión de El Bulli en fundación promotora de la creatividad. De ahí también el lanzamiento del International Journal of Gastronomy and Food Science, la primera revista científica de cocina, impulsada por Juan Carlos Arboleya y orientada, no solo a difundir el conocimiento y la innovación gastronómica, sino a defender la autoría intelectual.

Es este un terreno espacialmente resbaladizo en la historia de la cocina, toda vez que a nadie se le ocurriría ponerle copyright a las recetas que Simone Ortega, rastreando en un manuscrito de su abuela borgoñona, regaló a la pujante clase media española de los años setenta. Pero, ¿a quién no le ha sucedido recibir en un restaurante un plato único, presentado como original, cuando se trata claramente de una vulgar copia? Recientemente, con ocasión de una cena de una importante marca de lujo francesa, muy celosa de las imitaciones que padecen sus históricos bolsos, se ofreció una de las más aplaudidas recetas de Paco Roncero, uno de los grandes. Cuál fue la sorpresa cuando, preguntado el encargado si esa cena era servida por aquel, respondió que no pero que, efectivamente, Roncero “también preparaba ese plato”. Lejos de manifestar un mínimo de vergüenza torera -que los dueños de la Gastroteca cumplieron a rajatabla, aun de forma poco ortodoxa, cuando en los ochenta empezaron a remunerar sin previo aviso a los chefs franceses que copiaban-, nuestro catering se arrogaba una coautoría sin posibilidad alguna de defensa por parte del creador, que no tardó en mostrar su lógico enfado en las redes sociales.

Ante esta situación, inadmisible y denunciable en el dominio musical o literario, quizá sería conveniente que -en espera de contrastar la eficacia de las patentes científico-gastronómicas y a falta de un epígrafe sobre la cuestión en la Ley de Propiedad Intelectual- se elaborase una especie de Libro Blanco de buenas prácticas. Más que ocultar la esencia de los nuevos descubrimientos -“España está donde está en porque no ha habido secretos y vamos todos a una”, piensa acertadamente Ramón Freixa-, se trataría de reconocer a sus padres legítimos y regular los usos compartidos, acaso recuperando la vieja expresión de a la manière de…, pero en español. La solución, al igual que lo que ocurre con la programación informática, podría consistir en defender una especie de gastronomía de software libre o código abierto, pero respetuosa con el creador. Que nuestro país se situase a la vanguardia en la reglamentación internacional de estas cuestiones se correspondería lógicamente con nuestra posición líder en restauración, hostelería y turismo cultural. Todos, comensales, propietarios, chefs o turistas, saldríamos ganando, empezando por la Marca España.

Jesús Andreu Ardura es director de la Fundación Carolina. Su Twitter es @Jesús Andreu_FC.
Artículo publicado en el Huffington Post el 27 de octubre de 2014.

El valor de las industrias culturales

Hasta hace pocos lustros las llamadas industrias culturales no gozaban de buena fama, sobre todo entre los mandarines de la crítica y el arte. A mediados del siglo XX los miembros de la Escuela de Frankfurt, pioneros en el análisis del impacto del cine, la radio y las revistas en la sociedad no veían en ellas más que distracciones para mantener la hegemonía del “capitalismo represor”. Dejando de lado sus desatinadas nociones económicas, la verdad es que la rígida distinción que establecieron entre alta cultura y cultura popular se mantuvo hasta los albores del nuevo milenio. Se impuso así la superstición de que todo libro, película o lienzo que superase determinadas cotas de éxito, por brillante que fuese, quedaba mancillado por su sumisión al mercado y al aplauso de las masas, hasta el punto de poner bajo sospecha las obras de David Hockney o Mario Vargas Llosa. Ciertamente, este purismo -cuya crítica, huelga añadir, no legítima la elevación de cualquier ocurrencia al plano del arte, como a menudo sucede- estuvo más extendido en la Europa continental que en el mundo anglosajón e incluso que en España, donde la llegada de la democracia contribuyó a difuminar tales prejuicios.

