Entradas

Escuela de Líderes

Jesús Andreu
El Huffington Post, 1 de julio de 2014

Habitualmente, los programas de liderazgo están asociados a cursos que imparten escuelas de negocios o a asignaturas incluidas en el itinerario de algunas carreras de ciencias sociales, como Políticas, Psicología, Historia… Estas aproximaciones son sin duda necesarias para estudiar las diversas manifestaciones del liderazgo y su aplicación a distintos ámbitos de actividad: la empresa, el deporte, el ejército, etc.

Es evidente que las prácticas de liderazgo han evolucionado desde los tiempos en los que estaban vinculadas al ejercicio de la autoridad y el respeto a las jerarquías. Hoy, sin capacidad de adaptación, visión de futuro y complicidad con su equipo, un líder empresarial no tiene nada que hacer. Si nos ceñimos al mundo de la política, la modulación del liderazgo se ha producido en paralelo a la del concepto de poder. Así, la emergencia del soft power ha obligado a los dirigentes a pulir sus estrategias de persuasión, a compartir más información con sus colaboradores y a comportarse -como nos han recordado las palabras del rey- de modo ejemplar. En términos generales, hay dos cualidades que según el profesor Joseph Nye cualquier líder debería poseer: inteligencia emocional e inteligencia contextual. A estas alturas, todos sabemos que la primera tiene que ver con el autocontrol y la empatía, y que resulta imprescindible para generar climas de confianza. De la inteligencia contextual en cambio se habla menos y es igualmente importante. Consiste en saber intuir las tendencias del futuro con el fin de, al igual que un buen surfista, atrapar la mejor ola. Claro que dicha intuición tiene que venir informada por un conocimiento completo y claro del medio o cultura en la que nos movemos.

Estas nociones, procedentes de estudios empíricos, constituyen las bases del liderazgo, pero su transmisión -además de por vías teóricas- puede realizarse mediante métodos más prácticos o aplicados, según lo hace desde 1940 el programa internacional de líderes de Estados Unidos. Ese año, Nelson Rockefeller (futuro vicepresidente del país) fue nombrado director de la oficina de Asuntos Interamericanos del departamento de Estado y orquestó su primera edición, invitando a 130 periodistas iberoamericanos a Estados Unidos. Hoy, el programa lo lleva la oficina de Asuntos Culturales y Educativos del departamento de Estado, la misma por cierto que gestiona las becas Fulbright (recientemente galardonadas con el premio Príncipe de Asturias) activadas en 1946 a instancias del senador demócrata William Fulbright, replicando el modelo de la beca británica Rhodes de la que disfrutó en su juventud.

Pues bien, el formato de las iniciativas de liderazgo siempre ha incluido, además de una agenda de reuniones con las contrapartes homólogas de los visitantes, una inmersión en la cultura del país receptor -inoculando el citado conocimiento del entorno- a través de encuentros con figuras de primer nivel de los sectores público y privado. En este sentido, la formación en liderazgo viene implícita, toda vez que los participantes la aprenden directamente por voz de los decisores públicos y dirigentes responsables de la vida civil del país.

Inspirada en esta experiencia, la Fundación Carolina puso en marcha, desde su nacimiento, un programa de visitantes -en paralelo al de becas- inextricablemente unido al liderazgo. De este modo, se creó entre otros el programa de Jóvenes Líderes Iberoamericanos, destinado a los 50 mejores expedientes del continente (incluidos España y Portugal), cuya primera edición de 2002 ya facilitó reuniones tanto con el presidente del Gobierno como con el jefe de la oposición. En la actualidad, se trata de una cita de referencia anual para cientos de jóvenes que desean formar parte del grupo seleccionado, respaldada con firmeza por el Gobierno y la Casa Real. Y, por su supuesto, una experiencia sumamente enriquecedora para sus participantes, como puede avalar la promoción de la 12ª edición celebrada estos días en Madrid, Toledo, Galicia, Gante, Brujas y Bruselas. ¡Confiemos en que hayan aprendido de Europa y España tanto como nosotros de su ímpetu, creatividad y talento!

