La cooperación insoslayable

Jesús Andreu
El Huffington Post, 20 de junio de 2014

He insistido en varias ocasiones en este espacio sobre la pujanza económica y cultural de Iberoamérica. En conjunto, el continente ha crecido a un ritmo medio del 4% en la última década y en la actualidad se encuentra viviendo el mayor periodo de prosperidad de sus últimos 40 años. Es sintomático que, de acuerdo con un reciente informe del Global Entrepreneurship Monitor, la tasa media de actividad emprendedora en Iberoamérica sea del 17%, una cifra superior a la de Estados Unidos o la Unión Europea. Los buenos datos se traducen en una mayor estabilidad institucional, la ampliación de las clases medias y la llegada de más inversión extranjera. México y Chile ya pertenecen a la OCDE, el llamado “club de los países ricos” -producto del Plan Marshall- al cual posiblemente se integren pronto Colombia y Costa Rica. Brasil, por su parte, y pese a las desigualdades que arrastra, es el séptimo país más rico del mundo. Y, en síntesis, la mayoría de sus naciones se engloban bajo la etiqueta de “países de renta media”.

Este buen comportamiento ha llevado a algunos a preguntarse sobre la necesidad de prolongar la cooperación con Iberoamérica, máxime cuando en los últimos años las prioridades definidas por Naciones Unidas se han centrado en los países que padecen pobreza extrema. Afortunadamente, ante esta drástica postura, ha prevalecido un enfoque equilibrado, basado más bien en una reformulación del sistema de cooperación -ahora focalizado en la innovación, la sostenibilidad y el conocimiento- en el que por cierto España juega un papel crucial. Y es que, sin perjuicio de las mejoras citadas, no cabe olvidar la persistencia de graves problemas en la región, en términos de seguridad, éxito educativo o desigualdad, a los que se suma la tenacidad de un populismo que siempre amenaza con desmantelar los pilares del Estado de Derecho.

Es más, gran parte de los logros económicos todavía dependen en exceso de la producción y exportación de materias primas, esta vez en dirección a Asia, prolongando -frente al emprendimiento- un modelo de crecimiento de escaso valor añadido. Es cierto que, gracias a esta nueva relación con Oriente se han abierto canales de financiación inéditos, según muestra la incorporación de China y Corea del Sur al Banco Interamericano de Desarrollo. Se está construyendo así un nuevo esquema de colaboración (sur-sur) muy prometedor, pero todavía por perfilar. Y en el que -repito- debería robustecerse el énfasis en los activos técnicos y competitivos.

Pues bien, sin duda la renovación de la cooperación española con Iberoamérica puede aprovecharse de estos planteamientos recientes, dando una continuidad reformista a la histórica hoja de servicios de cara al continente. Una apreciable -¡y obligada!- trayectoria que, resulta importante subrayar, se ha mantenido incluso en época de crisis. Ahí están, a título de ejemplo, las más de 7.000 becas y ayudas al estudio y a la investigación que la Fundación Carolina ha otorgado a iberoamericanos desde que se inició la crisis en 2008. El hincapié que la cooperación española está poniendo en materia de formación, capacitación e intercambio -avalado precisamente por el apoyo suscrito a principios de junio al Programa Iberoamericano para el Fortalecimiento de la Cooperación Sur-Sur- garantiza no solo la permanencia sino el reimpulso de esta línea de actividad en el futuro. No en vano, tal es la forma más lógica y coherente de afrontar y resolver las dificultades inmediatas: tan solo una mayor inversión en educación superior y capital humano ancla una robusta institucionalidad democrática y genera riqueza. Por supuesto, al igual que en el pasado, en la Carolina continuaremos contribuyendo con orgullo y eficacia a esta imprescindible labor.

El rey ciudadano

Jesús Andreu
El Huffington Post, 3 de junio de 2014

Pertenezco a la generación del príncipe pero la inesperada abdicación del rey me ha sumido en una profunda conmoción, en una suerte de orfandad. Soy uno de aquellos españoles que han disfrutado casi toda su vida del sistema democrático, base del formidable progreso que ha experimentado España a todos los niveles: social, económico, cultural, deportivo, etc. Un sólido sistema cuya máxima garantía de estabilidad descansa en la figura del rey, por lo que su marcha no puede sino sumirnos en una cierta sensación de desamparo aunque tamizada y esperanzada por el aval del príncipe.

