Acabas de ganar el premio Princesa de Girona Internacional en Investigación. ¿Cómo has recibido esta noticia?
Recibir el Premio Princesa de Girona Internacional en la categoría de investigación es un gran honor y lo recibí muy contento. Honestamente, también fue inesperado. Yo estaba en medio de un congreso, con mil cosas en la cabeza: reuniones, charlas, cuestiones de organización… Y de repente recibo la noticia y no sabía muy bien qué hacer. Al día siguiente, ya con más calma, fui realmente consciente de lo que significaba y me puse muy contento.
Tú vienes de la educación pública, has estudiado en la UNAM, después hiciste la maestría con una beca y has seguido una trayectoria dentro de la educación pública. ¿Qué ha supuesto esto y en qué momento decidiste dedicarte a la astrofísica?
Le debo no mucho, sino todo a la educación pública. Y también le debo mucho a la Fundación Carolina por haberme otorgado una beca para estudiar el máster.
Decidí estudiar astrofísica después de entrar a la licenciatura en Física en la UNAM. Descubrí que los objetos más bonitos del universo, desde mi punto de vista, son las nebulosas: nubes de gas y polvo muy calientes, con una enorme variedad de colores, rodeadas de estrellas y distintas capas de gas. Además de ser muy bellas, me di cuenta de que eran útiles para entender el universo. A partir de su composición química podemos reconstruir la evolución de los sistemas galácticos. Ahí encontré mi pasión: estaba haciendo algo que me gustaba, que era bello y en lo que además podía aportar.
Has contribuido a resolver un enigma astrofísico de más de 80 años sobre las nebulosas. ¿Cómo nos lo puedes explicar de una forma sencilla?
Es un problema complejo que nos ha generado muchos quebraderos de cabeza. Para entender la evolución del universo hay que estudiar con detalle la composición química. Tras el Big Bang, en los primeros minutos, solo se formaron los elementos más ligeros. Los elementos más pesados, como el oxígeno, el carbono o el nitrógeno, se formaron después, en la vida y muerte de las estrellas.
Cuando medimos estos elementos, sabemos que han existido generaciones de estrellas en ese lugar. La cantidad de estos elementos nos indica cuántas generaciones ha habido. El problema es que dos métodos distintos, que deberían dar el mismo resultado, no coincidían. Eso implica dos historias diferentes del universo.
Este problema, planteado hace más de 80 años, es uno de los más importantes de la astrofísica. Nosotros utilizamos observaciones muy profundas con algunos de los telescopios más grandes del mundo, como el Gran Telescopio de Canarias, en La Palma, y el Very Large Telescope, en Chile.
Al analizar distintas galaxias, vimos que los resultados eran consistentes si se consideraban variaciones internas de temperatura que afectaban a uno de los métodos. Sin embargo, el debate sigue abierto: hay que entender qué causa esas variaciones de temperatura y por qué no se habían tenido en cuenta antes. En astronomía, cada respuesta suele abrir nuevas preguntas.
Vamos a hablar de tu etapa como becario de Fundación Carolina. ¿Qué significó esta oportunidad en tu carrera?
Fue fundamental. La beca para estudiar el Máster en Astrofísica en la Universidad de La Laguna fue clave en mi formación. Me permitió orientarme hacia la astronomía óptica, establecer vínculos con grupos de investigación y acceder al Gran Telescopio de Canarias para estudiar nebulosas con gran detalle.
Este tipo de apoyos siguen siendo esenciales. Una de las mayores dificultades de la carrera científica no es tanto la complejidad de los problemas, sino poder dedicarse a tiempo completo a la investigación y contar con financiación.
Hoy lideras proyectos internacionales desde México. ¿Qué mensaje crees que envía esto sobre la ciencia en América Latina?
Para mí era un deber regresar a México y desarrollar aquí mi actividad científica. Es una forma de devolver a la sociedad lo que me ha dado y de contribuir a las nuevas generaciones.
No es un camino fácil, pero es un reto que afronto con gusto. Este reconocimiento es personal, pero también representa a todos los que están haciendo ciencia en América Latina.
Además de investigar, formas a jóvenes científicos. ¿Qué impacto tiene esto?
Es fundamental, porque las nuevas generaciones son quienes construirán el futuro. La ciencia básica es la semilla de la tecnología del mañana. No debemos limitarnos a adaptar conocimiento de otros lugares, sino también generarlo.
Estos jóvenes son la esperanza de la región y representan un presente y un futuro prometedor.
Mirando al futuro, ¿en qué estás trabajando actualmente?
Trabajo con un consorcio internacional llamado Sloan Digital Sky Survey, en el que participan universidades y centros de todo el mundo, como la Universidad de Texas, Universidad de Harvard, la Universidad de Heidelberg, la UNAM o la Universidad de Chile.
Buscamos entender la relación entre las componentes pequeñas de las galaxias (estrellas, gas, polvo, nebulosas) y su evolución global. Esto implica grandes retos técnicos, científicos y humanos.
Estamos desarrollando infraestructura en el hemisferio norte para observar galaxias como M31 o M33 y analizar estos procesos en detalle. Parte importante de este trabajo se está liderando desde México y América Latina.
Para terminar, ¿qué le dirías a un joven de Iberoamérica que sueña con dedicarse a la ciencia?
Le diría que la ciencia es suya. Es un camino prometedor y necesitamos su energía, talento e innovación. Las grandes ideas comienzan con un impulso, y ese impulso está en los jóvenes. Hay un camino: síganlo.