Givenchy en el Thyssen: el arte de la banalización

El debate sobre los límites del arte, al igual que el del significado de la belleza, se remonta a los albores de la civilización. Ya Aristóteles definía el arte en función de su carácter modélico, por su capacidad para inspirar ejemplaridad. Esto es lo que lo distinguía de la artesanía. Desde entonces, los paradigmas del gusto se han modificado y diversificado mucho, incorporando conceptos como “lo sublime” o “lo interesante”, e incluso desterrando la figuración en beneficio de la abstracción. Sin embargo, pese a la convulsión que supusieron las vanguardias, la referencia a unos ideales de sentido y belleza, incluso de revolución, y su plasmación a través de las artes plásticas, se han mantenido como bases de la actividad estética.

Desde su aparición, la museología ha corrido en paralelo a esta evolución histórica, de tal modo que la estructura de las pinacotecas responde a un sistema de salones encadenados desde los que se ordena, por épocas, una exposición. Desbordando el formato del “museo-enciclopedia”, la concepción del MoMA se planteó sobre un único periodo de la historia del arte: el que cubre el desplazamiento del centro artístico de París a Nueva York. Este modelo no solventó totalmente el problema de integrar en los museos obras de creadores vivos. Frente a esta cuestión, el recurso más común ha estribado en la organización de exposiciones temporales que complementan el fondo del museo y tienen la capacidad de generar más público. Ahora bien, procurando evitar siempre el riesgo de no confundir la democratización del arte con su vulgarización, sobre todo si hay dinero público de por medio. No obstante, la irrupción de un nuevo modelo de museo, el “museo-espectáculo”, ha franqueado todos los límites, desarrollando funciones -comerciales y turísticas- más propias de instituciones privadas de entretenimiento.

A la luz de estas reflexiones quizá pueda explicarse la osada decisión que ha tomado el museo Thyssen-Bornemisza de presentar una retrospectiva de Hubert de Givenchy, inaugurada el pasado 22 de octubre, siguiendo la estela de la exposición que el Guggenheim dedicó a Armani. Vaya por delante mi reconocimiento al esfuerzo y talento como modisto de Givenchy, discípulo distinguido de nuestro Balenciaga. Sin embargo, no acabo de entender la capitulación en la que están cayendo museos que se pretenden de prestigio, entregándose -como ya hiciera el mismo Thyssen con la exposición de Cartier- a la mezcla del arte con la artesanía. Máxime cuando recurren al burdo subterfugio de “poner en diálogo” lienzos que han revolucionado nuestro juicio sensitivo con una selección de simples vestidos y tejidos, por muy espectaculares que sean.

La introducción de cuadros de Miró, Rothko, Ernst, Fontana y Zurbarán detrás de maniquíes recubiertos de trajes -parte de cuyo atractivo es fatuo, al radicar en que lo portaron actrices y duquesas- resulta, en el caso que nos ocupa, afrentoso. Dejando de lado la considerable cuestión de que este “diálogo” probablemente no hubiese sido querido por los citados creadores, ¿tan indigno hubiese sido reservar esta exposición a nuestro museo del Traje, al de Artes Decorativas -en el que actualmente se exhibe la obra de Kima Guitart- o a una institución privada? Valga como ejemplo la muestra que la Fundación Mapfre dedicó en 2012 a Jean Paul Gautier a la que nada se puede objetar.

Forma parte de la responsabilidad de los gestores y profesionales del arte mantener la función ilustrada y genuina de los museos al servicio del conocimiento, de la pedagogía y de la reflexión artística y simbólica. No deberíamos rebajar deliberadamente los parámetros de exigencia estética, ni confundirlos con cuestiones que, sin menoscabo de su sofisticación, pertenecen a otro dominio, sobre todo cuando existen espacios habilitados para este tipo de creaciones espectaculares. Es la única forma de garantizar la transmisión de la belleza heredada a las próximas generaciones.
Artículo publicado en el Huffington Post el 24 de noviembre de 2014
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