Todos aquellos que hemos vivido en democracia desde que tenemos uso de razón, no hay hito de la historia reciente de España que no guarde conexión con la imagen del rey, desde la aprobación de la Constitución del 78 hasta nuestra integración en la Unión Europea, pasando por el triunfo del Estado de Derecho -esto es, de la paz y de la concordia- sobre sus enemigos. Bajo la estela del éxito de la transición, el reinado de S.M. Juan Carlos I ha reconciliado al país -como símbolo de unidad- por encima de las dos Españas, ha impulsado decisivamente su modernización y ha apuntalado su consolidación entre las democracias avanzadas, convirtiendo a España en un modelo de referencia internacional.

Más allá de la inercia de los clichés, nuestra nación es hoy un ejemplo de estabilidad, pujanza económica, innovación y fiabilidad, fruto sin duda del trabajo de toda la sociedad, pero igualmente de la entrega continuada de Su Majestad hacia los intereses de todos los españoles. De ahí que el prestigio del monarca llegue a todos los rincones del mundo. En este sentido, no es exagerado comparar su labor diplomática y su aureola de símbolo de la paz con las de Gorbachov, Juan Pablo II o Nelson Mandela, convirtiéndole por derecho propio en uno de los iconos del siglo XX. Lo he podido comprobar con orgullo acompañándole en numerosos viajes y ocasiones.

No obstante, la melancólica aflicción que nos puede producir su despedida queda compensada por la acreditada madurez del heredero. Ningún ciudadano cabal puede cuestionar la preparación del príncipe Felipe para dotar de continuidad el camino trazado y afrontar con resolución los complejos retos de un nuevo mundo, cambiante y vertiginoso. La implicación de todos los españoles en su formación, convalidada a través del Parlamento, es un buen motivo para hacernos sentir patriotas, visto el excepcional perfil forjado. Fue justo en el contexto de su etapa formativa, cuando -coincidiendo con el viaje oficial que le llevó en 1990 a Australia y Nueva Zelanda- pude conocer al príncipe por primera vez. Desde entonces, mis diferentes ocupaciones me han permitido observar -desde la distancia profesional- su maduración personal, su forja como hombre de Estado y el ensanche de su agenda global, cuya magnitud se situará ahora a la altura de la de su antecesor.

Razones culturales e históricas, pero también de atracción social, los príncipes son conocidos internacionalmente desde su llegada al mundo y mucho más los de las principales monarquías. Incluso pueden ser conocidos sin conocer y se puede trabar contacto con ellos antes de llegar a la cima de una carrera política. Así le sucedió a Bill Clinton con nuestra reina y no dudó en recordárselo nada más poner pie en la Casa Blanca. Qué duda cabe que en este ámbito, como en los demás, el próximo rey sabrá aprovechar las fecundas relaciones y los sabios consejos de su padre.

La actualidad, carácter y destino (que no son sino una misma cosa) me han llevado a dirigir una institución que debe su nombre al rey vigente, puesto que -no por casualidad- la creación de la Fundación Carolina coincidió con el 25º aniversario de su reinado, así como con el 500º aniversario del nacimiento de Carlos I. Tampoco es casual su vocación iberoamericana ni su orientación cultural y educativa, dimensiones que Su Majestad ha venido atendiendo con especial cuidado desde hace al menos cuarenta años. Y es que la Fundación constituye un instrumento de diplomacia pública en plena sintonía con la Corona y el gobierno de España.

A tenor de lo dicho, tengo el convencimiento de que su decisión anticipa un futuro propicio para España e Iberoamérica, porque la monarquía es garantía de continuidad en la historia y ancla el presente para cimentar un futuro mejor, alejándonos de ambiciones coyunturales, muchas veces oportunistas y de experimentos peligrosos e inciertos. A fin de cuentas, el mundo de hoy premia la preparación y el pragmatismo, la constancia y los proyectos sólidos y continuados. Los países más avanzados, de Holanda a Noruega pasando por Dinamarca, el Reino Unido o Suecia son por eso monarquías y las repúblicas parlamentarias se les parecen mucho.

De modo que, hoy más que nunca, ¡lo moderno en España es ser monárquico!

