Entrevista a Roberto Fernández Díaz, presidente de CRUE Universidades Españolas

HABLAMOS CON I ROBERTO FERNÁNDEZ DÍAZ

«La esencia de la universidad […] es la universalidad, y no hay universalidad sin movilidad»

Roberto Fernández Díaz es el presidente de Crue Universidades Españolas (anteriormente conocido como Conferencia de Rectores de las Universidades Españolas y y sus siglas CRUE) desde octubre de 2017. Es rector de la Universidad de Lleida desde 2011, miembro correspondiente de la Real Academia de la Historia y Premio Nacional de Historia en 2015. También ha sido presidente de la Asociación Catalana de Universidades Públicas (ACUP). Nos recibe en su despacho de la sede madrileña de Crue Universidades Españolas, una asociación que agrupa a las universidades públicas y privadas de España con el objetivo de convertirse en su portavoz ante el conjunto de la sociedad, para hablarnos de los retos más importantes a los que se enfrentan las universidades españolas.

Usted ha sido vocal, vicepresidente y presidente de Crue Universidades Españolas, ¿cuáles son los principales problemas que a los que se ha enfrentado la asociación?

Los problemas que tiene la CRUE no son nunca los problemas de la CRUE, son siempre los problemas de la universidad española. La CRUE, como institución, funciona extraordinariamente bien. Los que la componen son grandes profesionales; necesitaríamos, probablemente, mucha más gente para hacer lo mismo que hacen ahora. Por lo tanto, el contento de los rectores y de las rectoras con el funcionamiento orgánico de la CRUE es muy alto y muy merecido.

El reto más apasionante con el que me he encontrado en mi tiempo de presidencia ha sido el de intentar hacer una nueva ley de universidades, que considero un elemento estructural para la universidad española. De hecho, estoy convencido de que, en la nueva legislatura, como todos los partidos políticos están de acuerdo con la CRUE, esa nueva ley verá la luz.

Se refiere a la universidad española de hoy como la mejor que ha tenido España, al menos, en los dos últimos siglos. Sin embargo, hay un tópico que siempre está poniendo en negativo a la universidad española.

Creo que España es un país que vive con muchas dificultades el éxito. Estamos acostumbrados al autovictimismo y no nos creemos lo mucho y lo bueno que hemos hecho en la historia mundial, (aunque también hemos hecho algunos desastres), y no nos creemos su etapa de progreso más espectacular, que son los últimos 40 años, a partir de la Constitución española. Hay que recordarlo.

John Elliott, doctor honoris causa por mi universidad, amigo personal, en una cena hace muy poco me decía ante unos comensales: «No me llaméis más hispanista porque no tengo nada que enseñaros, y lo que me duele es que, desde los años 40, en los que vine, hasta ahora, no os deis cuenta del milagro extraordinario que significa lo que ha hecho España, que es un país admirado en el mundo entero». Si eso es así, que yo creo que es así, y que es muy demostrable que es así con las armas de la ciencia, la pregunta retórica es: algo habrá hecho la universidad española para que eso sea así. Porque, los médicos, los profesores, los ingenieros, los biólogos, los historiadores, los periodistas… los hemos formado nosotros, la universidad. Por lo tanto, ¿cómo puede ser que la universidad española sea muy mala habiendo formado a aquellos profesionales que han liderado la revolución española de los últimos 40 años? ¿Qué ocurre? Que frente a una cultura europea en la que no hay ningún primer ministro que hable mal de sus universidades, porque entienden perfectamente que es marca país, a nosotros hay algunos políticos, algunos medios de comunicación, que les gusta tirarse tiros en los pies y hablar mal de lo que tendrían que hablar bien.

«La universidad tiene que ser autocrítica, estar siempre en posición de reforma y ver qué no funciona»

Por lo tanto, luchar contra los tópicos interesados por parte de algunos es muy difícil. Pero, al mismo tiempo, cuando nosotros presentamos cada año la universidad en cifras —que, por cierto, debemos de ser de las pocas instituciones que tiene tal cantidad de autoanálisis de su situación, tal cantidad de autocrítica y tal capacidad de decirlo públicamente— lo que se demuestra son dos cosas: una, que comparativamente con el resto del mundo, tenemos un muy buen sistema universitario, y segunda: que con menos dinero que otros sistemas, hemos hecho bastantes cosas buenas. ¿Eso quiere decir que todo esté hecho en la universidad española? ¿Eso quiere decir que todo funcione bien? Bueno, evidentemente no. Necesitamos cambios.