Al margen del debate, hay que subrayar cómo todos los gobiernos se apresuraron a abrir ministerios y a desarrollar legislaciones encaminadas a proteger e incentivar la producción creativa autóctona. El acuerdo Blum-Byrnes de 1946, que fijaba en Francia una cuota a la emisión de filmes estadounidenses constituye un precedente de este interés nacional, cuyo lamentable acento proteccionista llega hasta hoy: de nuevo Francia, bajo amenaza de veto, ha logrado excluir al sector audiovisual de las negociaciones del TTIP. Por detrás de esta cuestión se libra un combate de imágenes, percepciones y audiencias que refleja el poderoso componente simbólico de la cultura. Aunque, como siempre, el núcleo de la controversia es económico: la liberalización del ámbito editorial europeo, sin riesgo de quedar fagocitado por EEUU, no ha suscitado contestaciones.

En todo caso, las antiguas suspicacias que levantaban las industrias culturales han quedado sepultadas por su valor comercial y su encaje natural en las dinámicas que genera la economía del conocimiento, además de por la emergencia de nuevos enclaves creativos -desde Seúl a Johannesburgo, pasando por Delhi o Sao Paulo- que pugnan por atraer la atención global. No obstante, el reconocimiento (tardío) del relieve de las industrias culturales ha coincidido en Occidente con el estallido de una doble convulsión que las afecta de lleno: la crisis financiera y la que ha propiciado la irrupción digital, trastocando los tradicionales modelos de negocio.

En España, la crisis conllevó un descenso del consumo interno y un aumento de las cargas fiscales que, afortunadamente, se está revirtiendo. A su vez, el énfasis puesto en la internacionalización, sumado al gran talento de nuestros creadores (con una nueva generación de cineastas que está fascinando al público) y de nuestros técnicos (incluidos publicistas y programadores de videojuegos) constituyen factores esperanzadores, habida cuenta de la ventaja competitiva que implica contar con un mercado de 500 millones de hispanohablantes.

Sin embargo, es preciso avanzar más en fórmulas de homologación normativa, servicios online, defensa de la propiedad intelectual y acuerdos de cofinanciación (iberoamericana y europea), en un medio -el audiovisual- seriamente damnificado por la piratería. Por lo demás, justo es recordarlo, la rebaja del IVA cultural en la adquisición de obras de arte, acometida a principios de año, supuso un acicate para intentar situar al coleccionismo patrio al nivel que nuestra excelencia pictórica merece.

Como no cesan de advertirnos grandes economistas y expertos, el emprendimiento y la innovación están delineando el cauce del crecimiento futuro. En este escenario, pese a lo prolongado del temporal, editores, productores, escenógrafos, compositores, etc., forman un ecosistema con claras opciones de verse beneficiados por las nuevas lógicas de intercambio y consumo cultural. Finalmente quizá, en vez que reclamar mayor capacidad de inventiva –sobrada, en este terreno– haga falta concienciar a toda la sociedad sobre el coste y valor tangible de las “obras del espíritu”. Más allá de las subvenciones, he aquí una verdadera responsabilidad de carácter público.

Jesús Andreu Ardura es director de la Fundación Carolina. Su Twitter es @Jesús Andreu_FC.
Artículo publicado en el Huffington Post el 16 de octubre de 2014.

Mecenazgo empresarial

El fallecimiento de Emilio Botín ha concitado una multitud de elogios, motivados por su capacidad negociadora y habilidad financiera. El logro de tomar hace casi tres décadas las riendas de la entonces séptima banca española y situarla a la cabeza de la zona euro y en el top 10 mundial bien lo merece. La apuesta que convirtió al Santander en una de las entidades pioneras de la internacionalización de España -expandiéndose a Iberoamérica y Estados Unidos- es buena prueba de su visión innovadora y nervio empresarial. No obstante, hay un aspecto que se ha subrayado menos: su enorme sensibilidad cultural, reflejada en el legado transmitido en el plano social y académico. Una vocación que ilustran las actividades creativas y científicas impulsadas por la Fundación Botín, o dentro del proyecto Universia, el portal al servicio de la comunidad universitaria iberoamericana que aglutina a más de 1.200 instituciones académicas. Lejos de abandonar a la inercia estos intereses, el mismo Botín presentó el pasado julio -junto con Cesar Alierta- la plataforma onlineMiríadaX, convertida ya en la segunda Mooc del mundo y primera en español. La propia Fundación Carolina, centrada en la formación de excelencia en postgrado, se ha visto asimismo respaldada desde su creación por el permanente patrocinio del Santander.