 

La cooperación insoslayable

Jesús Andreu
El Huffington Post, 20 de junio de 2014

He insistido en varias ocasiones en este espacio sobre la pujanza económica y cultural de Iberoamérica. En conjunto, el continente ha crecido a un ritmo medio del 4% en la última década y en la actualidad se encuentra viviendo el mayor periodo de prosperidad de sus últimos 40 años. Es sintomático que, de acuerdo con un reciente informe del Global Entrepreneurship Monitor, la tasa media de actividad emprendedora en Iberoamérica sea del 17%, una cifra superior a la de Estados Unidos o la Unión Europea. Los buenos datos se traducen en una mayor estabilidad institucional, la ampliación de las clases medias y la llegada de más inversión extranjera. México y Chile ya pertenecen a la OCDE, el llamado «club de los países ricos» -producto del Plan Marshall- al cual posiblemente se integren pronto Colombia y Costa Rica. Brasil, por su parte, y pese a las desigualdades que arrastra, es el séptimo país más rico del mundo. Y, en síntesis, la mayoría de sus naciones se engloban bajo la etiqueta de «países de renta media».

Este buen comportamiento ha llevado a algunos a preguntarse sobre la necesidad de prolongar la cooperación con Iberoamérica, máxime cuando en los últimos años las prioridades definidas por Naciones Unidas se han centrado en los países que padecen pobreza extrema. Afortunadamente, ante esta drástica postura, ha prevalecido un enfoque equilibrado, basado más bien en una reformulación del sistema de cooperación -ahora focalizado en la innovación, la sostenibilidad y el conocimiento- en el que por cierto España juega un papel crucial. Y es que, sin perjuicio de las mejoras citadas, no cabe olvidar la persistencia de graves problemas en la región, en términos de seguridad, éxito educativo o desigualdad, a los que se suma la tenacidad de un populismo que siempre amenaza con desmantelar los pilares del Estado de Derecho.

Es más, gran parte de los logros económicos todavía dependen en exceso de la producción y exportación de materias primas, esta vez en dirección a Asia, prolongando -frente al emprendimiento- un modelo de crecimiento de escaso valor añadido. Es cierto que, gracias a esta nueva relación con Oriente se han abierto canales de financiación inéditos, según muestra la incorporación de China y Corea del Sur al Banco Interamericano de Desarrollo. Se está construyendo así un nuevo esquema de colaboración (sur-sur) muy prometedor, pero todavía por perfilar. Y en el que -repito- debería robustecerse el énfasis en los activos técnicos y competitivos.

Pues bien, sin duda la renovación de la cooperación española con Iberoamérica puede aprovecharse de estos planteamientos recientes, dando una continuidad reformista a la histórica hoja de servicios de cara al continente. Una apreciable -¡y obligada!- trayectoria que, resulta importante subrayar, se ha mantenido incluso en época de crisis. Ahí están, a título de ejemplo, las más de 7.000 becas y ayudas al estudio y a la investigación que la Fundación Carolina ha otorgado a iberoamericanos desde que se inició la crisis en 2008. El hincapié que la cooperación española está poniendo en materia de formación, capacitación e intercambio -avalado precisamente por el apoyo suscrito a principios de junio al Programa Iberoamericano para el Fortalecimiento de la Cooperación Sur-Sur- garantiza no solo la permanencia sino el reimpulso de esta línea de actividad en el futuro. No en vano, tal es la forma más lógica y coherente de afrontar y resolver las dificultades inmediatas: tan solo una mayor inversión en educación superior y capital humano ancla una robusta institucionalidad democrática y genera riqueza. Por supuesto, al igual que en el pasado, en la Carolina continuaremos contribuyendo con orgullo y eficacia a esta imprescindible labor.

El rey ciudadano

Jesús Andreu
El Huffington Post, 3 de junio de 2014

Pertenezco a la generación del príncipe pero la inesperada abdicación del rey me ha sumido en una profunda conmoción, en una suerte de orfandad. Soy uno de aquellos españoles que han disfrutado casi toda su vida del sistema democrático, base del formidable progreso que ha experimentado España a todos los niveles: social, económico, cultural, deportivo, etc. Un sólido sistema cuya máxima garantía de estabilidad descansa en la figura del rey, por lo que su marcha no puede sino sumirnos en una cierta sensación de desamparo aunque tamizada y esperanzada por el aval del príncipe.

