La educación superior como elemento clave de una agenda de cooperación avanzada en Iberoamérica

El sistema de cooperación internacional se encuentra en un momento de profundo cambio que hoy se expresa, principalmente, en torno a dos estrategias o enfoques emparentados. Por una parte, la Agenda 2030, que, como se ha repetido en innumerables ocasiones, representa un consenso renovado sobre las necesidades de desarrollo y una “ventana de oportunidad” para repensar la arquitectura de la cooperación internacional. Por otra, el “desarrollo en transición”, como enfoque orientado a reforzar dicha agenda en países en desarrollo relativamente más avanzados y que pone el acento en la necesidad de aumentar las capacidades institucionales de los países y adoptar modalidades (y asociaciones) más innovadoras de cooperación internacional para el desarrollo.

Tanto la Agenda 2030 como el “desarrollo en transición” exigen, para esos países, un nuevo tipo de cooperación avanzada, de naturaleza más técnica que va más allá de la tradicional visión Norte – Sur, la idea de que hay países ”graduados” y “pendientes de graduación», y la mera transferencia de fondos de la ayuda tradicional, que incluye el diálogo de políticas como mecanismo de incidencia y transformación institucional; que se basa en la promoción e incremento de capacidades y pone en máximo valor la transferencia de tecnología y la cooperación en investigación, innovación y desarrollo, y que se beneficia del acceso a las diversas fuentes de conocimiento experto, necesarias para resolver problemas complejos de sostenibilidad social, económica y ambiental. Una cooperación, por todo ello, que también exige nuevas alianzas y formas de asociación y un mecanismo de gobernanza distinto.

Vale señalar que Iberoamérica es un terreno fértil, por varios motivos, para diseñar este tipo de cooperación avanzada. Presenta más capacidades institucionales y mayor potencial de progreso, combinadas con aspiraciones sociales crecientes; puede movilizar más recursos propios (una “emancipación”) y ser menos dependiente de la clásica ayuda externa; posee un liderazgo reconocido en procesos de cooperación Sur-Sur y triangular, modélicos a escala mundial, como los que impulsa la cooperación española o los que se articulan en el marco de la Comunidad Iberoamericana de Naciones, y lo que es quizá especialmente importante: presenta una robusta institucionalidad expresada en mecanismos e instrumentos consolidados tanto de cooperación multilateral como bilateral, con una amplia participación de la comunidad académica, la sociedad civil y las organizaciones no gubernamentales.

Es en este marco en el que la educación superior se sitúa como elemento clave de una agenda de cooperación avanzada en países que responden al nuevo paradigma de desarrollo en transición. No en vano la educación superior es el subsistema al que la sociedad encarga la tarea de formar capital profesional (humano, social, decisorio); de educar a las personas como ciudadanos/as libres y críticos, y de desarrollar conocimiento experto. En el proceso de ampliación de capacidades y opciones, el sistema educativo, en general –y el subsistema de educación superior, en particular– cuenta y debe contar con un protagonismo evidente.

Es sabido que la tradicional cooperación internacional entre universidades es un elemento intrínseco en los procesos de generación del conocimiento científico y del desarrollo humano que apuntan a la innovación. Se trataría hoy, en este ámbito, en términos de cooperación avanzada, de no regatear esfuerzos para fortalecer la institucionalidad académica iberoamericana, que se expresa, principalmente, por medio del apoyo a la consolidación del espacio iberoamericano del conocimiento, entendido en sentido amplio, horizontal y participado por el conjunto del mundo académico.

Se trataría, asimismo, de renovar las prácticas de la cooperación internacional para actualizar sus estrategias en el ámbito de la cooperación académica. En el terreno de la formación especializada –del fortalecimiento de capacidades–, hay un vasto campo de actuación para repensar la acción de cooperación de acuerdo con los contenidos de los ODS, con especial atención a las demandas formativas específicas de los países iberoamericanos, aquellas que se vinculan más directamente con los procesos de desarrollo. Existe un potencial enorme en la universidad española para atender este esfuerzo.

En lo que se refiere al fomento de investigaciones en áreas estratégicas, las universidades son reconocidas como agentes del desarrollo sostenible. El despliegue de la Agenda 2030 requiere de una solidez técnica que la cooperación académica puede brindar y acompañar.

En cuanto a la movilidad académica, pieza clave de la internacionalización de las universidades, se trata de un elemento de especial valor en tanto instrumento de cooperación avanzada en un espacio tan singular como el iberoamericano, donde el intercambio, la gestión y la creación compartida de conocimiento han probado ser de enorme importancia en la mejora de la calidad de las instituciones de educación superior y en el incremento de capacidades de estudiantes y del personal docente e investigador. La experiencia en otros ámbitos –como la Unión Europea– nos muestra que las distintas estrategias de movilidad académica son herramientas poderosas para la construcción de un espacio común del conocimiento, de identidad y valores compartidos, y de una ciudadanía basada en estos elementos. La movilidad internacional contribuye a generar beneficios sociales y económicos, al tiempo que favorece la creación de una ciudadanía comprometida y, a través de ella, de sentimientos de vinculación y pertenencia que trascienden lo académico para alcanzar a la sociedad en su conjunto. En el ámbito iberoamericano, se viene apostando desde hace décadas por la puesta en marcha de un sistema estable de movilidad de estudiantes y profesores, capaz de articular la enorme constelación de experiencias y programas que promueven gobiernos, universidades, redes académicas y diversas instancias de la sociedad civil.

La movilidad internacional es, en tal sentido, un ecosistema de cooperación avanzada que debe velar por un tipo de “movilidad con equidad”, que favorezca sociedades abiertas, basadas en la igualdad de oportunidades; que brinde apoyo a aquellos que más lo necesitan, y que tenga en cuenta el valor social derivado del impacto de la acción de cooperación en el territorio y del fortalecimiento de la institucionalidad en los países de origen de los/as becarios/as. Con esta lógica, la Fundación Carolina ha publicado su Convocatoria de Becas 2020-21, coincidente con el año en el que se celebra el XX aniversario de su creación. La Agenda 2030 es el horizonte inmediato de dicha convocatoria, por lo que se ha procedido a un mayor alineamiento de la oferta académica con los ODS. Lo es también para las instituciones y empresas que respaldan a la Fundación desde su patronato, así como para las universidades comprometidas con este ejercicio de cooperación innovadora y avanzada.