Ahora bien, más allá de la proliferación de ejemplos, quisiera hacer hincapié en la relevancia recuperada que -gracias a la perseverancia de figuras como la suya- se ha dado a la vía del mecenazgo privado. Obviamente, es preciso referirse a la tradición anglosajona para explicar la tímida pero firme penetración de tal espíritu en España y, en general, en el continente europeo. Sin embargo, sería históricamente inexacto identificarlo como una tendencia inédita y hostil, encaminada a privatizar la cultura. En rigor, lo realmente nuevo consistió en la nacionalización de la cultura que, tras la revolución francesa, cristalizó en la aparición de los museos (en 1793 se inaugura el Museo de la República, futuro Louvre) y en la instauración de un funcionariado a cargo de la gestión del patrimonio. Ello no debería hacernos olvidar la existencia previa de coleccionistas privados y de anticuarios dedicados al estudio de las obras de arte. Ni tampoco la aparición de los llamados Wunderkammer, gabinetes demaravillas en los que nobles y clérigos reunían objetos artísticos y naturales (como Athanasius Kircher o Rodolfo II de Habsburgo), pero también lo hacía una burguesía incipiente que se iba abriendo paso en las naciones que abrazaban el libre comercio. No extraña así que ya en 1585 se crease en Inglaterra la Society of Antiquaries of London. La Guerra de la Independencia y la otra revolución del XVIII (la estadounidense) dieron paso al surgimiento de una sociedad civil que -enlazando con la tradición anglosajona- desarrolló un civismo filantrópico con voluntad de hacerse responsable de la herencia cultural y del futuro formativo de la nación, de forma paralela, y no opuesta, a la labor del Estado. Aquí se encuentra el germen del impulso altruista que animó a industriales como Andrew CarnegieRockefeller o Ford, sustanciado al cabo en forma de fundaciones.

Mientras tanto, en Europa se fraguaba una mentalidad burocrática que hacía equivaler el interés general con el interés estatal, minusvalorando hasta hace poco lasolidaridad privada en la construcción del conocimiento o la ayuda al desarrollo. Afortunadamente, aunque no sin convulsiones, la Historia ha demostrado el desacierto que supone delegar exclusivamente tales funciones a un Estado providencia, tanto como ha reflejado la fructífera contribución que las empresas aportan al avance de la ciencia o la conservación museológica. Es más, la colaboración público-privada se revela hoy como una fórmula afortunada para gestionar un ámbito -el cultural- que en España define mejor que ningún otro nuestra imagen exterior. En este sentido, creo que la próxima Ley de Mecenazgo podría constituir un estupendo homenaje a todos aquellos filántropos que, como Botín, tanto han hecho y seguirán haciendo por las artes, la I+D+I y las humanidades.



Jesús Andreu Ardura es director de la Fundación Carolina. Su Twitter es @Jesús Andreu_FC.
Artículo publicado en el Huffington Post el 20 de septiembre de 2014.

Felipe VI, un rey 2.0

Tras la proclamación del rey Felipe todo vuelve a la normalidad o, mejor dicho, proseguimos por el cauce constitucional, sereno y ordenado. La ceremonia, solemne, elegante y sobria, fue vivida con emoción y naturalidad por una sociedad madura y perseverante, orgullosa de su nación y sorda a ciertos cantos de sirena. Ajena en su mayor parte al revuelo mediático concitado durante los 17 días transcurridos entre el anuncio de la abdicación y la histórica jornada del 19 de junio. Así, el vínculo sutil entre la Corona y la sociedad volvió a cristalizar en las palabras del Rey, bajo el trasfondo de una Constitución paradigmática.

