Foto EuropaPress/UCLM

Movilidad académica en Iberoamérica

La movilidad académica global está en auge y 4 millones de universitarios se encuentran cursando estudios fuera de su país de origen, el doble que hace diez años. De ellos, casi 400.000 son iberoamericanos, una cifra aún modesta, pero que no hace sino crecer y que es preciso poner en relación con su número total de universitarios, que se aproxima a los 20 millones, un 40% más que hace una década. Esta pujanza está vinculada a la emergencia de las clases medias en el subcontinente, al afán de ascender socialmente y al apogeo de la economía del conocimiento, lo que no significa abandonar otros sectores, pero es bien sabido que la viabilidad financiera de Iberoamérica depende del éxito de su diversificación productiva, tanto más en un momento en el que la innovación constituye el factor determinante del crecimiento. Que esta nueva era en la que las empresas tecnológicas ocupan los primeros puestos del mercado coincida con el salto cualitativo de su sistema de educación superior, abre una oportunidad de futuro excepcional para la juventud iberoamericana.

Las bases están establecidas: recordemos que la región ya contaba con universidades en el siglo XVI y que en la actualidad las instituciones académicas de México, Brasil, Chile, etc., cada año escalan puestos en los rankings de calidad internacionales. La asignatura pendiente, sin embargo, radica en la falta de un programa transnacional de referencia, que no solo estimule a los estudiantes a ganar en experiencia internacional. El reto, largamente debatido, consiste en articular un gran espacio de conocimiento en el que los títulos estén homologados, en el que al profesorado se le recompense por investigar y ejercer la docencia en otros países y en el que se consoliden criterios de indexación y excelencia propios. Un espacio que además contribuya -al igual de lo que sucede en Europa con el programa Erasmus- a la toma de conciencia de una identidad común, al tiempo que se incentiva la movilidad empresarial y laboral.

Es cierto que ya existen iniciativas orientadas hacia tales propósitos. En este sentido, la OEI activó hace tres años el programa de postgrado “Pablo Neruda” y recientemente acaba de inaugurar el proyecto “Paulo Freire”. A su vez, la Alianza del Pacífico puso en marcha en 2013 la Plataforma de movilidad académica, que involucra a sus países miembros. Las propias naciones iberoamericanas están creando programas de internacionalización académica, como el Pronabec peruano o las becas Prometeo de Ecuador. E incluso a escala hemisférica, el Gobierno estadounidense impulsó hace un par de años el programa educativo “100,000 Strong”, cuyo objetivo es lograr que cada año crezca en 100.000 el número de universitarios iberoamericanos en Estados Unidos y el de norteamericanos en Iberoamérica. Rebasando el nivel continental, destaca el programa más maduro de todos, el de formación de la Fundación Carolina, que en sus 15 años de historia lleva asignadas más de 14.800 becas de postgrado y doctorado.

Pues bien, de lo que se trataría es de saber rentabilizar con eficacia todos estos instrumentos, articulando un espacio de coordinación en beneficio de todos los países e instituciones: obviamente, a mayor provecho del capital humano de Iberoamérica y, por ende, de su desarrollo y prosperidad. Tal es, en suma, el objetivo que se perfiló en la última Cumbre Iberoamericana de Veracruz y que, incluso más allá de directrices gubernamentales, deberían apoyar con decisión empresas, filántropos y la sociedad civil. No podemos olvidar que en la carta de la formación se juega nuestro destino compartido.

Jesús Andreu

Artículo publicado en Notimérica el 17 de enero de 2015
Foto: Europa Press/UCLM