Hay dos cosas que le van muy mal a la universidad española: una, los que siempre hablan mal de ella; otra, los que siempre hablan bien de ella. Y a veces tenemos una cierta tendencia entre nosotros, para defendernos de lo exterior, de hablar bien y olvidarnos de que también tenemos cosas que cambiar. Por lo tanto, la universidad tiene que ser autocrítica, estar siempre en posición de reforma y ver qué no funciona. Lo que funciona ya está muy bien, pero tienes que ver lo que no funciona.

Parece que en estos momentos la financiación es insuficiente para que la universidad española desarrolle todo su potencial. ¿Qué les dice usted a los gobiernos autonómicos? ¿Por qué en este país es casi imposible pensar en un pacto social y político por la educación? ¿Por qué hay tantas dificultades para eso?

La pregunta es: cuando todo el mundo mundial está teorizando que el motor del progreso económico y social en la sociedad del conocimiento, en el marco de la globalización, son las universidades; cuando casi toda Europa -excepto dos o tres ejemplos- está aumentando muchísimo su financiación de las universidades públicas, ¿es sensato que nosotros no lo hagamos? No es sensato.  ¿Es sensato que le pidamos a la universidad que sea el motor, la punta de lanza, el elemento fundamental del cambio que tiene que conseguir la equidad social, el crecimiento económico, el progreso social, la dinamización cultural, el desarrollo los territorios, y que le demos menos dinero que nunca? Eso no es sensato.

Hay una dicotomía que hay que resolver de una vez. ¿Por qué no se resuelve? Porque no somos un problema, es decir: no somos un problema de orden público, no somos un problema social. Porque, ¿usted ha visto a los rectores convocando en la Castellana una manifestación? No. ¿Usted ha visto alguna manifestación de los universitarios pidiendo más salario para ellos? No. Hemos pedido más dinero para el sistema, para hacer mejor la docencia, la investigación, no para nuestros sueldos, que entendemos que se han sacrificado como los de todos los españoles. Por lo tanto: hay un conjunto de fuerzas políticas que espero que en estas campañas electorales, en los debates de televisión, le dediquen un minuto a la universidad, porque en los dos últimos, ni un minuto. Su pregunta la contesto diciendo: creo que el conjunto de la clase política se llena la boca con la universidad, pero se olvidan de la universidad.

¿Cómo pueden contribuir las universidades españolas a la consecución de los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la Agenda 2030?

¿Alguien piensa que se puede producir un desarrollo en el horizonte del 2030 sin las universidades? ¿Sin la ciencia, sin el conocimiento, sin la transferencia de ese conocimiento para la innovación, y sin que la innovación sirva para la competitividad, que sirve, a su vez, para tener mejores mercados que, además, son imprescindibles para que haya más puestos de trabajo y para que, por lo tanto, las clases sociales tengan más capacidad de consumo, lo cual revierte en la dinamización de la economía? ¿Puede hacerse todo esto sin el conocimiento y su transferencia? Es evidente que no. Por tanto, lo que todo el mundo ya ha descubierto, lo que nosotros ya sabemos -simplemente tenemos que aplicarlo- es que el elemento dinamizador de la vida económica y social en el siglo xxi ya hace tiempo que es el conocimiento, y este se produce, en un 80 % en España, en las universidades.

Todavía se sigue apreciando una cierta brecha de género en las disciplinas STEM (Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas). ¿Qué se puede hacer desde las universidades y, especialmente, desde Crue Universidades Españolas?

Hay una cosa muy curiosa en el tema de la universidad española, que es que se le achacan o se le piden cosas que responden al protagonismo general del país. «Mire, es que la gente no sabe suficiente inglés… ¿Podría hacer algo la universidad?» Sí, señor, pero es un problema de país. «No hay suficiente internacionalización de las universidades». De acuerdo, pero no serán solo las universidades las que tengan que solucionar esa cuestión, porque estamos ante un problema de Estado que requiere a los gobiernos, a los ministerios y muchísimos otros elementos.

El problema de la falta de mujeres que lleguen a las carreras científico-técnicas debería abordarse desde primaria, desde las familias y desde programas estatales de largo recorrido. Ello no quiere decir que la universidad mire hacia otro lado. Yo tengo la impresión de que, desde la CRUE y en la mayor parte de las universidades, se están haciendo esfuerzos para que esa situación se revierta.

La distancia entre hombres y mujeres en las carreras técnicas no tiene ningún sentido, no se basa en nada más que en la cultura, en la costumbre, en el no haber hecho políticas efectivas para que se rompa la brecha y acabe siendo un recuerdo del pasado gracias a un plan nacional en torno a las STEM y la cuestión de género.

¿Qué papel desempeña la movilidad académica en esa educación para el desarrollo que se sitúa como la base del cumplimiento de la Agenda 2030?

