El acuerdo Unión Europea-Mercosur y el futuro de las relaciones birregionales

El 28 y 29 de junio de 1999 la Unión Europea (UE) y América Latina y el Caribe se reunieron en Río de Janeiro en la I Cumbre de jefes y jefas de Estado y de gobierno de ambas regiones, lanzando con ello la denominada “asociación estratégica” birregional. Veinte años más tarde, el 28 de junio de 2019, se anunciaba en Bruselas el acuerdo “de principio” que cerraba las negociaciones para un Acuerdo de Asociación entre la UE y Mercosur, tras veinte años de negociaciones, varias veces interrumpidas por diferencias profundas en el capítulo comercial.

Que se haya logrado culminar la negociación en esa fecha es un símbolo de determinación y perseverancia en un objetivo político y económico compartido. El vínculo UE-Mercosur era quizá el más relevante en la estrategia interregionalista que la UE lanzó a mediados de los años noventa para adaptar las relaciones entre ambas regiones al escenario de la posguerra fría y de una globalización que avanzaba a través de tratados comerciales regionales e interregionales, más que en plano multilateral. Hay que recordar, una vez más, que esa estrategia debía mucho al liderazgo y la visión de Manuel Marín, entonces vicepresidente de la Comisión Europea. Este acuerdo ha sido, sin embargo, el más difícil, y el último en alcanzarse, después incluso de la firma del que se adoptó entre la UE y Cuba, que necesitó de una difícil decisión previa en el seno del Consejo de la UE para levantar la “posición común” adoptada en 1996 por iniciativa del gobierno español presidido entonces por José María Aznar.

Con este pacto, el único país de la región que aún no ha firmado un acuerdo de asociación con la UE es Bolivia, pero su proceso de adhesión a Mercosur —y el apoyo expresado por el propio presidente Evo Morales—sitúa a este país en una senda de incorporación a la futura asociación UE-Mercosur.

El 28 de junio de 2019 es el hito, en suma, que cierra con éxito el ciclo histórico del interregionalismo en las relaciones entre la UE y América Latina. Es cierto que ello se ha logrado a través de vías diversas, aunque complementarias, de carácter bilateral e interregional, atendiendo al complejo y cambiante mapa del regionalismo y la integración latinoamericana. No menos cierto es que la ratificación del tratado UE-Mercosur se presenta difícil en un escenario global, y al interior de la UE, de ascenso del nacionalismo económico y el proteccionismo, a menudo impulsado por fuerzas nacionalistas y de extrema derecha que recogen y alientan las demandas de protección al Estado de amplios sectores sociales que ya no creen en la globalización y son los grandes perdedores de ese proceso, o se perciben como tales.

Aquí radica una de las paradojas fundamentales de este acuerdo: se planteó en los años noventa como parte de un proceso de globalización triunfante, al que debía contribuir, pero esa motivación no fue suficiente para superar los obstáculos de los intereses económicos, ofensivos y defensivos, que cada parte traía consigo a la negociación. Sin embargo, que haya podido alcanzarse es consecuencia, entre otros factores, de la propia crisis de la globalización y en particular del temor al nacionalismo y a la quiebra del multilateralismo que encabeza la administración Trump y se extiende por otras latitudes. El cierre de la negociación se anunció en plena Cumbre del G20 en Osaka, con lo que se subrayó su significación política, más que comercial. Es decir, como gesto político de gran calado para reafirmar la importancia de unas relaciones económicas internacionales abiertas al comercio, la inversión y la difusión de la tecnología; al papel de esas relaciones en la consecución de las metas de la Agenda 2030 de desarrollo sostenible; y a la necesidad de mantener un orden internacional sometido a reglas equilibradas, transparentes, estables y predecibles, frente al unilateralismo y la política de poder. Estos elementos quizás se daban por sentados en 1999, cuando la UE y Mercosur se plantearon el primer intercambio de ofertas comerciales. Veinte años después, ya no pueden darse por sentados, y por ello, este acuerdo tiene una importancia aún mayor.