Esa es la clave de la Monarquía parlamentaria, un concepto enormemente sofisticado que reúne tradición y futuro, expresando como pocos el significado público de la civilidad. No parece casual que, según The Economist, de las 10 democracias de mayor calidad del mundo siete respondan a tal forma de gobierno, exactamente la misma proporción que arroja el índice de los países menos corruptos del mundo, de acuerdo con Transparencia Internacional. Resulta por ello vano enfrascarse en la trasnochada controversia “republicana” abierta por una parte de la izquierda, irónicamente desmemoriada porque no recuerda que el debate fue zanjado en toda Europa hace como mínimo 60 años. Tergiversando los conceptos e inventándose una tradición —como recordó en estas páginas el historiador Santos Juliá—, ignoran no solo el sistema británico, sino el ejemplo progresista de las monarquías nórdicas, modelos en los que nos ha instalado el reinado de don Juan Carlos I.

Más interés reviste observar la actualización regia del antiguo principio de auctoritas que, por contraposición al de potestas, hace referencia a una magistratura simbólica y moral, sin poder material, cuya fuente de legitimidad es tanto de origen —en nuestro caso, la ley— como de ejercicio: de ahí que el compromiso con la ejemplaridad ocupase un espacio nuclear en el discurso de Felipe VI. Una conducta de rectitud y responsabilidad que rebasa la mera obediencia al ordenamiento jurídico para erigirse como un modelo de excelencia, sin arrogancia ni aspavientos. Una noción que nos interpela a todos, incidiendo incluso sobre la vida privada —aquella que compartimos con nuestros íntimos— pero que en el caso del Rey se mezcla con su dimensión pública: he aquí otra muestra del sacrificio y la generosidad que implica la institución.

La muy medida formalidad del relevo no ha ocultado en todo caso una implícita inflexión renovadora que revigoriza la fortaleza de nuestras instituciones democráticas, en absoluto agotadas y que sitúa en primer plano a una nueva generación, madura y experimentada, dispuesta a afrontar los retos de un mundo que poco tiene que ver con el de hace 40 años, incluso con el de hace 20. Una generación que encarna con brillantez el rey Felipe, a cuya sobresaliente formación y ya dilatada experiencia, se suma su sensibilidad —compartida con la reina Letizia— hacia las demandas sociales, la innovación y el conocimiento, como simbólicamente ha reflejado la incorporación a su despacho del cuadro de Carlos III, nuestro monarca ilustrado. Sin embargo, no deberían generarse falsas exceptivas: sería erróneo —¡y constitucionalmente incorrecto!— echar sobre las espaldas del Rey cometidos colectivos que nos competen al conjunto de los ciudadanos. No debemos olvidar nunca que su papel es moderador y arbitral y que se sustenta en el criterio del equilibrio y la ponderación; funciones que el ensayista y teórico de la monarquía británica Walter Bagehot condensaba en el poder de sugerir y de estimular al ser consultado.

Ahora bien, por esta misma razón, Felipe VI sí que puede dotar de continuidad al extraordinario servicio exterior que desarrolló don Juan Carlos como “primer embajador de España”. En tiempos hipercompetitivos, en los que es preciso proyectar lo mejor del país, atraer inversiones, turistas y estudiantes, así como consolidar nuestra imagen de país estable, moderno y fiable, el legado de la excepcional agenda internacional de la Corona constituye un aval inestimable. Una labor tenaz, de cadencia escalonada y a menudo ajena a los focos de la actualidad, que se realiza siempre en beneficio de los españoles: de las empresas, de la cooperación para el desarrollo, del ejército, del deporte, de las universidades y, por supuesto, de la cultura en español. Precisamente lo que hoy llamamos Marca España.

En este sentido, como director de una institución volcada en Iberoamérica no puedo pasar por alto la vocación iberoamericana del nuevo Rey, recordando su profundo conocimiento del continente y su asistencia a 69 tomas de posesión de presidentes en los últimos 18 años. De ahí el inmenso afecto que la región manifiesta hacia la Monarquía como emblema patrimonial de una commonwealth hispana. Por todo lo dicho, estoy convencido de que este ciclo inaugural va conllevar, tras años sombríos, un optimismo social renovado, personificado en la solidez, prestancia y aplomo del Rey al que deseo, por supuesto, ¡larga vida y mucho acierto!

Jesús Andreu Ardura es director de la Fundación Carolina. Su Twitter es @Jesús Andreu_FC.
Artículo publicado en la sección opinión del diario El País el 12 de julio de 2014.