La esencia de la universidad, eso que la distingue como un bien universal, eso que hace que los universitarios, vayamos donde nos vayamos, nos podamos reconocer entre nosotros mismos, eso se llama universalidad, y no hay universalidad sin movilidad. No podemos considerar fuera de la formación de los estudiantes o fuera de la formación de los profesores la movilidad. La movilidad está dentro, en el seno. Te formas también cuando te mueves, cuando ves mundo.

«Las universidades tienen que servir […] para desarrollar la ciencia universal»

Uno de los problemas que tiene la universidad española es que a veces gestionamos las universidades y nos cuesta ver el mapamundi. Tenemos que abrir el mapamundi, y ese mapamundi abierto significa que yo estoy con los pies en mi territorio y con la mirada en el mundo, porque las universidades tienen que servir para desarrollar sus territorios, pero también para desarrollar la ciencia universal. En ese desarrollo de la ciencia universal, para la mejor formación de los estudiantes que después van a ser profesionales o de los profesores universitarios que son ya profesionales está la movilidad. ¿Qué ocurre? Pues que hay que tomársela en serio y a veces parece que se la toman más en serio entidades privadas que los propios gobiernos de la nación, o los gobiernos autonómicos, y eso no tiene sentido.

No tiene sentido que haya más latinoamericanos en Francia que en España; no tiene sentido que tengamos tantas dificultades en movilizar a nuestros profesores y a nuestros estudiantes para Latinoamérica; no tiene sentido que mi universidad tenga poquísimos recursos para hacer esa movilidad. ¿Por qué no los tiene? Porque el rector tiene que priorizar. Primero, el rector tiene el 95 % de sus presupuestos situado, sobre el que no puede actuar. Y el 5 % que me queda tengo que distribuirlo muy bien. En una etapa de recortes presupuestarios, ¿qué ocurre? Pues que la movilidad suele sufrir. Por tanto, hay que tomar conciencia de país de que no estaremos en el mundo si no estamos en el mundo, si no vamos al mundo y volvemos. Por tanto, estamos ante una asignatura pendiente de la universidad y de la sociedad españolas.

¿Debe ser neutral la universidad?

Hay que distinguir entre la universidad como institución y la universidad como comunidad universitaria. Esa distinción es absolutamente básica. Es bueno que la comunidad universitaria se politice, en el sentido más noble de la palabra: que se preocupe por el ser humano. La universidad está para que no haya guerras, ni hambre, ni miseria, ni desigualdades, ni discriminación. Está para eso. Fabricamos conocimiento para tratar que las lacras de la humanidad desaparezcan. Por tanto, que la comunidad universitaria de profesores y estudiantes se politice en el sentido griego de la palabra y haga asambleas, organice manifestaciones, seminarios, congresos… por favor, ¡háganlo! Si no, estamos muertos, si no, la academia está muerta. Háganlo, vayan ustedes a clase, vayan ustedes a esos seminarios, pero al mismo tiempo, preocúpense por los problemas del mundo. No sean solo profesionales, sean intelectuales también, interlegere.

Pero cuando hablamos de la universidad como institución, no es nuestra, es de todos los ciudadanos De todos. No de un claustro de profesores que en un momento determinado tiene una opinión política sobre no sé qué tema. Tiene que mantenerse neutral e independiente, y no politizada en el sentido partidista. No tenemos ninguna legitimidad para definirnos sobre las situaciones políticas partidarias.

Por otra parte, vivimos en una democracia representativa en la que hay unos órganos (cortes y parlamentos) que representan al pueblo. Por tanto: porque representamos a todos y la universidad no es nuestra, porque no nos hemos presentado con ningún programa político, sino por ambiciones docentes e investigadoras, y porque hay un parlamento que es el que tiene la atribución de representarnos a todos, la universidad como institución tiene que ser neutral. Los rectorados tienen la obligación de ayudar a que la universidad comunidad se mueva. «Oiga, rector, quiero un local», pues ahí lo tiene. «Oiga, rector, necesitamos café con leche para una reunión», ahí lo tiene. Por supuesto que sí. Siempre que sea pacífico y respetando las normas que la propia universidad se da en los estatutos.

Ese compromiso, por ejemplo, requiere autonomía, ¿no?

Pero es que autonomía universitaria… o sea, la libertad de cátedra, que es un derecho que consagra la Constitución al consagrar la autonomía universitaria, no es que el profesor se convierta en un mitinero en clase, no es adoctrinamiento político, o social, o de las ideas. Es la libertad de, desde la ciencia, expresar aquellas teorías sobre la realidad que tú consideres más demostradas, las mejores.