Todos aquellos que hemos vivido en democracia desde que tenemos uso de razón, no hay hito de la historia reciente de España que no guarde conexión con la imagen del rey, desde la aprobación de la Constitución del 78 hasta nuestra integración en la Unión Europea, pasando por el triunfo del Estado de Derecho -esto es, de la paz y de la concordia- sobre sus enemigos. Bajo la estela del éxito de la transición, el reinado de S.M. Juan Carlos I ha reconciliado al país -como símbolo de unidad- por encima de las dos Españas, ha impulsado decisivamente su modernización y ha apuntalado su consolidación entre las democracias avanzadas, convirtiendo a España en un modelo de referencia internacional.

Más allá de la inercia de los clichés, nuestra nación es hoy un ejemplo de estabilidad, pujanza económica, innovación y fiabilidad, fruto sin duda del trabajo de toda la sociedad, pero igualmente de la entrega continuada de Su Majestad hacia los intereses de todos los españoles. De ahí que el prestigio del monarca llegue a todos los rincones del mundo. En este sentido, no es exagerado comparar su labor diplomática y su aureola de símbolo de la paz con las de Gorbachov, Juan Pablo II o Nelson Mandela, convirtiéndole por derecho propio en uno de los iconos del siglo XX. Lo he podido comprobar con orgullo acompañándole en numerosos viajes y ocasiones.

No obstante, la melancólica aflicción que nos puede producir su despedida queda compensada por la acreditada madurez del heredero. Ningún ciudadano cabal puede cuestionar la preparación del príncipe Felipe para dotar de continuidad el camino trazado y afrontar con resolución los complejos retos de un nuevo mundo, cambiante y vertiginoso. La implicación de todos los españoles en su formación, convalidada a través del Parlamento, es un buen motivo para hacernos sentir patriotas, visto el excepcional perfil forjado. Fue justo en el contexto de su etapa formativa, cuando -coincidiendo con el viaje oficial que le llevó en 1990 a Australia y Nueva Zelanda- pude conocer al príncipe por primera vez. Desde entonces, mis diferentes ocupaciones me han permitido observar -desde la distancia profesional- su maduración personal, su forja como hombre de Estado y el ensanche de su agenda global, cuya magnitud se situará ahora a la altura de la de su antecesor.

Razones culturales e históricas, pero también de atracción social, los príncipes son conocidos internacionalmente desde su llegada al mundo y mucho más los de las principales monarquías. Incluso pueden ser conocidos sin conocer y se puede trabar contacto con ellos antes de llegar a la cima de una carrera política. Así le sucedió a Bill Clinton con nuestra reina y no dudó en recordárselo nada más poner pie en la Casa Blanca. Qué duda cabe que en este ámbito, como en los demás, el próximo rey sabrá aprovechar las fecundas relaciones y los sabios consejos de su padre.

La actualidad, carácter y destino (que no son sino una misma cosa) me han llevado a dirigir una institución que debe su nombre al rey vigente, puesto que -no por casualidad- la creación de la Fundación Carolina coincidió con el 25º aniversario de su reinado, así como con el 500º aniversario del nacimiento de Carlos I. Tampoco es casual su vocación iberoamericana ni su orientación cultural y educativa, dimensiones que Su Majestad ha venido atendiendo con especial cuidado desde hace al menos cuarenta años. Y es que la Fundación constituye un instrumento de diplomacia pública en plena sintonía con la Corona y el gobierno de España.

A tenor de lo dicho, tengo el convencimiento de que su decisión anticipa un futuro propicio para España e Iberoamérica, porque la monarquía es garantía de continuidad en la historia y ancla el presente para cimentar un futuro mejor, alejándonos de ambiciones coyunturales, muchas veces oportunistas y de experimentos peligrosos e inciertos. A fin de cuentas, el mundo de hoy premia la preparación y el pragmatismo, la constancia y los proyectos sólidos y continuados. Los países más avanzados, de Holanda a Noruega pasando por Dinamarca, el Reino Unido o Suecia son por eso monarquías y las repúblicas parlamentarias se les parecen mucho.

De modo que, hoy más que nunca, ¡lo moderno en España es ser monárquico!