Escuela de Líderes

Jesús Andreu
El Huffington Post, 1 de julio de 2014

Habitualmente, los programas de liderazgo están asociados a cursos que imparten escuelas de negocios o a asignaturas incluidas en el itinerario de algunas carreras de ciencias sociales, como Políticas, Psicología, Historia… Estas aproximaciones son sin duda necesarias para estudiar las diversas manifestaciones del liderazgo y su aplicación a distintos ámbitos de actividad: la empresa, el deporte, el ejército, etc.

Es evidente que las prácticas de liderazgo han evolucionado desde los tiempos en los que estaban vinculadas al ejercicio de la autoridad y el respeto a las jerarquías. Hoy, sin capacidad de adaptación, visión de futuro y complicidad con su equipo, un líder empresarial no tiene nada que hacer. Si nos ceñimos al mundo de la política, la modulación del liderazgo se ha producido en paralelo a la del concepto de poder. Así, la emergencia del soft power ha obligado a los dirigentes a pulir sus estrategias de persuasión, a compartir más información con sus colaboradores y a comportarse -como nos han recordado las palabras del rey- de modo ejemplar. En términos generales, hay dos cualidades que según el profesor Joseph Nye cualquier líder debería poseer: inteligencia emocional e inteligencia contextual. A estas alturas, todos sabemos que la primera tiene que ver con el autocontrol y la empatía, y que resulta imprescindible para generar climas de confianza. De la inteligencia contextual en cambio se habla menos y es igualmente importante. Consiste en saber intuir las tendencias del futuro con el fin de, al igual que un buen surfista, atrapar la mejor ola. Claro que dicha intuición tiene que venir informada por un conocimiento completo y claro del medio o cultura en la que nos movemos.

Estas nociones, procedentes de estudios empíricos, constituyen las bases del liderazgo, pero su transmisión -además de por vías teóricas- puede realizarse mediante métodos más prácticos o aplicados, según lo hace desde 1940 el programa internacional de líderes de Estados Unidos. Ese año, Nelson Rockefeller (futuro vicepresidente del país) fue nombrado director de la oficina de Asuntos Interamericanos del departamento de Estado y orquestó su primera edición, invitando a 130 periodistas iberoamericanos a Estados Unidos. Hoy, el programa lo lleva la oficina de Asuntos Culturales y Educativos del departamento de Estado, la misma por cierto que gestiona las becas Fulbright (recientemente galardonadas con el premio Príncipe de Asturias) activadas en 1946 a instancias del senador demócrata William Fulbright, replicando el modelo de la beca británica Rhodes de la que disfrutó en su juventud.

Pues bien, el formato de las iniciativas de liderazgo siempre ha incluido, además de una agenda de reuniones con las contrapartes homólogas de los visitantes, una inmersión en la cultura del país receptor -inoculando el citado conocimiento del entorno- a través de encuentros con figuras de primer nivel de los sectores público y privado. En este sentido, la formación en liderazgo viene implícita, toda vez que los participantes la aprenden directamente por voz de los decisores públicos y dirigentes responsables de la vida civil del país.

Inspirada en esta experiencia, la Fundación Carolina puso en marcha, desde su nacimiento, un programa de visitantes -en paralelo al de becas- inextricablemente unido al liderazgo. De este modo, se creó entre otros el programa de Jóvenes Líderes Iberoamericanos, destinado a los 50 mejores expedientes del continente (incluidos España y Portugal), cuya primera edición de 2002 ya facilitó reuniones tanto con el presidente del Gobierno como con el jefe de la oposición. En la actualidad, se trata de una cita de referencia anual para cientos de jóvenes que desean formar parte del grupo seleccionado, respaldada con firmeza por el Gobierno y la Casa Real. Y, por su supuesto, una experiencia sumamente enriquecedora para sus participantes, como puede avalar la promoción de la 12ª edición celebrada estos días en Madrid, Toledo, Galicia, Gante, Brujas y Bruselas. ¡Confiemos en que hayan aprendido de Europa y España tanto como nosotros de su ímpetu, creatividad y talento!