Logo Eurovisión 2014

Complejos musicales

Más aún cuando, como he sostenido en otras ocasiones, tenemos que luchar por incrementar su presencia en los organismos internacionales y, en particular, en la UE. ¿Cómo vamos a convencer a nadie si desde fuera ven que descartamos su uso como si nos avergonzásemos de nuestra lengua? Estamos ante una torpeza simbólica que, por cierto, no han cometido nuestros rivales directos en las instituciones comunitarias, como Francia o Italia, parece que más atentos a estos detalles.
Resulta evidente que el Festival de Eurovisión ha perdido el prestigio que tuvo en sus inicios, cuando servía de trampolín para la proyección de jóvenes artistas, actuaban figuras de la talla de France Gall, ABBA o Julio Iglesias y vendía lo que hoy llamamos marca-país al conjunto de Europa. Puede que el éxito de la UE explique el declive del Festival y su conversión en un espectáculo kitsch, una especie de zoco de extravagancias, en el que más importante que la música, son la provocación, los elementos secundarios (vestuario, puesta en escena, coreografía…) y las alharacas del cantante. Ahora bien, también es cierto que gracias a tales excentricidades Eurovisión no ha muerto del todo y ha recobrado nueva vida en las redes sociales. No olvidemos además que constituye el programa más antiguo de la televisión.
De ahí que, por detrás de los excesos y juegos de máscaras, la selección de los representantes -a cargo de los servicios de radiodifusión nacionales- sea un asunto menos fútil de lo que pueda parecer, al menos para no caer en el más absoluto de los ridículos. Es cierto que, al menos por este lado, la actuación española en la última edición del Festival no ha sido bochornosa. Sin embargo cometimos ese pecado, casi peor y completamente absurdo, que he señalado: cantar en inglés.
La decisión es incluso más llamativa por cuanto recae en un organismo público cuyo mandato debe “promover la cohesión territorial, la pluralidad y la diversidad lingüística y cultural de España”, además de contribuir a la “proyección hacia el exterior de las lenguas y culturas españolas”. Mucho más sentido hubiese tenido, en consecuencia, contar con una representación que cantase en euskera, catalán o gallego, en un gesto útil por lo demás para exhibir internacionalmente el encaje natural de tales idiomas (y no hace falta repetir que también son españoles) en nuestro acervo cultural. No es otra cosa lo que acertadamente realiza el Instituto Cervantes, suministrando cursos de enseñanza en todas nuestras lenguas y fomentando la riqueza del español y de lo español por todos los rincones del mundo. En su lugar, hemos regalado al inglés un ámbito que no le corresponde. Y no porque dicha lengua deje de ser fundamental, sino porque en un espacio como Eurovisión no hay razón alguna para ello, máxime habida cuenta de que la diversidad es el atributo clave de la Europa cultural: una cualidad de la que, por su historia y pródigas tradiciones, nuestro país puede extraer gran provecho. Y es que en esto también radica hacer Marca España. Tomémonoslo más en serio.
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El poder de las palabras

Quizá a algunos lectores les suene el llamado “giro lingüístico” que se produjo en el ámbito del pensamiento filosófico -y del pensamiento tout court- en el siglo XX. Su idea nuclear, formulada por Wittgenstein, consiste en que para resolver los problemas de la realidad no hay más opción que acudir al lenguaje. De ahí deducía aquello de que “los límites del lenguaje son los límites del mundo” (conclusión que no le hacía desafecto al misticismo, sino más bien al contrario). Tras Wittgenstein, la constante lingüística ha sido un factor reflexivo de primer orden en gran parte de las ciencias humanas, así como en la teoría del arte. Hasta hace bien poco la semiología y el estructuralismo (derivado de la teoría de Saussure) impregnaban la mayoría de los análisis políticos, sociológicos y estéticos. Es más: lo que conocemos por postmodernismo no es sino la propagación frívola del traumático divorcio entre significante y significado que estudiaron los filólogos y que alcanza planos tan heterogéneos como la moda o la gastronomía. En cualquier caso, lo que más sorprende es que, salvo excepciones, el lenguaje no se hubiese revelado antes como clave explicativa del mundo, toda vez que su ejercicio (“doblemente articulado”) expresa con nitidez esa línea de demarcación que nos separa de los animales. Ciertamente, no es que no se pueda hablar sin lenguaje, es que tampoco se puede pensar ni quizá, tampoco sentir ni vivir, en sentido pleno, sin él.

