Hacia la formación virtual: menos brecha digital, más igualdad de género

Ante la pandemia de la COVID-19 los países latinoamericanos se han centrado en atender la crisis sanitaria y la desprotección social. Tales son las prioridades en la situación de emergencia; sin embargo, no por ello cabe descuidar el resto de cuestiones de la agenda global —definidas en los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible—, tanto más habida cuenta del carácter multidimensional de los desafíos a afrontar. Más aún, esta crisis, que no conoce fronteras, ha revelado hasta qué punto la cooperación multilateral y el logro de la sostenibilidad inclusiva resulta urgente, abriendo una ventana de oportunidad para fortalecer los compromisos institucionales. Pero para aprovecharla, hay que anticiparse a los impactos sociales —concretamente: educativos y de género— que amenazan con revertir los avances de los últimos lustros.

Las previsiones sobre los efectos de la pandemia en el terreno formativo señalan tendencias preocupantes. Probablemente la recesión incremente el abandono escolar y reduzca el número de matriculaciones universitarias, lo cual —por cierto— ya venía produciéndose desde 2018 a causa del estancamiento económico. De confirmarse, se trataría de una mala noticia para una región que a partir de 2008 vio duplicar su alumnado en educación superior, incorporando a una nueva generación de estudiantes cuyas familias nunca habían accedido a la universidad. A su vez, el paso a modalidades virtuales implica el riesgo de perjudicar a los sectores menos favorecidos, lastrados por la falta de equipamientos informáticos y por problemas de conectividad, que ante todo afectan a las áreas rurales y a los barrios pobres, además de a los países de menor ingreso.

Conviene recordar que, si bien la penetración de internet alcanza casi al 70% de la región, en Centroamérica ronda el 40%, e incluso en los países con un ecosistema digital más desarrollado la red apenas llega a las zonas apartadas. A estas dificultades se agrega un acceso preferente a través de dispositivos móviles —en detrimento de la conexión mediante los equipos de los hogares— no adecuado todavía a las plataformas académicas. De este modo, y en vista de la extensión de la semi-presencialidad, la brecha digital se ha convertido en un problema formativo de primer orden, sobre el que urge invertir recursos e idear alternativas (gratuidad en el uso de datos educativos, apoyo de la radiodifusión sonora y televisiva, etc.) para garantizar que nadie se quede atrás.

No obstante, ninguna solución será admisible si no integra el enfoque de género, toda vez que las mujeres son las que pueden resultar más damnificadas, también en este ámbito. No puede olvidarse que concentran el 60% de la economía informal y asumen el 75% de trabajo doméstico, lo que en un contexto de confinamiento no ha hecho sino acentuar su vulnerabilidad. Tampoco hay que perder de vista cómo, pese a representar al 60% del total de egresados, tienen un 30% menos de probabilidades de conseguir un empleo. Con este trasfondo es evidente que, tras la pandemia, hay un riesgo cierto de que abandonen sus estudios para cubrir el refuerzo del cuidado familiar, y de que se agudice la desigualdad de género en las carreras tecnológicas, que previsiblemente verán aumentar su demanda. Precisamente, esta infrarrepresentación en el sector tecnológico es la que marca la diferencia, no en el acceso, sino de empleo de las TIC, de las que las mujeres se sirven menos para actividades profesionales.

Con el fin de no recaer en un círculo vicioso que encadene brechas de género, científicas, digitales y laborales, toda estrategia de formación virtual habrá, pues, de prevenir la reproducción aumentada de dichas disparidades en el escenario post-pandemia. Como institución dedicada a la cooperación académica, la Fundación Carolina no puede sino sumarse a este reto, para lo que, por de pronto, abrió una convocatoria de contribuciones en la materia, sobre “Experiencias innovadoras de formación virtual en Iberoamérica”, cuyos resultados han empezado a publicarse a principios de junio. Son los primeros pasos hacia un futuro con sociedades más conectadas, más formadas y menos desiguales.