 

La cooperación insoslayable

Jesús Andreu
El Huffington Post, 20 de junio de 2014

He insistido en varias ocasiones en este espacio sobre la pujanza económica y cultural de Iberoamérica. En conjunto, el continente ha crecido a un ritmo medio del 4% en la última década y en la actualidad se encuentra viviendo el mayor periodo de prosperidad de sus últimos 40 años. Es sintomático que, de acuerdo con un reciente informe del Global Entrepreneurship Monitor, la tasa media de actividad emprendedora en Iberoamérica sea del 17%, una cifra superior a la de Estados Unidos o la Unión Europea. Los buenos datos se traducen en una mayor estabilidad institucional, la ampliación de las clases medias y la llegada de más inversión extranjera. México y Chile ya pertenecen a la OCDE, el llamado “club de los países ricos” -producto del Plan Marshall- al cual posiblemente se integren pronto Colombia y Costa Rica. Brasil, por su parte, y pese a las desigualdades que arrastra, es el séptimo país más rico del mundo. Y, en síntesis, la mayoría de sus naciones se engloban bajo la etiqueta de “países de renta media”.

Este buen comportamiento ha llevado a algunos a preguntarse sobre la necesidad de prolongar la cooperación con Iberoamérica, máxime cuando en los últimos años las prioridades definidas por Naciones Unidas se han centrado en los países que padecen pobreza extrema. Afortunadamente, ante esta drástica postura, ha prevalecido un enfoque equilibrado, basado más bien en una reformulación del sistema de cooperación -ahora focalizado en la innovación, la sostenibilidad y el conocimiento- en el que por cierto España juega un papel crucial. Y es que, sin perjuicio de las mejoras citadas, no cabe olvidar la persistencia de graves problemas en la región, en términos de seguridad, éxito educativo o desigualdad, a los que se suma la tenacidad de un populismo que siempre amenaza con desmantelar los pilares del Estado de Derecho.

Es más, gran parte de los logros económicos todavía dependen en exceso de la producción y exportación de materias primas, esta vez en dirección a Asia, prolongando -frente al emprendimiento- un modelo de crecimiento de escaso valor añadido. Es cierto que, gracias a esta nueva relación con Oriente se han abierto canales de financiación inéditos, según muestra la incorporación de China y Corea del Sur al Banco Interamericano de Desarrollo. Se está construyendo así un nuevo esquema de colaboración (sur-sur) muy prometedor, pero todavía por perfilar. Y en el que -repito- debería robustecerse el énfasis en los activos técnicos y competitivos.

Pues bien, sin duda la renovación de la cooperación española con Iberoamérica puede aprovecharse de estos planteamientos recientes, dando una continuidad reformista a la histórica hoja de servicios de cara al continente. Una apreciable -¡y obligada!- trayectoria que, resulta importante subrayar, se ha mantenido incluso en época de crisis. Ahí están, a título de ejemplo, las más de 7.000 becas y ayudas al estudio y a la investigación que la Fundación Carolina ha otorgado a iberoamericanos desde que se inició la crisis en 2008. El hincapié que la cooperación española está poniendo en materia de formación, capacitación e intercambio -avalado precisamente por el apoyo suscrito a principios de junio al Programa Iberoamericano para el Fortalecimiento de la Cooperación Sur-Sur- garantiza no solo la permanencia sino el reimpulso de esta línea de actividad en el futuro. No en vano, tal es la forma más lógica y coherente de afrontar y resolver las dificultades inmediatas: tan solo una mayor inversión en educación superior y capital humano ancla una robusta institucionalidad democrática y genera riqueza. Por supuesto, al igual que en el pasado, en la Carolina continuaremos contribuyendo con orgullo y eficacia a esta imprescindible labor.

El rey ciudadano

Jesús Andreu
El Huffington Post, 3 de junio de 2014

Pertenezco a la generación del príncipe pero la inesperada abdicación del rey me ha sumido en una profunda conmoción, en una suerte de orfandad. Soy uno de aquellos españoles que han disfrutado casi toda su vida del sistema democrático, base del formidable progreso que ha experimentado España a todos los niveles: social, económico, cultural, deportivo, etc. Un sólido sistema cuya máxima garantía de estabilidad descansa en la figura del rey, por lo que su marcha no puede sino sumirnos en una cierta sensación de desamparo aunque tamizada y esperanzada por el aval del príncipe.

