Editoriales

“Democracia y elecciones”

“Democracia y elecciones”

2021 es un año en el que, mientras la pandemia de COVID-19 sigue impactando en todos los ámbitos del día a día, se abre un nuevo ciclo electoral en América Latina cargado de citas con las urnas. Distintos indicadores en torno a la democracia en esta región vienen apuntando en los últimos tiempos un retroceso inquietante, expresado en lo que podría denominarse el “malestar en la democracia” presente en América Latina.

En ese sentido, la gestión de la pandemia no ha hecho más que intensificar algunas de estas dinámicas, al mismo tiempo que entre 2020 y 2021 ha quedado patente la sincronización existente respecto a los problemas de la democracia a escala regional e internacional. Tras lo acontecido durante el “Asalto al Capitolio” que tuvo lugar el 6 de enero de 2021, con motivo de la investidura de Joe Biden como nuevo presidente de los Estados Unidos, la magnitud de los peligros que se ciernen sobre las democracias se ha hecho más presente, si cabe. También se ha tomado conciencia de la necesidad imperativa de que los sistemas democráticos den un viraje que ponga freno a su progresivo debilitamiento. Dejando a un lado las distintas lecturas de los motivos que provocaron estos disturbios, el hecho de que sucediera en uno de los lugares que son el corazón de la democracia estadounidense tuvo una carga simbólica mayor, y sirvió como advertencia de que ningún país está exento de registrar expresiones regresivas que socaven los pilares democráticos.

Según índices como el Democracy Index elaborado desde 2006 por la Economist Intelligence Unit (EUI), por primera vez desde 2010 los puntajes regionales promedio empeoran en todas las regiones del mundo, con caídas especialmente grandes en las regiones dominadas por “regímenes autoritarios” (África Subsahariana, Medio Oriente y África del Norte). En lo que respecta a América Latina como tal, esta sigue siendo la región emergente más democrática del mundo. Ahora bien, por quinto año consecutivo, se registra una caída, que en 2020 ha sido de -0,04, al pasar de 6,13 en 2019 a 6,09, lo que supone además su peor registro histórico. Desde 2016 se aprecia una erosión progresiva, que en 2019 supuso la mayor caída a escala internacional, y en 2020 se sigue ahondando esta tendencia al calor, entre otras, de las políticas con las que se ha dado respuesta a la pandemia.

Merece pues abrir una profunda reflexión sobre qué factores explican la pérdida de apoyo de la democracia en el mundo y su contracara: el progresivo ascenso de liderazgos iliberales. Si bien existen rasgos propios en la región que conviene tener presentes, esta dinámica en América Latina se acompasa con una tendencia ya verdaderamente global de retroceso de la democracia y cuestionamiento del orden internacional liberal.

Algunas explicaciones sitúan el foco en factores estructurales de carácter global. Sería, en concreto, la crisis de globalización que se está registrando en el sistema internacional desde 2008. Una crisis que los países latinoamericanos, y en especial los suramericanos, por el modo en que se insertaron en ella, no empezaron a verse afectados hasta el fin del ciclo de las materias primas, más patente desde 2014. Desde entonces, como ya se ha señalado, la actividad económica se ha desacelerado de forma abrupta, y los avances sociales se han frenado, lo que a la postre se vincula con el voto indignado, el aumento de la protesta social y el cuestionamiento de las élites. Ello ha creado condiciones más propicias para la aparición de líderes y fuerzas políticas que erosionan la democracia e impugnan la globalización y el orden liberal internacional.

Las democracias están sufriendo un progresivo deterioro que pide a gritos una revitalización de sus alianzas, herramientas y horizontes. Las tendencias que se observan tanto en América Latina como a escala global reclaman abrir espacios de diálogo, reflexión y debate que permitan analizar la complejidad de los fenómenos que están operando, al mismo tiempo que renuevan los instrumentos analíticos y políticos para afrontar estos retos.

Este “malestar en la democracia”, que como se ha indicado responde a fracturas sociales profundas, y no solo a factores de coyuntura o a la aparición de partidos o líderes políticos iliberales, apela a la reconstrucción del contrato social en un momento de crisis de globalización, agravada por las consecuencia económicas y sociales de la pandemia de COVID-19. Conlleva así una ampliación de la agenda democrática y la exigencia de políticas públicas más amplias, inclusivas, y de mayor calidad, sin perder de vista una mayor transparencia y rendición de cuentas de élites e instituciones, y en unas sociedades más abiertas que permitan el ascenso social.

No hay una receta única para ello, aunque sí es preciso compartir buenas prácticas y cooperar en un proceso de renovación que permita revitalizar el sistema de gobernanza más eficaz, plural y legítimo frente a los múltiples desafíos que conlleva la reconstrucción pospandemia.

Desde la Fundación Carolina, por nuestro firme compromiso con los Objetivos de Desarrollo Sostenible y la gobernanza democrática, queremos colaborar en este proceso a través del conjunto de actividades que desarrollamos en el fomento y fortalecimiento de las relaciones educativas y culturales entre España y América Latina. Salgamos de esta pandemia con más y mejores democracias.

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