Llegados a este punto, confieso mi debilidad personal por la dimensión lingüística en su condición de herramienta que -además de servir para comunicarnos- dota de narrativa a nuestras vivencias y de significación a las experiencias sensoriales. Desposeídos de palabras seguiríamos sin duda viviendo y sintiendo pero, si no menos, sí me atrevería a decir que peor. En realidad, desconoceríamos el mundo -desde un punto de vista científico, pero también artístico- no porque el lenguaje cree la realidad, sino porque no hay mejor vía para aproximarse a la misma que recrearla por medio de las palabras. En efecto, nombrar las cosas nos acerca a ellas y logra que adquieran vida, redondea su esencia y les proporciona verdadera carta de naturaleza porque, como afirma George Steiner: “lo que no se nombra, no existe”.

De este modo, el lenguaje construye la realidad y contribuye a transformarla. Por eso, su buen uso -eso que coloquialmente llamamos “hablar con propiedad”- resulta tan importante. Sin el favor de un lenguaje pulcro y correcto es imposible cimentar una convivencia razonable y, menos aún, expresar la hondura o la sutileza de un sentimiento. Huérfanos de palabras y privados de precisión estaríamos incapacitados para compartir emociones y, en consecuencia, nos sería inviable generar relatos, crónicas o historia. Es decir, estructuras de sentido en las que cristalizan esas comunidades afectivas que nos ayudan a comprender el mundo. Ahora bien, cuando nos referimos al español, no hay que perder de vista que estamos hablando de una comunidad de más de 500 millones de personas: una suma inmensa, forzosamente dispar, pero subterráneamente cohesionada y en cuya pluralidad se haya justamente su mejor baza. Y ello en tanto el español es una lengua abierta a la diversidad, y la diversidad una fuente de innovación y de crecimiento personal y económica.

Pasados los tiempos del exceso semiótico y deconstruccionista, cuando Derrida llegó incluso a afirmar que no hay nada “fuera del texto”, perviven dentro de la lingüística disciplinas purgadas de artificios que se atienen al significado exacto de las cosas: las que se ocupan del léxico. Fruto de una nueva flexión intelectual sobre la propia invención humana que encarna el lenguaje, son muestra definitiva de nuestro grado de sofisticación. Pocos productos cabe imaginar tan íntegramente humanistas como los diccionarios, en todas sus variantes (de la lengua, de la gramática, de dudas, etc.). De ahí la importancia crucial de los que estudian las palabras en general y de la Escuela de Lexicografía Hispánica de la RAE en particular. Con ellos compartimos una misma ambición: potenciar la inagotable riqueza cultural de Iberoamérica, modelada principalmente por el español.

El español, ¿conquista el mundo?

Este podría ser otro artículo laudatorio de la lengua española. Desde luego, es el activo más importante que tenemos, como así lo demuestra la desapasionada lectura de unas cifras que solo invitan al optimismo. De acuerdo con los informes que la Fundación Telefónica está realizando sobre el valor del español, la capacidad de compra que acumulan sus más de 450 millones de “usuarios” alcanza el 9% del PIB mundial; además, el idioma genera el 16% del PIB español y es un vehículo crucial de nuestra internacionalización: de este modo, compartir lengua multiplica por siete los flujos bilaterales de inversión directa exterior.

Sin embargo, la influencia del español en la comunidad internacional no hace justicia a estos números. Ciertamente, gracias ante todo a la presión iberoamericana —de donde procede el 90% de los hispanohablantes— es una de las lenguas oficiales en Naciones Unidas, pero es solo la tercera en uso y ni siquiera es idioma de trabajo de su Secretaría ni oficial en la Corte Internacional de La Haya, en beneficio de un francés claramente sobrevalorado. Por si fuese poco, el español ocupa el quinto lugar en la Unión Europa, desde donde —recordemos— en 1991 se intentó imponer sin éxito la comercialización de los teclados sin ñ.