Todos aquellos que hemos vivido en democracia desde que tenemos uso de razón, no hay hito de la historia reciente de España que no guarde conexión con la imagen del rey, desde la aprobación de la Constitución del 78 hasta nuestra integración en la Unión Europea, pasando por el triunfo del Estado de Derecho -esto es, de la paz y de la concordia- sobre sus enemigos. Bajo la estela del éxito de la transición, el reinado de S.M. Juan Carlos I ha reconciliado al país -como símbolo de unidad- por encima de las dos Españas, ha impulsado decisivamente su modernización y ha apuntalado su consolidación entre las democracias avanzadas, convirtiendo a España en un modelo de referencia internacional.

Más allá de la inercia de los clichés, nuestra nación es hoy un ejemplo de estabilidad, pujanza económica, innovación y fiabilidad, fruto sin duda del trabajo de toda la sociedad, pero igualmente de la entrega continuada de Su Majestad hacia los intereses de todos los españoles. De ahí que el prestigio del monarca llegue a todos los rincones del mundo. En este sentido, no es exagerado comparar su labor diplomática y su aureola de símbolo de la paz con las de Gorbachov, Juan Pablo II o Nelson Mandela, convirtiéndole por derecho propio en uno de los iconos del siglo XX. Lo he podido comprobar con orgullo acompañándole en numerosos viajes y ocasiones.

No obstante, la melancólica aflicción que nos puede producir su despedida queda compensada por la acreditada madurez del heredero. Ningún ciudadano cabal puede cuestionar la preparación del príncipe Felipe para dotar de continuidad el camino trazado y afrontar con resolución los complejos retos de un nuevo mundo, cambiante y vertiginoso. La implicación de todos los españoles en su formación, convalidada a través del Parlamento, es un buen motivo para hacernos sentir patriotas, visto el excepcional perfil forjado. Fue justo en el contexto de su etapa formativa, cuando -coincidiendo con el viaje oficial que le llevó en 1990 a Australia y Nueva Zelanda- pude conocer al príncipe por primera vez. Desde entonces, mis diferentes ocupaciones me han permitido observar -desde la distancia profesional- su maduración personal, su forja como hombre de Estado y el ensanche de su agenda global, cuya magnitud se situará ahora a la altura de la de su antecesor.

Razones culturales e históricas, pero también de atracción social, los príncipes son conocidos internacionalmente desde su llegada al mundo y mucho más los de las principales monarquías. Incluso pueden ser conocidos sin conocer y se puede trabar contacto con ellos antes de llegar a la cima de una carrera política. Así le sucedió a Bill Clinton con nuestra reina y no dudó en recordárselo nada más poner pie en la Casa Blanca. Qué duda cabe que en este ámbito, como en los demás, el próximo rey sabrá aprovechar las fecundas relaciones y los sabios consejos de su padre.

La actualidad, carácter y destino (que no son sino una misma cosa) me han llevado a dirigir una institución que debe su nombre al rey vigente, puesto que -no por casualidad- la creación de la Fundación Carolina coincidió con el 25º aniversario de su reinado, así como con el 500º aniversario del nacimiento de Carlos I. Tampoco es casual su vocación iberoamericana ni su orientación cultural y educativa, dimensiones que Su Majestad ha venido atendiendo con especial cuidado desde hace al menos cuarenta años. Y es que la Fundación constituye un instrumento de diplomacia pública en plena sintonía con la Corona y el gobierno de España.

A tenor de lo dicho, tengo el convencimiento de que su decisión anticipa un futuro propicio para España e Iberoamérica, porque la monarquía es garantía de continuidad en la historia y ancla el presente para cimentar un futuro mejor, alejándonos de ambiciones coyunturales, muchas veces oportunistas y de experimentos peligrosos e inciertos. A fin de cuentas, el mundo de hoy premia la preparación y el pragmatismo, la constancia y los proyectos sólidos y continuados. Los países más avanzados, de Holanda a Noruega pasando por Dinamarca, el Reino Unido o Suecia son por eso monarquías y las repúblicas parlamentarias se les parecen mucho.

De modo que, hoy más que nunca, ¡lo moderno en España es ser monárquico!