Puede que, como se sugería desde The Economist hace unos meses, el español desbanque al francés como segunda lengua diplomática por razones de eficacia y ahorro, pero no va a ser fácil. Y no solo por el amplio apoyo institucional que se dispensa a Francia (Cruz Roja, Médicos Sin Fronteras, por no hablar de las naciones francófonas que prefieren seguir utilizando su idioma), sino por la condición de lengua de prestigio, cuidadosamente respaldada por el Estado, que mantiene el francés. Pues bien, este es el terreno en el que —al igual que se está haciendo con las finanzas y el comercio— tenemos que competir: en el de la reputación exterior de nuestra lengua. No para rivalizar con el inglés, verdadera lingua franca contemporánea, sino para dotar de empaque y garantía de futuro a una realidad lingüística que de momento responde a un único factor, de naturaleza oscilante: la demografía.

La influencia del español en la comunidad internacional no hace justicia a su importancia económica
Se trata de una tarea que exige una coordinación panhispánica, una gran corriente social aplicada, al menos, sobre tres planos mutuamente conectados: el económico, el institucional y el científico-cultural. Con relación al primero, precisamente la demografía quizá ya nos está diciendo algo. Es sabido que los ritmos de crecimiento poblacional en Iberoamérica se están estabilizando, lo que, según ha advertido Lamo de Espinosa, puede resultar perjudicial para la expansión de nuestra lengua. La tendencia sin embargo es interpretable como una ocasión para apuntalar la presencia del español en los negocios y el comercio exterior, siempre que entendamos que la moderación demográfica está ligada a la aparición de clases medias y al incremento del poder adquisitivo. Si a esto le añadimos la existencia de un floreciente mercado hispano en Estados Unidos, que vende y consume en español, cabe pensar en la ampliación global de un tejido empresarial que, sin perjuicio del inglés, deberá “mimar” nuestra lengua.

Por supuesto, tal expansión encontrará tantos menos obstáculos cuanto más acompañada esté de normativas internacionales escritas, cuando no negociadas, en español. Sumando esfuerzos, tendremos mayores posibilidades de avanzar y recolocarnos en Naciones Unidas; en contraste, resulta cuando menos peculiar observar el lugar secundario que conserva el español en la UE, fruto en parte del desacierto —este sí, 100% patrio— de no concertar un mensaje de unidad. Una situación acaso reversible, previo rejuvenecimiento de cierta obsolescencia eurócrata, a través de la apertura de Europa hacia una Iberoamérica fortalecida (también en función de calidad institucional) y que el Gobierno debe continuar estimulando, alcanzando logros como el de la supresión de la visa Schengen a Colombia y Perú.

Con todo, poco se obtendrá si no somos capaces de exprimir nuestro potencial cultural —a menudo anclado en percepciones anquilosadas, en las que el Barroco aparece como última y ya lejana aportación de calado— en combinación con la inagotable riqueza americana. Y no cejando, a la vez, en el empeño de construir un espacio científico y de conocimiento en español, tarea sin duda complicada en un ámbito donde parece inevitable escribir, publicar e incluso estudiar en inglés. Pero hacer competitivas a las ciencias y humanidades desarrolladas en español no es inviable si se dan los pasos adecuados: fijando criterios académicos de calidad análogos a los anglosajones, generando redes de investigación transnacionales y desplegando una oferta formativa que incentive la movilidad universitaria iberoamericana y atraiga también a nuevas audiencias, como la asiática.

En la actualidad, desconocer el inglés se ha convertido en una tara profesional que obstruye no solo la promoción individual, sino también el horizonte de sostenibilidad de cualquier empresa o proyecto. Cabría cifrar el prestigio de una lengua en función de esta hegemonía. Aunque, en su lugar, también cabría cifrarlo en la capacidad para templar el alcance de dicho monopolio, erigiéndose, más que como alternativa, como firme custodia del plurilingüismo y, al cabo, del propio idioma (incompleto sin otras lenguas). Tal es el reto inmediato que afronta el español.

La fábrica (hispana) de los sueños

Como bien saben los lectores de este blog, los hispanos nunca pasan de moda para la Fundación Carolina. En realidad, son y continuarán siendo t endencia. Mientras EEUU sigue liderando el mundo libre (ahora con su ayuda) e Iberoamérica se afirma como región al alza en el tablero diplomático global. Y es que, mientras el planeta gira, no hay mes en el que, por una u otra razón, no sean noticia: hace poco hemos visto que se han convertido en el grupo más numeroso de California (octava economía del mundo) superando, con su 39% de po blación, a la de blancos no hispanos y situándose muy por encima del 14% de asiáticos y del 7% de afro – americanos. Una preponderancia que ya se producía en Nuevo México y está previsto que pronto se dé en Texas. Otro hecho relevante ha sido el de la justa concesión del Oscar al mejor director a Alfonso Cuarón , por la hipnótica y desasosegante Gravity . Junto con Gonzál ez Iñárritu (21 gramos, Babel ) y Guillermo del Toro ( Pacific Rim , guionista de El hobbit ) conforma el trío de ases hispanos en la industria creativa hollywoodiense. Por su inmensa carga simbólica, además de económica (Hollywood es la primera fábrica export adora del país), merece la pena revisar sucintamente la evolución que ha experimentado lo latino en este sector, ya que nos puede decir mucho del lugar que los hispanos ocupan más allá de los números.

Sin olvidar el perenne cliché del latin lover que esta bleció Rodolfo Valentino, actualizado por nuestro gran embajador Antonio Banderas, lo cierto es que antiguamente la imagen de los hispanos no salía muy bien parada, si es que aparecían alguna vez. El romance intercultural de West Side Story no dejaba de pre sentarnos a una banda barriobajera de puertorriqueños, cuyo carácter criminal llevará al paroxismo el cubano Tony Montana (Al Pacino) en Scarface . Esta asociación a la delincuencia (que encuentra su arquetipo en el bandolerismo) se repetía con frecuencia e n la serie de los ochenta Corrupción en Miami , donde paradójicamente el Teniente Martin Castillo (interpretado por Edward James Olmos) era el jefe de la Brigada antivicio. Por cierto, James Olmos – quien también hizo de acompañante de Harrison Ford en Blade Runner – ha estado siempre muy involucrado en el movimiento chicano y llegó a dirigir y protagonizar en el 92 una película sobre mafia mexicana, American Me.

Ahora bien, es precisamente en los noventa cuando puede decirse que las cosas empiezan a cambiar, en parte gracias al estilo provocador, paródico y excesivo ( tarantinesco ) de Robert Rodríguez, a quien debemos El mariachi y Desperado y ya mucho más tarde, Machete (protagonizada por ese otro rostro malencarado inolvidable, el de Danny Trejo). Posiblemente no sea casualidad que en esa década se iniciara también el desembarco español en Hollywood, ni que eclosionara el cine de Almodóvar. Lo cierto es que desde entonces la presencia hispana ha sido una constante y es difícil no toparse con una película o seri e estadounidense en la que no despunte su particular sello, bien en clave de caricatura (la sexy e histriónica Sofia Vergara en Modern Family , la frívola Eva Longoria de Mujeres Desesperadas o los narcos en Weeds y Breaking Bad , que transcurren en Californ ia y Nuevo México); bien como símbolos del nuevo poder político, como ilustran el flamante senador Matt Santos (Jimmy Smits) en El ala oeste de la Casa Blanca o la jefa de Gabinete del presidente en la elegante House of Cards protagonizada Kevin Spacey (en papeles inéditos hace bien poco, hoy ya totalmente verosímiles).

No obstante, la mejor prueba de la plena incorporación de los hispanos a la industria la revela su ubicación ajena a cualquier tipo de encasillam iento y así no resulta extraño ver a García Bernal, Jessica Alba o Penélope Cruz representando personajes sin toque étnico alguno: una normalización que conecta con los años dorados de Hollywood, cuando pocos asociaban a Rita Hayworth (hija de sevillano) c on lo hispano, si bien también hizo de latina cuando todavía era Rita Cansino. Pero si algo singular está aportando la nueva generación hispana – la de Cuarón y la de innumerables guionistas, modistas, especialistas de efectos, etc. – no radica en ningún elem ento exótico o militante, sino en una creatividad y frescura totalmente ceñida a la destreza técnica y artística que implica la esfera audiovisual, producto único de su talento y esfuerzo. El mismo tesón que caracteriza a la nueva delegación de jóvenes his panos estadounidenses (la decimoquinta promoción) que visita España invitada por la Carolina. ¡Ojalá que su ejemplo inspire también a los jóvenes de nuestra sociedad!